Pontificia Università Antonianum (Roma)
Instituto Teológico de Murcia
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Resumen
En la primera parte de este trabajo nos proponemos explicar el proceso inmediato de gestación del Documento sobre la fraternidad humana y la historia de algunos momentos importantes del camino recorrido en las últimas décadas en el diálogo islamo-cristiano que ayudan a entender mejor el alcance de dicho documento. La segunda parte resalta los aspectos de la ética luliana más afines con el contenido del documento, señalando también los límites soteriológicos del método luliano de misión. Se concluye mostrando la apuesta del documento por un diálogo existencial basado en los valores espirituales compartidos y en las virtudes morales más altas que piden las religiones.
Palabras clave
Fraternidad, testimonio de vida, predicación, diálogo de espiritualidades, valores comunes
In the first part of this paper we intend to explain the immediate gestation process of A Document on Human Fraternity and the most important features of the path taken over the last decades in the Islamic-Christian dialogue in order to better understand the scope of this document. The second part highlights the aspects of Llull’s ethics that are more in tune with the content of the document, as well as pointing out the soteriological limits of the lullian method of mission. It concludes showing the document’s commitment to an existential dialogue based on spiritual common values and the highest moral virtues that religions aim for.
Keywords
Fraternity, witness of life, preaching, dialogue of spiritualities, shared values
Génesis, contenido y objetivos del documento
El Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común, conocido también como la Declaración de Abu Dabi, fue firmado por el papa Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar, Ahmed Al-Tayyeb, en Abu Dabi, Emiratos Árabes Unidos, el 4 de febrero de 2019. En el Prefacio de dicho documento se explica su proceso de gestación de este modo:
«En distintos encuentros presididos por una atmósfera de fraternidad y amistad, hemos compartido las alegrías, las tristezas y los problemas del mundo contemporáneo […] De estos diálogos fraternos y sinceros que hemos tenido, y del encuentro lleno de esperanza en un futuro luminoso para todos los seres humanos, ha nacido la idea de este “Documento sobre la Fraternidad Humana”. Un documento pensado con sinceridad y seriedad para que sea una declaración común de una voluntad buena y leal, de modo que invite a todas las personas que llevan en el corazón la fe en Dios y la fe en la fraternidad humana a unirse y a trabajar juntas, para que sea una guía para las nuevas generaciones hacia una cultura de respeto recíproco, en la comprensión de la inmensa gracia divina que hace hermanos a todos los seres humanos»[1].
El Documento recuerda que las religiones se adhieren a las siguientes convicciones: 1.- La paz, el conocimiento recíproco y la fraternidad que protegen de la indiferencia y de la ley del más fuerte. 2.- La libertad de creencia, pensamiento, expresión y acción que hacen de la pluralidad un don de Dios que impide imponer una forma de civilización a quien no la comparte. 3.- La justicia basada en la misericordia, el diálogo, la comprensión, la cultura de la tolerancia, la aceptación del otro y la coexistencia. 4.- El encuentro entre creyentes en los valores comunes. 5.- La protección de los lugares de culto. 6.- La condena del terrorismo con la consecuente interrupción de su financiación y justificación. 7.- La ciudadanía basada en la igualdad de derechos y deberes, de forma que se renuncie a discriminar minorías. 8.- El encuentro entre Oriente y Occidente con sus diferencias históricas, culturales y religiosas a fin de consolidar los derechos humanos y una vida digna para todo el mundo. 9.- Acabar con todas las prácticas inhumanas que humillan la dignidad de las mujeres y trabajar para modificar las leyes que impiden que fluyan plenamente de sus derechos. 10.- La defensa de los derechos de los niños. 11.- La protección de los derechos de las personas mayores y de quienes sufren alguna forma de debilidad, discapacidad y opresión.
Los firmantes de esta Declaración, su Santidad el papa Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyeb, expresan su deseo de que estos principios lleguen «a todos los niveles regionales e internacionales, instándolos a convertirlos en políticas, decisiones, textos legislativos, planes de estudio y materiales de comunicación». Es, como se ve, un Documento muy ambicioso que no quiere quedarse en buenas palabras. Respecto a la introducción de sus principios en los planes de estudio, los firmantes concretan más sus demandas pidiendo que «este Documento sea objeto de investigación y reflexión en todas las escuelas, universidades e institutos de educación y formación, para que se ayude a crear nuevas generaciones que traigan el bien y la paz, y defiendan en todas partes los derechos de los oprimidos y de los últimos». La Declaración concluye con «una invitación a la reconciliación y a la fraternidad entre todos los creyentes, incluso entre creyentes y no creyentes, y entre todas las personas de buena voluntad».
