Filosofía y teología espiritual en Raimundo Lulio
Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad de México
Resumen
En este trabajo abordaré algunos rasgos principales de la mística o teoría espiritual de Ramón Llull o Raimundo Lulio. Ella se encuentra en dependencia de sus afanes y de su pensamiento. Por eso daré algunos rasgos de su biografía, así como de su filosofía-teología, para pasar a su doctrina espiritual. Es muy profunda y poética a la vez, en la línea del más puro franciscanismo, como lo fue la de san Francisco de Asís y la de san Buenaventura.
Palabras clave
Mística, Arte luliano, contemplación
Abstract
In this work, I will address some main features of the mysticism or spiritual theory of Ramón Llull or Raimundo Lulio. She is dependent on his desires and his thoughts. That is why I will give some features of his biography, as well as of his philosophy-theology, to pass to his spiritual doctrine. It is very deep and poetic at the same time, in the line of the purest Franciscanism, as was that of Saint Francis of Assisi and Saint Bonaventure.
Keywords
Mysticism, Lullian Art, Contemplation
Introducción
En este trabajo abordaré algunos rasgos principales de la mística o teoría espiritual de Ramón Llull o Raimundo Lulio. Ella se encuentra en dependencia de sus afanes y de su pensamiento. Por eso daré algunos rasgos de su biografía, así como de su filosofía-teología, para pasar a su doctrina espiritual. Es muy profunda y poética a la vez, en la línea del más puro franciscanismo, como lo fue la de san Francisco de Asís y la de san Buenaventura. Lo veremos en seguida.
Vida
Raimundo Lulio (o Ramón Llull) nació en Palma de Mallorca, a fines de 1232 o principios de 1233, en el seno de una noble familia catalana.[1] Ocupó varios cargos políticos. De acuerdo con su mujer y sus hijos, en 1263 adoptó la vida de peregrino y luego se dedicó a estudiar. Durante nueve años (1265-1274) estudió Filosofía y Teología, así como lengua árabe, para penetrar su cultura. Además de escribir en latín, lo hizo en catalán, por lo que es considerado uno de los clásicos de esta lengua.
De manera casi autodidacta adquirió un gran saber, y en 1273, cuando estaba en oración en el monte Randa, se le reveló que tenía que trabajar por la conversión de árabes y judíos. Para ello se le daba un arte prodigioso, el ars magna, una especie de lógica combinatoria (que, sin embargo, ya tenía antecedentes judíos y árabes). En 1286 lee públicamente su arte. En 1295 profesa como terciario franciscano, tal vez debido a que, en 1290, fray Ramón Gaufredi había permitido a varias provincias franciscanas que enseñaran el arte y las doctrinas de Lulio. Llegó a haber colegios y hasta cátedras universitarias de lulismo.
Lulio acogió con vehemencia la causa de la conversión de los árabes. Predicó en Berbería dos veces, con gran fracaso. Pero lo peor es que volvió a hacerlo en 1314 o 1315, y su predicación encendió la furia del pueblo musulmán, que lo apedreó. Las autoridades lograron liberarlo y embarcarlo en una nave de genoveses para que lo llevaran a Mallorca. Por lo que, gravemente herido, murió al llegar a su patria, en 1316, y, aunque solo hay tradición oral de este martirio, es venerado como beato.
Obra
Su obra es numerosísima, de ahí que la crítica aún no haya acabado de determinar cuáles son auténticas y cuáles dudosas o espurias. Hay una famosa edición del siglo xviii, de Ivo Salzinger, publicada en Maguncia entre 1721 y 1740 en diez volúmenes. La actual edición crítica viene haciéndose, en Palma de Mallorca, desde 1905. Contiene obras lógicas, vinculadas a su arte magna; obras filosóficas, teológicas y sobre las demás disciplinas conocidas en su época. Ofrece, además, obras literarias (en prosa y en verso), y muy profundas y emotivas obras místicas. En cuanto a las lógicas, podemos aludir a las varias versiones del Ars magna; entre las científicas, al Árbol del saber, su enciclopedia de todas las ciencias; en Teología, al Libro del gentil y los tres sabios; en literatura, al Libro de Evast y Blanquerna, al Félix de las maravillas y a poemas como el Cant de Ramon, y en cuanto a la mística, al Arte de contemplación y al Libro del amigo y del amado, que forman parte del Blanquerna.