Domenico Agasso, un periodista del diario italiano La Stampa, preguntó al Papa, en el vuelo de regreso a Roma desde Abu Dabi, por cómo creía que sería recibida esa Declaración por esa parte de los católicos que lo acusan de dejarse instrumentalizar por los musulmanes. El Papa respondió:
«Me acusan de dejarme instrumentalizar por todos, ¡también por los periodistas! Es parte del trabajo [mío], pero sí me gustaría decir una cosa. Esto lo reafirmo claramente: Desde el punto de vista católico, el Documento no se ha separado ni un milímetro del Vaticano II, incluso se cita en varias ocasiones. El Documento fue hecho en el espíritu del Vaticano II. Y he querido, antes de tomar la decisión de decir: “está bien así, lo firmamos así” —por lo menos por mi parte—, que lo leyera algún teólogo y también oficialmente el teólogo de la Casa Pontificia, que es un dominico, con la bella tradición de los dominicos; no es ir a la caza de brujas, sino ver lo que es correcto; y él lo aprobó. Si alguien se siente disconforme, lo comprendo, no es algo de todos los días y no es un paso hacia atrás, es un paso hacia adelante, pero un paso hacia adelante que viene de hace cincuenta años, viene del Concilio, que debe ser desarrollado. Los historiadores dicen que para que un Concilio eche raíces en la Iglesia se necesitan cien años; estamos a medio camino. Y esto puede suscitar perplejidad, también a mí. Le diré: vi una frase [del Documento] y me dije: “pero esta frase no sé si está bien”. ¡Era una frase del Concilio! Y me sorprendió incluso a mí. En el mundo islámico hay diferentes opiniones, hay algunas más radicales y otras no. Ayer, en el Consejo de los sabios, había por lo menos un chiita, con una universalidad muy grande y habló bien. Habrá discrepancias también entre ellos —no conozco bien—, pero es un proceso y los procesos maduran, como las flores, como la fruta»[2].
El papa Francisco volvió a hablar de esta cuestión de los procesos en un discurso a los participantes en un encuentro celebrado en Roma por el Instituto de diálogo interreligioso de Buenos Aires para analizar el Documento sobre la fraternidad humana. Se trata, dijo el Papa:
«de cambiar actitudes históricas. Me viene como símbolo una escena de la Chanson de Roland, cuando los cristianos vencen a los musulmanes y los ponen todos en fila delante de la pila bautismal, y uno con una espada. Y los musulmanes tenían que elegir entre el bautismo o la espada. Eso hicimos los cristianos. Era una mentalidad que hoy no podemos aceptar, ni comprender, ni puede funcionar más. Cuidemos los grupos integristas, cada uno tiene lo suyo. En Argentina hay algún rinconcito integrista por ahí. Y tratemos con la fraternidad de ir adelante. El integrismo es una peste y todas las religiones tienen algún primo hermano integrista ahí, que se agrupa. Espero que este Mensaje de Fraternidad sea recibido por la comunidad internacional, para el bien de toda la familia humana, que debe pasar de la simple tolerancia a la verdadera convivencia y coexistencia pacífica»[3].
El Documento sobre la fraternidad humana condena de forma explícita todos los métodos coercitivos usados en el pasado y afirma que:
«La libertad es un derecho de toda persona: todos disfrutan de la libertad de credo, de pensamiento, de expresión y de acción. El pluralismo y la diversidad de religión, color, sexo, raza y lengua son expresión de una sabia voluntad divina, con la que Dios creó a los seres humanos. Esta Sabiduría Divina es la fuente de la que proviene el derecho a la libertad de credo y a la libertad de ser diferente. Por esto se condena el hecho de que se obligue a la gente a adherir a una religión o cultura determinada, como también de que se imponga un estilo de civilización que los demás no aceptan».