El arte magna
Lulio ideó un arte lógica (que dice haber recibido por inspiración divina), para convertir a judíos y árabes.[2] Le daba mucha importancia. Por eso me parece incorrecta la apreciación de Menéndez Pelayo de que la combinatoria sea un elemento estético menor en Lulio.[3] La combinatoria es algo más. Es un cálculo afanoso de lo real a través de lo posible, como el ansia del cabalista por agotar las combinaciones posibles de letras en palabras hasta dar con el verbum dimissum, la palabra perdida, que es el nombre de los nombres, el de Dios, entorno y núcleo infinito del universo. En Lulio no solo se combinan palabras; se combinan, a través de ellas, mundos, hasta hacer coincidir en la mente del hombre ─microcosmos─ los vestigios ─criaturas─ de la mente de Dios, y llegar así a Dios mismo. Como dice Joaquín Xirau:
«Para llevar al hombre a Dios no habrá más que buscar y precisar las simientes de verdad que se hallan en la mente de Dios, en el espíritu del hombre. Esas simientes son esencias, ideas o formas, en el sentido platónico. En esto Ramón Lull es de un realismo radical. Es preciso destacar las ideas primitivas ─las “dignidades”─: principio de toda posible combinación, y descubrir las leyes de sus combinaciones posibles y necesarias. En posesión de ambas cosas ─las ideas y las leyes de su posible combinación─ tendremos, en principio, la clave del mundo y de las relaciones necesarias del mundo con Dios. Mediante una técnica adecuada nos hallaremos en condiciones de realizar todas las combinaciones posibles y de deducir, en el entrecruce de ellas, todos los mundos posibles y, entre ellos, el real, pues el mundo real es evidentemente uno de los mundos posibles»[4].
Tuvo la idea de aplicar la Filosofía a la Teología, para demostrar, con razones necesarias, los dogmas o misterios de la fe cristiana.
En esto se ve a Lulio depender del ideal de san Anselmo de Cantorbery, el cual también quiso demostrar los dogmas con razones necesarias, aunque se ha pensado que lo hacía a través de la fe. Por eso él se convencía, pero no siempre lo lograba con los otros. Algo parecido le sucedió a Lulio, quien no siempre pudo convencer a los demás de sus proyectos, incluso con su arte lógica. Pero este instrumento cognoscitivo le sirvió en su reflexión mística, la cual era desplegada a través de diversas combinaciones. Pasemos, pues, a ella.
La teoría mística
Lulio tiene dos textos en los que muestra su espiritualidad. Son el Libro del amigo y el amado y el Arte de contemplación. En el primero, él es el amigo y Jesucristo es el amado. Se ve porque, ya desde el comienzo, la Virgen María le presenta a su Hijo y le dice que debe alabar las virtudes de la madre de su amado. Con lo cual está indicando que el Hijo de tan gran Señora es el mismo Jesucristo, pues él es, en verdad, hijo suyo.[5]
El amigo habla con el amado y le obsequia grandes alabanzas y palabras de afecto. Incluso le dice que está dispuesto a morir por él, como fue lo que hizo, ya que Lulio murió a consecuencia de las heridas que le causaron los musulmanes, cuando estuvo predicándoles el Evangelio, y a consecuencia de ellas murió al llegar rescatado a las costas españolas.