Aquí es bueno anticipar que el beato Ramon Llull siempre defendió esa libertad de credo y de pensamiento proclamada en la Declaración de Abu Dabi. El ejemplo más claro lo tenemos en la cuestión 21 de su obra Ars iuris, donde dice que «B (el católico) no debe obligar al infiel a creer en A (Dios), con la minoridad de la bondad, de la grandeza, (y del resto de dignidades o atributos divinos), la cual se daría si D (el infiel) fuese bautizado por fuerza»[4].
Juan Pablo II, como es sabido, con motivo del gran jubileo del año 2000, quiso pedir perdón por los pecados de la Iglesia en el pasado y hubo sectores integristas que se opusieron. Pienso ante todo, decía Juan Pablo II, «en la dolorosa realidad de la división entre los cristianos. Un segundo acto de arrepentimiento atañe a la aceptación de métodos de intolerancia e incluso de violencia en el servicio a la verdad. Aunque muchos lo hicieron de buena fe, ciertamente no fue evangélico pensar que la verdad se debía imponer con la fuerza»[5]. Ya antes, el 27 de octubre de 1986, en la histórica Jornada de la oración por la Paz en Asís con los representantes de las Iglesias cristianas y de las religiones mundiales, Juan Pablo II, en su discurso al final de las plegarias por la paz en la plaza de la basílica inferior de San Francisco, reconoció que los católicos no han sido siempre artífices de paz. Pero luego añadió:
«El hecho de que hayamos venido hasta Asís desde tan diversas regiones del mundo es en sí mismo un signo de este camino común que la humanidad está llamada a recorrer. O aprendemos a caminar juntos en paz y armonía, o iremos a la deriva destruyéndonos a nosotros mismos y a los demás. Esperamos que esta peregrinación a Asís nos haya enseñado nuevamente a ser conscientes del origen común y del común destino de la humanidad. Podemos ver en ello una prefiguración de lo que Dios quiere que sea el camino de la historia de la humanidad: una ruta fraterna a través de la cual marchamos acompañándonos los unos a los otros hacia la meta trascendente que Él nos ha señalado»[6].
Se ha dicho que Juan Pablo II pudo convocar en Asís en 1986 a representantes de las principales religiones del mundo porque san Francisco, el «hermano universal», traspasa fronteras. Aquel 27 de octubre de 1986 tuvo un gran impacto sobre las religiones y la opinión pública. Ahí nació el «espíritu de Asís». Desde entonces, la familia franciscana celebra cada año la Jornada por la paz en el Espíritu de Asís, y la Comunidad de san Egidio organiza también anualmente encuentros interreligiosos para rezar por la paz en las principales ciudades europeas. El Gran Imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyeb, ha participado en algunos de esos encuentros de oración, ya que lo une una larga y estrecha amistad con miembros destacados de la Comunidad de san Egidio. El Dr. Armand Puig i Tàrrech, rector del Ateneo Universitario Sant Pacià de Barcelona y miembro de la Comunidad de san Egidio, relató en un artículo cómo vivió el viaje del papa Francisco a Egipto en abril de 2017:
«La imagen clave del viaje fue el abrazo que se dieron el Papa y El-Tayyeb, después de los discursos respectivos en el Aula Magna de la Universidad de Al-Azhar. Las dos figuras seguramente más representativas de las religiones cristiana e islámica se reconocían como amigos delante del mundo entero y sustituían el lenguaje de la confrontación por el lenguaje del encuentro. No se trataba de un gesto políticamente correcto, que buscara el aplauso de la opinión pública, pero sin significación real. Como testigo presencial, puedo decir que la sintonía entre los dos personajes respondía a una coincidencia auténtica de planteamientos y de soluciones. En un país de mayoría islámica, la cabeza visible de aquella cristiandad que había decretado las cruzadas, consideradas como una agresión por los musulmanes –y por los cristianos ortodoxos–, ahora venía como peregrino de paz y mensajero de reconciliación […] Significativamente, el Papa y El-Tayyeb se trataron mutuamente de “querido hermano”. Los creyentes se reconocen como hermanos cuando se reconocen como hijos del mismo Dios. Este es un dato teológico fundamental: “Alá” no es el nombre del Dios musulmán, sino sencillamente la palabra “Dios” en lengua árabe, ya que Dios es uno solo, del cual toda la humanidad, que es una sola, recibe la vida»[7].