Así, la mística de Lulio es una amancia, esto es, una ciencia del amor.[6] Lulio busca tanto la verdad como el bien. A la primera le corresponde la ciencia, al segundo, la amancia. Esto pertenece también al arte magna, que enseña a contemplar y amar a Dios. Se capta a Dios con los sentidos espirituales:[7] el apercibimiento, conocimiento intelectual acompañado de imágenes sensibles; la cogitación, reflexión intelectual para degustar las dignidades divinas; la conciencia, para ordenar la conducta amorosa; la sutileza, agudeza necesaria para el discernimiento de los complicados fenómenos espirituales; y el fervor, un super-querer que impulsa al hombre en su ascenso a Dios.
Pero todo esto supone una idea del hombre.[8] Este es un acto de ser, es unidad de acto, materia y forma, cuerpo y alma. Tiene algo de natural y algo de artificial, pues crea cultura. En ese sentido, produce útiles, reglas y símbolos. Los útiles son causa instrumental. Las reglas o leyes manifiestan una costumbre normativizada moral y jurídicamente. Los símbolos constituyen el mundo propiamente humano, cultural y van más allá de los útiles, pertenecen a lo ornamental. A pesar de que, con su afán de convertir a los musulmanes, se esperaría ver en Lulio un fanatismo, se encuentra una apertura cultural. De muchas costumbres musulmanas llega a decir que son mejores que las cristianas y que han de preferirse a estas y suplirlas. De hecho, se percibe en Lulio una actitud dialogante con otras religiones y se puede rastrear un ecumenismo en él.[9]
En su otro texto espiritual, el Arte de contemplación, hace algo interesante, pues, aun cuando se empeñaba en demostrar racionalmente todos los dogmas o misterios de la fe, se pone a contemplarlos de manera muy afectiva, aplicando aspectos de su arte magna, o lógica combinatoria.[10] Así, contempla las virtudes de Dios, su esencia como Dios uno, como Dios Trino o Trinidad, el Padre Nuestro, el Ave María, los mandamientos, el Miserere mei, los sacramentos, las virtudes y los vicios. Con lo cual, se aprecia que su mística abarcaba tanto el aspecto intelectual como el sentimental, pues no solo argumentaba racionalmente (con su arte lógica) a favor de los dogmas, sino que también los contemplaba en una meditación afectiva. Lulio era de una racionalidad muy potente e igualmente de una afectividad muy fuerte y profunda.
Asimismo, ve al hombre como microcosmos y en esto se muestra muy analógico e icónico. Lo hace, por ejemplo, en la Doctrina pueril, donde compara el cosmos con las partes del hombre, incluso de su cuerpo.[11] Esto implica que concebía al ser humano como análogo e ícono del universo. Tiene una hermenéutica icónica, que le hace ver la presencia de Dios en todas las cosas, a pesar del mal que vemos en el mundo, es decir, el sufrimiento o dolor.
En su hermenéutica o exégesis bíblica, Lulio practica una interpretación analógica del texto sagrado, colocándose entre el sentido literal o histórico y el alegórico. En su Libre de contemplaciò, cap. 357:
«señala Llull cuatro formas de interpretación escrituraria: la histórica, la tropológica, la alegórica y la analógica. La interpretación tropológica o moral consiste en meras comparaciones; la alegórica consiste en entender un hecho por otro hecho dentro de un mismo plano sensible (por Jerusalén, dice Llull, se entiende la Iglesia santa); la analogía consiste en entender el plano intelectual por el sensible. Es la alegoría y la analogía la verdadera interpretación simbólica, según R. Llull» [12].
Así, en sentido analógico, podemos entender, a partir de las creaturas ─que son sensibles─, a Dios ─que es inteligible solamente. Cabe anotar que Lulio destaca y privilegia la interpretación analógica, a la que varios medievales aludieron, pero no le dieron tanta importancia.
Lulio y la interpretación
Ya que la exégesis bíblica fue importante para Lulio, pasaré ahora a tocar algunos puntos de su hermenéutica; nos servirán para darnos cuenta de cómo realiza sus estudios sobre la mística. La aborda desde sus claves interpretativas de la Sagrada Escritura y de la realidad. Pues bien, su método de comprensión y de exposición consiste en utilizar la combinatoria de ideas como método de comprensión y el cuento o apólogo como forma de exposición. Con ellos elabora y transmite su reflexión sobre la vida espiritual. Tanto la combinatoria como el apólogo forman parte de su herramienta hermenéutica, según era entendida en ese entonces, como aquella disciplina (la retórico-poética) que nos brinda el modo de interpretación y el modo de expresión.