La figura de Ahmad Al-Tayyeb
Después de ese viaje a Egipto del papa Francisco en abril de 2017, Fady Noun, redactor jefe del diario libanés Le Orient-Le Jour, cristiano maronita, escribió un artículo titulado «El imán de Al Azhar, la modernidad del islam y sus enemigos»[8]. En este artículo, Noun revela aspectos desconocidos de la personalidad de Al-Tayyeb que nos ayudan a entender su amistad con la Comunidad de san Egidio y con el papa Francisco, así como las razones que lo han llevado a firmar el Documento sobre la fraternidad humana.
Tarek Mitri, exministro libanés de Cultura, le dijo a Noun en una entrevista, que conoce a Al-Tayyeb desde la época universitaria que pasaron juntos en París. Él, Mitri, estudiaba la filosofía de las relaciones internacionales y Al-Tayyeb la filosofía de las religiones. El Gran Imán de Al-Azhar posee una sólida formación filosófica adquirida en la Sorbona, en los cursos de Paul Ricoeur. No es, por tanto, un «fakih», un jurista o un canonista. Según Mitri, su pensamiento religioso está formado, por una parte, por el misticismo y por otra por la Filosofía. El misticismo le viene de ser hijo del jeque de una «tarika», una vía sufí del Said, en el Alto Egipto. En el discurso que pronunció en la universidad de Al-Azhar el 27 de abril, un día antes de que el papa Francisco llegara a Egipto, el imán habló del existencialismo y de la posmodernidad. Esta apertura a la modernidad ha sido muy criticada por los fundamentalistas. Al-Tayyeb, dice Mitri, ha convertido la Universidad de Al-Azhar en un lugar de diálogo. Creó la Beit el A’ila el Masria (la Casa de la familia egipcia), un lugar donde todos los líderes religiosos cristianos se sienten como en casa e intentan resolver las tensiones confesionales y alcanzar soluciones puntuales a problemas puntuales, como hace una familia. Durante los últimos dos años, ha reunido en varias ocasiones a intelectuales islamistas más o menos moderados con intelectuales liberales musulmanes y cristianos. De ahí ha nacido un compromiso con la noción de Estado constitucional. También ha proclamado –después de consultarlo con gran número de intelectuales de todas las posiciones– una carta de libertades que llegan muy lejos: libertades artísticas, libertades intelectuales e incluso libertad de conciencia, aunque sin utilizar esta palabra. En definitiva, ha intentado infundir el concepto de ciudadanía en el mundo islámico.
El papa Francisco ve un progreso en este proceso de apertura del islam moderado a la modernidad. El peligro, como ya se ha dicho, son los fundamentalismos, ya que, dice Francisco, «hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece»[9].
Lo importante para el papa Francisco es iniciar y promover procesos de concordia. En el número 223 de la Exhortación apostólica Evangelii gaudium, el Papa dice que «se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos». De hecho, el acontecimiento histórico de la firma del Documento sobre la fraternidad humana es fruto del proceso de diálogo y de colaboración iniciado durante el Concilio Vaticano II y de los encuentros interreligiosos en el «espíritu de Asís» ya mencionados, pero también es el resultado del desarrollo de dinamismos como el que hemos dicho que ha puesto en marcha Al-Tayyeb al convertir la Universidad de Al-Azhar en un lugar de diálogo y fundar con Tavadros II, Patriarca de la Iglesia Copta Ortodoxa, la Casa de la Familia egipcia, un organismo de enlace interreligioso que desde el 2011 trabaja para prevenir o mitigar los conflictos religiosos en Egipto.
Sobre esta Casa de la Familia egipcia, hay que añadir que esta institución ha hecho posible también que sacerdotes e imanes a menudo hayan animado juntos conferencias y debates en los colegios para promover entre los alumnos la cultura del encuentro y la convivencia pacífica entre musulmanes y cristianos. Hay aquí, pues, un bosque que crece, a pesar del ruido que genera la violencia y la discriminación que por desgracia todavía sufren los cristianos en Egipto.
El «diálogo de espiritualidades» iniciado durante el pontificado de Benedicto XVI
La Declaración de Abu Dabi se centra en los valores compartidos, como dije ya aquí en mi conferencia de hace dos años[10] citando este pasaje del Documento:
«El diálogo entre los creyentes significa encontrarse en el enorme espacio de los valores espirituales, humanos y sociales comunes, e invertirlo en la difusión de las virtudes morales más altas, pedidas por las religiones; significa también evitar las discusiones inútiles»[11].