Para predicar contaba con todo un método o arte de pensamiento que consistía en una extraña combinatoria de ideas y términos: la ars magna.[13] Él dice haberla recibido por revelación cuando estaba de ermitaño en el monte de Randa, en Mallorca. Con todo, también se han trazado sus antecedentes árabes, en quienes parece haberse inspirado, ya que había mucha influencia arábiga sobre los pensadores mallorquines. Igualmente se ha visto la influencia judía, a través de la Cábala. Dentro de ese método de conocimiento había un método de lectura e interpretación, como una aplicación de esa combinatoria a la hermenéutica. Se buscan en los textos los conceptos principales y se les aplica el arte magna, que contiene las reglas generales de la combinación de ideas, para lograr con ellas un cuadro completo y agotar todas las combinaciones posibles. Esta lógica combinatoria, que Lulio aplicaba al conocimiento en cuanto tal, es también aplicada por él al ejercicio de la interpretación. La misma retórica de Lulio era combinatoria, como ha podido verse en algunos seguidores suyos,[14] y sabemos que la retórica proporciona en gran parte los moldes hermenéuticos, de lectura e interpretación. Otro recurso retórico y didáctico de Lulio, también inspirado en los árabes, es el de los apólogos, cuentos o parábolas. Y esto se aplica a la interpretación, de modo que se trata de una interpretación parabólica, alegórica y simbólica. Así como expone sus doctrinas mediante parábolas y apotegmas o fábulas, así también lee el libro de la Escritura y el gran libro del Mundo. Veremos ejemplos de cada una de estas dos formas de interpretación.
La novela como parábola y combinatoria
Lulio tiene una gran «novela» moral y mística, que lleva por nombre Libro de Evast y Blanquerna, en la que el personaje principal, Blanquerna, pasa por diferentes estados o cargos, hasta que llega a Papa, y luego, ya en su vejez, abandona esa dignidad para hacerse ermitaño. Blanquerna escribe un libro, que aparece entonces como un libro dentro de otro, que se llama Arte de contemplación, en el que enseña a contemplar a Dios y sus misterios mediante una aplicación de su arte combinatoria, meditando las cosas divinas de acuerdo con la combinación ordenada de las ideas principales que contienen. Allí mismo encontramos algunos ejemplos de cómo se hace esto en la consideración de la Escritura, cuando usa, para hacer su meditación, el texto del Padrenuestro y el texto del salmo 50, a saber, el «Miserere mei, Deus».
No se trata de un método puramente intelectivo, sino también afectivo. Dice Lulio:
“El arte de este libro consiste en que las virtudes divinas sean primeramente contempladas las unas con las otras, y, después, sean contempladas con las demás partes de este libro, proponiéndose el alma del devoto contemplador por su objeto a las virtudes divinas en su memoria, entendimiento y voluntad, y sepa concordar en su alma las virtudes y divinas dignidades con las demás partes del libro, en tal manera, que todo se encamine a mayor honra y gloria de las divinas virtudes, que son éstas: bondad, grandeza, eternidad, poder, sabiduría, amor, virtud, verdad, gloria, perfección, justicia, largueza, misericordia, humildad, señorío y paciencia”[15].
Lulio brinda su arte a los ermitaños y demás contemplativos, consciente de que todos encuentran dificultades en la contemplación, pero confiando en que todo arte es para ayudar a la naturaleza, y ese arte de contemplación ayudará a conseguir la iluminación. Al igual que en su teoría general, utiliza como base las dignidades divinas, o predicados o propiedades principales de Dios, que pone en número de dieciséis, de acuerdo con su numerología de estilo cabalístico. Esto le permitirá meditar en todas las cosas dentro de un orden cósmico y universal establecido por Dios, en el cual cada acontecimiento y cada ser cobrará un sentido pleno, sentido que no puede exhibir tomado aisladamente y fuera de este contexto espiritual.