Esta apuesta clara por centrarse en los valores comunes significa privilegiar lo que el cardenal Jean-Luois Tauran, que fue presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso del 2007 hasta su fallecimiento en 2018, definió como «diálogo de espiritualidades». En septiembre de 2007, el periódico Le Monde –con el título «Jean-Louis Tauran, le Monsieur Islam du Vatican»[12]– publicó una significativa «radiografía» del purpurado francés con declaraciones importantes que manifestaban su punto de vista respecto al diálogo con los musulmanes. Como recogía el diario Le Monde, el cardenal Tauran no cree en un diálogo teológico-doctrinal entre cristianos y musulmanes, sino en un «diálogo existencial», sin ceder al relativismo ni a la intolerancia.[13] El cardenal Tauran participó en el primer encuentro del Fórum católico-musulmán nacido a raíz de la carta abierta que el 13 octubre de 2007, con ocasión del final del Ramadán (Eid-al-Fitr), dirigieron a Benedicto XVI, y a otros representantes cristianos, ciento treinta y ocho líderes musulmanes de cuarenta y tres países distintos. La carta de los intelectuales musulmanes, que lleva por título Una palabra común entre nosotros y vosotros, se centraba en tres convicciones compartidas: «Dios es único, Dios nos ama y nosotros debemos amarle, y Dios nos llama a amar al prójimo». El cardenal Tauran señaló que se trata de un texto muy interesante porque representa un documento nuevo, ya que procede de musulmanes sunitas y chiítas. Es un documento no polémico, con numerosas citas tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. En él hay afirmaciones, decía Tauran, que son un signo esperanzador que demuestra que la buena voluntad y el diálogo pueden vencer a los prejuicios.
Por su parte, Benedicto XVI respondió a la carta de los líderes musulmanes a través del secretario de Estado, cardenal Tarcisio Bertone, con una carta dirigida al príncipe jordano Ghazi bin Muhammad bin Talal, presidente del «Aal al-Bayt Institute for Islamic Thought» y uno de los firmantes de la carta, en la que le decía:
«Sin ignorar o disminuir nuestras diferencias en cuanto cristianos y musulmanes, podemos y debemos mirar a aquello que nos une, el hecho de creer en el único Dios, el benevolente Creador y Juez universal que al fin de los tiempos juzgará a cada uno según sus acciones»[14].
De hecho, Benedicto XVI aprovechó esta carta-respuesta para proponer organizar formalmente un encuentro de trabajo entre la delegación de los firmantes y el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, con la cooperación de algunos Institutos especializados (como el Pontificio Instituto de Estudios Árabes e Islámicos y la Pontificia Universidad Gregoriana).
La Lectio Magistralis de Ratisbona planteó la necesidad de un diálogo Después de las violentas reacciones suscitadas en varios países de mayoría islámica tras la tergiversada interpretación mediática del discurso pontificio al mundo de la cultura en la universidad de Ratisbona, el 12 de septiembre de 2006, se evidenció la necesidad de un diálogo auténtico entre el mundo católico y el islámico. En un inicio, de poco sirvieron las palabras de Benedicto XVI en el Ángelus del 17 de septiembre del mismo año, cuando confesaba que estaba «vivamente afligido por las reacciones suscitadas por un breve pasaje de mi discurso en la Universidad de Ratisbona, considerado ofensivo para la sensibilidad de los creyentes musulmanes, mientras que se trataba de una cita de un texto medieval, que de ningún modo expresa mi pensamiento personal»[15]. El pasaje al que hace referencia Benedicto XVI habla del:
«diálogo que el docto emperador bizantino Manuel II Paleólogo, tal vez en los cuarteles de invierno del año 1391 en Ankara, mantuvo con un persa culto sobre el cristianismo y el islam, y sobre la verdad de ambos [...] En el séptimo coloquio (διάλεξις, controversia), editado por el profesor Khoury, el emperador toca el tema de la yihad, la guerra santa. Seguramente el emperador sabía que en la sura 2, 256 está escrito: “Ninguna constricción en las cosas de fe”. Según dice una parte de los expertos, es probablemente una de las suras del período inicial, en el que Mahoma mismo aún no tenía poder y estaba amenazado. Pero, naturalmente, el emperador conocía también las disposiciones, desarrolladas sucesivamente y fijadas en el Corán, acerca de la guerra santa. Sin detenerse en detalles, como la diferencia de trato entre los que poseen el “Libro” y los incrédulos, con una brusquedad que nos sorprende, brusquedad que para nosotros resulta inaceptable, se dirige a su interlocutor llanamente con la pregunta central sobre la relación entre religión y violencia en general, diciendo: “Muéstrame también lo que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malas e inhumanas, como su disposición de difundir por medio de la espada la fe que predicaba” [16].