El meollo del arte luliano consiste en ir combinando las virtudes divinas y sacar de ellas todas las reflexiones posibles. Hay varios modos de hacerlo: comparando unas con otras o conectándolas con las que aparecen en las demás partes del libro.
«Y otro modo es el contemplar en las palabras del “Pater noster”, o del “Ave Maria’” etc. [Es decir, a base de textos o pasajes u oraciones de la Escritura, como el salmo “Miserere mei, Deus”]. También puede el hombre contemplar en Dios y en sus obras con todas las dieciséis virtudes expresadas o con algunas de ellas, según quisiese el hombre abreviar o prolongar su contemplación; y conforme que el modo de contemplación se conviene y conforma mejor con unas virtudes que con otras»[16].
Es decir, no solo sirve para contemplar a Dios en sus atributos mismos, ni solo en la Escritura, sino además en las creaturas, como en un libro, el libro de la naturaleza, ya que todas las cosas tienen símbolo e indicio de lo espiritual. Así contemplaba el Blanquerna de Lulio a Dios en su esencia, en su unidad, en su trinidad, en su encarnación. Pero también en algunos textos como el Padrenuestro, el Avemaría y el salmo 50. Antes de ver cómo lo aplica al libro de las creaturas, veremos, a guisa de ejemplo, cómo se teje su lectura exegética en el Padrenuestro y el salmo 50, penitencial por excelencia.
Lo primero que le dice el texto evangélico del Padrenuestro es que Dios es un buen padre, y esto lo combina con la esencia divina, dentro de la cual es padre de la naturaleza humana de Jesucristo; pero también es padre de la persona del Hijo, y también es padre de las creaturas, lo cual creyeron los apóstoles a través de la encarnación del Verbo. Además, está en los cielos, es Padre de Dios Hijo en los cielos, los cuales se comparan a las dignidades divinas, por su excelencia tan alta; y Él mismo es, en cierta manera, cielo porque es más alto que todas sus creaturas y las cobija debajo de su poderosa protección.
Asimismo, se pide a continuación en el texto que su nombre sea santificado. Y lo es en cuanto su esencia involucra todas sus dignidades o virtudes, que son de alguna manera sus nombres propios. Pero no solo ha de ser santificado en el cielo, sino también en la tierra, por todas las creaturas. Después se pide que venga el reino de Dios. Dice Lulio en boca de Blanquerna:
“El tu reino, Señor, es tu esencia misma en tus propiedades personales, en quienes es la bondad, grandeza, eternidad, poder, sabiduría, amor, perfección. Aquel reino, Señor, venga en nuestra alma para memorar, entender y amar tus propiedades comunes y tus propiedades propias personales, para que tu reino sea honrado acá abajo entre nosotros y que podamos nosotros arribar a tu reino glorioso y en él ser bienaventurados perpetuamente”[17].
Como se ve, siempre se están combinando las dieciséis virtudes divinas, las tres potencias del hombre, y otros elementos, con las palabras o ideas que expresa el texto en cuestión.
Sigue la oración pidiendo que se haga la voluntad de Dios en la tierra al igual que se hace en el cielo. En el cielo se cumple, por las virtudes y dignidades que allá brillan, pero también se cumple en su Hijo, y también en la tierra, por la naturaleza terrenal que el mismo hijo tomó en Jesucristo. El pan nuestro de cada día es la eucaristía, el cuerpo de Cristo, que está glorioso en el cielo y está sacramentalmente en la tierra, sacramento que se da de manera milagrosa, por el poder, la benignidad, justicia, largueza y demás virtudes de Dios, que se conjuntan en armonía para producir tales efectos. Además, se le dice a Dios:
«está significado que el pan de cada día nos lo debes dar en este mundo, que es el día de hoy, por razón de que es día de elección; o de condenación o de salvación; el cual día continuamente sin parar camina y pasa por cada uno de nosotros»[18].
Lo cual constituye un ejemplo de exégesis alegórica, en la que, más allá del sentido literal: «el pan nuestro de cada día dánosle hoy», como el alimento cotidiano, se va al pan eucarístico, pero también se va más allá del «hoy» físico y temporal, en el que se requiere el alimento, tanto mundano como celestial, para irse al «hoy» como la vida del hombre, como el camino que recorre en este mundo, antes de llegar al día eterno que no termina.
El perdón de nuestras deudas es pedido, a cuenta de nuestro perdón de los demás que nos ofenden, pero sobre todo por nuestro creer en las virtudes y dignidades de Dios, que son las que en realidad pagan toda deuda, ya que nosotros, por nuestra miserable condición de pecadores, no podemos hacerlo. El «no nos dejes caer en la tentación» es interpretado por Lulio en el ámbito de las mismas virtudes y dignidades, en toda su armonía, ya que, si no fuese tentado el hombre, no podría adquirir mérito alguno, y no brillaría la justicia de Dios, junto con la misericordia, la benignidad, etc. En este sentido concluye su oración comentando la última frase, en la que se pide a Dios que nos libre del mal:
«Líbranos, Señor, del mal, el cual tenemos cuando te olvidamos e ignoramos y desamamos; porque de este mal tienen principio y origen todos los otros males. Y por cuanto este libramiento se ha de hacer, Señor, por el recordar, entender y amar a tu bondad, grandeza y eternidad, si tú no nos defiendes y libras del mal, pues nos has creado y nos puedes ayudar, será tu misericordia, piedad y humildad sin amor; y nosotros seremos creados sin señor que ame a sus súbditos; y esto es inconveniente que sea así, por lo cual mi recuerdo tiene esperanza, Señor, en tu recurso y ayuda»[19].
Vemos siempre buscar la coherencia y compatibilidad de las divinas dignidades, virtudes o propiedades de Dios, que alternan su comparación con las facultades del hombre: entendimiento, memoria y voluntad, y con las cosas que se hallan en el texto en cuestión, que es el del Padrenuestro. He ahí la combinatoria de Lulio, en plena acción, trabando las combinaciones de los términos que se encuentran en un texto, dentro del texto mismo o con otros textos a los que remiten.
La interpretación como combinatoria
El otro ejercicio, la aplicación de su método hermenéutico al salmo 50, es una exhibición de la combinatoria; pues, por la sola mezcla de elementos contenidos en el primer versículo, Lulio obtiene un gran cúmulo de consideraciones y reflexiones. David dice en ese salmo: «Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu grande compasión borra mi culpa...», y ya en ello encuentra Blanquerna que la misericordia de Dios ha de contrastarse con su grandeza, con su bondad y eternidad, por lo cual es una misericordia la más grande que puede existir; que es también la mejor, por ser debida a su bondad; y que es la más duradera posible, ya que corresponde a su eternidad. Y así sucede con los demás atributos, como poder, sabiduría, etc.
Combinando atributos, Blanquerna se da cuenta de que la misericordia de Dios corresponde a su justicia, pues solo así surge el perdón. Pero además introdujo en su combinatoria a las tres Divinas Personas, y así obtuvo más posibilidades de contemplación. Vio cómo Dios Padre es misericordioso, con gran bondad, eternidad, grandeza, etc., y que por eso David, significando a la Iglesia, le pidió su mayor misericordia, que era su Hijo divino, y así fue enviado a rescatar al hombre de la miseria.