Dos años después, el 6 de noviembre de 2008, Benedicto XVI pronunció en la Sala Clementina del Vaticano un importante discurso al concluir el ya mencionado primer seminario organizado por el Foro católico-musulmán, instituido por el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso y por representantes de los ciento treinta y ocho líderes musulmanes que firmaron la carta abierta a los líderes cristianos del 13 de octubre de 2007. A continuación, reproduzco los pasajes de este discurso de Benedicto XVI que hacen referencia al «diálogo de espiritualidades» del que hablaba el cardenal Tauran:
«Doy las gracias en especial al cardenal Jean-Louis Tauran, al jeque Mustafá Ceric (un imán que fue Gran Muftí de Bosnia y Herzegovina) y al señor Seyyed Hossein Nasr (filósofo iraní, profesor de Estudios Islámicos en la George Washington University) por sus palabras [...] Este encuentro es un signo claro de nuestra estima recíproca y de nuestro deseo de escucharnos unos a otros con respeto. Puedo aseguraros que he seguido con la oración los progresos de vuestro encuentro, consciente de que representa un paso ulterior en el camino hacia una mayor comprensión entre musulmanes y cristianos, en el ámbito de otros encuentros regulares que la Santa Sede promueve con diferentes grupos musulmanes. La carta abierta “Una palabra común entre vosotros y nosotros” ha recibido numerosas respuestas y ha suscitado un diálogo, iniciativas y encuentros específicos, orientados a ayudarnos a conocernos mutuamente de una manera más profunda y a crecer en la estima por los valores que compartimos [...] El tema que habéis escogido para el encuentro –“Amor a Dios y amor al prójimo: la dignidad de la persona y el respeto recíproco”– es particularmente significativo. Está tomado de la carta abierta, que presenta el amor a Dios y el amor al prójimo como centro tanto del islam como del cristianismo. Este tema ilumina más claramente todavía los fundamentos teológicos y espirituales de una enseñanza central de nuestras religiones respectivas [...] Soy consciente de que musulmanes y cristianos tienen planteamientos diferentes con respecto a las cuestiones que afectan a Dios. Sin embargo, podemos y debemos ser adoradores del único Dios, que nos ha creado y que se preocupa de cada persona en todas las partes del mundo [...] También la tradición musulmana es muy clara al alentar al compromiso práctico en favor de los más necesitados y recuerda inmediatamente su propia “regla de oro”: vuestra fe no será perfecta si no hacéis a los demás lo que queréis para vosotros mismos. Por eso, debemos cooperar en la promoción del respeto auténtico de la dignidad de la persona humana y de sus derechos fundamentales, aun cuando nuestras concepciones antropológicas y nuestras teologías lo justifiquen de modos diferentes. Hay un sector muy amplio en el que podemos trabajar juntos: la defensa y la promoción de los valores morales que forman parte de nuestra herencia común [...] Rezo para que el Foro católico-musulmán, que ahora con confianza está dando sus primeros pasos, se convierta cada vez más en un espacio de diálogo y nos ayude a recorrer juntos el camino hacia un conocimiento cada vez más pleno de la Verdad. Este encuentro es también una ocasión privilegiada para comprometernos en una búsqueda más profunda del amor a Dios y del amor al prójimo, condición indispensable para ofrecer a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo un servicio auténtico de reconciliación y de paz. Queridos amigos, unamos nuestros esfuerzos, con buena voluntad, para superar todos los malentendidos y desacuerdos. Decidámonos a superar los prejuicios del pasado y a corregir la imagen a menudo distorsionada del otro que puede crear todavía hoy dificultades en nuestras relaciones.[17] Trabajemos juntos para educar a todas las personas, sobre todo a los jóvenes, a construir un futuro común».[18]
Vemos, pues, que el discurso de Benedicto XVI expresa, como el Documento sobre la fraternidad humana, un claro deseo de «crecer en la estima por los valores que compartimos y de trabajar juntos en la defensa y la promoción de los valores morales que forman parte de nuestra herencia común». Asimismo, la preocupación que manifiesta Benedicto XVI por la educación, sobre todo de los jóvenes, está también muy presente en la Declaración de Abu Dabi, que ya hemos visto que quiere ser «una guía para las nuevas generaciones hacia una cultura de respeto recíproco».
La inspiración franciscana en la «cultura del encuentro» de papa Francisco
El 14 de septiembre de 2019 el papa Francisco recibió en audiencia a los miembros de la Comunidad Abraham, una asociación valenciana de jóvenes comprometida en el campo de la nueva evangelización. En esa audiencia, les dijo que «la Iglesia que quiere el Señor, como dijo el Papa Benedicto XVI, no crece por el proselitismo, sino por la atracción, que es la atracción del testimonio».[19] Para el papa Francisco:
«Esta es una metodología que estamos llamados a vivir en la obra de evangelización. Necesitamos caminar juntos con la gente de nuestro tiempo, escuchar lo que llevan en sus corazones, ofrecerles, con nuestras vidas, la respuesta más creíble, es decir, la que viene de Dios, a través de Jesucristo. Siempre es bueno para mí escuchar los consejos que San Francisco de Asís daba a los frailes cuando los mandaba a evangelizar: “Id, anunciad el Evangelio y, si es necesario, también con palabras”. Primero con el testimonio, luego te preguntan: “¿Por qué eres así?”. Y entonces es el momento de hablar»[20].
El papa Francisco ha repetido en varias ocasiones esta frase atribuida a san Francisco de Asís. Y en la homilía de la misa que celebró en Abu Dabi el día después de la firma del Documento sobre la fraternidad humana, dijo lo siguiente:
«Me gusta citar a san Francisco, cuando da instrucciones a sus hermanos sobre el modo como han de presentarse ante los sarracenos y los no cristianos. Escribe: “No entablen litigios ni contiendas, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios y confiesen que son cristianos” (Regla no bulada, XVI). No entablen litigios ni contiendas –y esto vale también para los sacerdotes– ni litigios ni contiendas: en ese tiempo, mientras tantos marchaban revestidos de pesadas armaduras, san Francisco recordó que el cristiano va armado solo de su fe humilde y su amor concreto. Es importante la mansedumbre: si vivimos en el mundo al modo de Dios, nos convertiremos en canales de su presencia; de lo contrario, no daremos frutos»[21].
El papa Francisco cita aquí el primero de los dos modos posibles en que dice san Francisco que los frailes pueden ir entre sarracenos. El otro modo, que el Papa no cita:
«consiste en que, cuando vean que agrada al Señor, anuncien la palabra de Dios, para que crean en Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas, y en el Hijo, redentor y salvador, y para que se bauticen y hagan cristianos, porque “el que no vuelva a nacer del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios” (cf. Jn 3,5)»[22].
Es posible que el Papa no haya querido citar ese segundo modo por estar más asociado al proselitismo y al sentido restrictivo del viejo axioma “Extra Ecclesiam nulla salus”. El capuchino Julio Micó comenta así estos dos modos de presencia:
«Resulta curioso que no se proponga en primer lugar la predicación, ni alguna acción social que empuje a los no cristianos al bautismo, sino el modo de vivir del Hermano Menor. Sin embargo, no debería extrañarnos tanto, puesto que el primer y más importante modo de evangelizar es el testimonio de la propia vida evangélica. En primer lugar, pues, está el testimonio. Después vendrá la predicación, como un medio auxiliar, para dar la razón del qué y por qué se vive así»[23].
La explicación de Micó coincide, como se ve, con la que daba el papa Francisco a los miembros de la Comunidad Abraham. De hehco, este método de misión que antepone, como san Francisco, el testimonio a la predicación o anuncio explícito, ya se encuentra en su Exhortación apostólica Evangelii gaudium, inspirada, como él mismo ha declarado, en la Exhortación apostólica de Pablo VI Evangelii nuntiandi y en el Documento de Aparecida, que es como se conoce el documento conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, celebrada en el Santuario de Aparecida (Brasil), en mayo de 2007. En el número 41 de la Evangeli nuntiandi se expresa muy claramente esta prioridad del testimonio respecto de la predicación:
«Hay que subrayar esto: para la Iglesia el primer medio de evangelización consiste en un testimonio de vida auténticamente cristiana, entregada a Dios en una comunión que nada debe interrumpir y a la vez consagrada igualmente al prójimo con un celo sin límites. “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan –decíamos recientemente a un grupo de seglares–, o, si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio”[24]. San Pedro lo expresaba bien cuando exhortaba a una vida pura y respetuosa, para que si alguno se muestra rebelde a la palabra, sea ganado por la conducta (1 Pe 3, 1). Será sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará al mundo»[25].