«Y, por esto, Señor, te hacemos gracias de habernos querido dar a tu Hijo glorioso por la encarnación y recreación, por cuyo Hijo se nos está significada y declarada tu gloriosa trinidad y la encarnación; porque, si en tu divina naturaleza no hubiera distinción de personas, no nos pudieras dar ni perdonar según tu gran misericordia, por cuanto nosotros no tuviéramos virtud en qué recibir aquélla. Mas por cuanto tu Hijo, Señor, quiso encarnarse y habitar entre nosotros en aquella humanidad suya, pudo nuestra flaca naturaleza recibir cumplidamente la gracia y misericordia; pues en cuanto tu Hijo es Dios, es igual a tu grandeza y virtud, y pudiste, por él y con él, tanto como tú eres, dar, perdonar y juzgar»[20].
Así, Blanquerna encontró la armonía entre la verdad, la gloria y la perfección con la magnitud y la eternidad, y entre estas y la misericordia. Y recordó otras propiedades, a las que lo llevaban las anteriores, que combinó y que habían surgido del texto de ese salmo 50, y cómo la grandeza de Dios exigía que tuviera una gran misericordia, y solo con su Hijo Jesucristo pudiera ser cumplida.
A ello añadió otros atributos de Dios, como la largueza, la humildad, el señorío y la paciencia, que han de ser infinitos, como su misericordia. Al tamaño de esa largueza fue el don y el perdón que Dios otorgó, y su humildad fue tan grande que se humilló hasta la cruz, y su señorío fue igualmente grande, y lo mismo su paciencia; todas infinitas como su misericordia. Después de relatar la meditación del ermitaño, Lulio explica:
“En el modo arriba dicho, contemplaba Blanquerna a Dios en su esencia, trinidad y encarnación con arte, expositando las palabras de David por las divinas virtudes; por cuya arte puede el hombre revelar los secretos y oscuridades que los profetas usaban en sus palabras, para que el entendimiento se elevase mejor en investigar los secretos de Dios y que más altamente entendiese, y, en la elevación del entendimiento, la voluntad se exaltase en amar más a Dios en su esencia, trinidad y encarnación y en las demás obras”[21].
Lo más importante para nosotros, en esto que ha dicho, es que estaba dando un arte para revelar los secretos y oscuridades que se hallaban en el texto de los profetas, que es como decir, los escritores sagrados o hagiógrafos de la Sagrada Escritura, aplicable a toda ella, pues. Con ella se iluminarían los secretos y los misterios del texto sacro, para que el intelecto entienda y la voluntad ame los designios de Dios. Sería un arte de interpretación, como él dice, para investigar los secretos de Dios, contenidos en la Escritura.
Reflexión
De esta manera, vemos que los apólogos le sirven a Lulio para interpretar y exponer lo que sucede en los acontecimientos, como leyendo ese orden de Dios en el libro de las creaturas. Los usa como parábolas. La misma realidad, bajo su mirada, parece una gran parábola. La parábola de Dios, que debe interpretar. Y lo mismo le sirve su exégesis o hermenéutica combinatoria para leer las cosas y los textos, sobre todo el de las Escrituras, pero también el de la realidad. Otra vez, para encontrar el orden de Dios, en medio de tan enmarañadas y cabalísticas combinaciones. En definitiva, lo que iba a encontrarse al final de tanta combinación era ese Señor que explicaba el mal y el dolor en el orden que conducía al bien; o tal vez porque ese Señor era el máximo Ser, y, por lo mismo, el Bien Supremo, en el que todo mal se aquietaba y conducía a la paz del alma.
Y, al contemplar el empuje, a la vez que la cautela, con las que se cultiva en la actualidad la lógica matemática, muy remotamente ─es verdad─ inspirada por el Arte Magna de Lulio, solo queda reiterarle, desde el futuro que vio con esperanza, el consuelo que le daba el ermitaño a quien se dirige en una de sus obras autobiográficas, cuando daba por perdida su arte, a causa de la escasa aceptación y hasta irrisión de que fue objeto, lo cual le hundía en mortal tristeza:
«Ramón, de vuestra Arte no tengáis cuidado, antes alegraos de ella, que, pues Dios os la dio, justicia y esfuerzo la multiplicarán en leales amadores. Y si vos ahora por ella sentís adversidades, vendrá otro tiempo mejor en que tengáis ayudadores tales que la estudien y aprendan y en que con ella venzan los errores de este mundo y hagan muchos actos provechosos. Por esto os ruego, amigo mío, que os consoléis, que enjuguéis vuestras lágrimas y que os alegréis contra los vicios, esperando de Dios merced y socorro»[22].
Conclusión
Hemos visto, pues, que tanto la filosofía como la teología de Lulio se basan en su lógica combinatoria, arte magna que lo tuvo obsesionado toda su vida. Inclusive la aplica en su doctrina espiritual o mística. Pero al mismo tiempo percibimos que, junto con ese racionalismo tan extremo también camina una emotividad o afectividad muy intensa. Sobre todo, en su Libro del amigo y del amado, que se cree que compuso de manera independiente de la novela en la que lo incluye.
[1] RIBER, L., Raimundo Lulio, Barcelona, Labor, 1935, pp. 7 ss.; HERNÁNDEZ, M. Cruz, El pensamiento de Ramon Llull, Valencia, Fundación Juan March – Editorial Castalia, 1977, pp. 43 ss.
[2] IBARRA DE LA PAZ, J. J., La lógica simbólica en el Beato Ramón Llull y George Boole: del silogismo a la ciencia, Zapopan (México), Instituto Franciscano de Filosofía, 2010, pp. 16-31.
[3] MENÉNDEZ PELAYO, M. «Raimundo Lulio», en Ensayos de crítica filosófica, Buenos Aires, Emecé, 1946, pp. 345 y 356.
[4] XIRAU, J., «Vida y obra de Ramón Lull», en Obras de Joaquín Xirau, México, UNAM, 1963, p. 262.
[5] LULIO, R., «Del libro del amigo y del amado», n. 15; en «Libro de Evast y Blanquerna», en Obras literarias (Libro de caballería - Blanquerna - Félix - Poesías), ed. M. Batllori - M. Caldentey, Madrid, BAC, 1948, p. 481.
[6] LULIO, R., «Libro de Evast y Blanquerna», en Antología, ed. M. Beuchot, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Colección «Cien del Mundo»), 1996, apéndice: «Arte de contemplación», pp. 119 ss.
[7] TRÍAS MERCANT, S., Llull (1232/35?-1315), Madrid, Eds. del Orto, 1995, p. 46.
[8] Félix de las maravillas, VIII, 44: «Qué es el hombre», en Antología, op. cit., pp. 23 ss.
[9] GARCÍAS PALOU, S., Ramón Llull en la historia del ecumenismo, Barcelona, Herder, 1986, pp. 211 ss.
[10] LULIO, R., «Arte de contemplación», en Antología, op. cit., pp. 120 ss.
[11] LLULL, R., «Doctrina pueril», cap. 85, en J. MARÍAS (ed.), La filosofía en sus textos, Barcelona, Labor, 1963 (2a ed.), vol. I, p. 645.
[12] TRÍAS MERCANT, S., «Raíces agustinianas en la filosofía del lenguaje de R. Llull», Augustinus, 21 (1976), pp. 66-67.
[13] Cf. BEUCHOT, M., «El ars magna de Lulio y el ars combinatoria de Leibniz», Diánoia, 31 (1985), pp. 183-194.
[14] BEUCHOT, M., «Retórica y lulismo en Diego de Valadés», Studia Lulliana, 32 (1992), pp. 153-161.
[15] LULIO, R., «Libro de Evast y Blanquerna», en Obras literarias (Libro de caballería - Blanquerna - Félix - Poesías), op. cit., p. 524.
[16] Ibid., p. 525.
[17] Ibid., p. 549.
[18] Ibid., p. 550.
[19] Ibid., p. 551.
[20] Ibid., p. 561.
[21] Ibid., p. 562.
[22] LULIO, R. Desconhort, X, en Obras literarias de Ramón Lull, Madrid, BAC, 1948, p. 1103.