En el número 42, Pablo VI señala asimismo «la importancia y necesidad de la predicación» citando Rom. 10, 14. 17: «Pero ¿cómo invocarán a Aquel en quien no han creído? Y, ¿cómo creerán sin haber oído de El? Y ¿cómo oirán si nadie les predica? Luego, la fe viene de la audición, y la audición, por la palabra de Cristo». Y en el número 53 habla de cómo evangelizar a esos «inmensos sectores de la humanidad que practican religiones no cristianas».
Julio Micó nos recuerda que para los frailes menores:
«Esta predicación no tiene que ser necesariamente dogmática. No se trata de una catequesis propiamente dicha que prepare de forma inmediata para recibir los sacramentos, sino de la “alabanza y exhortación franciscana” (cf. 1 R 21). Con esta clase de predicación, que pueden hacer todos los hermanos, sólo se intenta mover a los oyentes a la conversión. En este sentido, la forma es la misma tanto para los cristianos como para los no cristianos; lo único que cambia es el contenido. Mientras que el contenido de la catequesis para los cristianos es la exhortación a la penitencia, que recuerda la conversión bautismal, para los no cristianos es una invitación a la fe y a recibir el bautismo. El anuncio franciscano del Evangelio es previo a la sacramentalización; sólo después se acudirá al sacerdote para recibir la penitencia, si son cristianos, o al bautismo si no lo son»[26].
La ética luliana y los principios propuestos por el Documento sobre la fraternidad
La ética luliana, como trataremos de mostrar, está impreganada de franciscanismo y contiene elementos que van en la línea de los principios que inspiran la Declaración de Abu Dabi. El franciscanismo del Doctor Iluminado lo justifica Tomás Carreras y Artau diciendo: «Autodidacta por su formación, aunque mantuvo relaciones intelectuales con San Raimundo de Peñafort, que fue su consejero en los primeros años de su conversión, y con los dominicos, es R. Llull, por su espíritu, una figura eminentemente franciscana»[27]. Jordi Gayà, por su parte, nos dice que:
«El franciscanismo de Ramon Llull es un aspecto resaltado a menudo, aunque para algunos se dé casi un contraste entre el estilo de uno y otro. San Francisco habría entendido la misión como presencia y testimonio de vida, mientras que Ramon Llull habría insistido en la disputa y el martirio»[28].
Llull intenta dar forma científica a la utopía de una concordia universal entre gentes de diversa raza y religión, objetivo que, señala Todisco, ha sido una constante del pensamiento franciscano.[29] En este sentido, Jordi Gayà se hace eco de los que han visto una relación entre este proyecto luliano de concordia universal y lo que el papa Francisco propone, como desarrollo del Documento sobre la fraternidad humana, en su Encíclica Fratelli tutti. Dice Gayà de la Fratelli tutti:
«El inicio del texto fue quizás para muchos una sorpresa. El Papa se refiere al episodio de la vida de San Francisco cuando visitó al sultán de Egipto y lo relaciona con su propio encuentro con creyentes musulmanes que había mantenido en Abu Dabi [...] Los mencionados encuentros y el propósito del escrito papal significaron para muchos conocedores de Ramon Llull una notoria actualidad de sus propuestas de evangelización. Propuestas escritas en sus escritos, sugeridas con insistencia ante los responsables eclesiásticos y políticos de su época, y, sobre todo, vividas y padecidas en propia persona»[30].
Ramon Llull, a pesar de los momentos de desánimo que tuvo al ver que no eran acogidas sus propuestas –con la excepción, quizás, del éxito parcial que obtuvo al ver aceptada por el Concilio de Vienne su propuesta de crear escuelas de lenguas para evangelizar a los infieles–, continuó insistiendo, como sabemos, hasta el final de su vida, en su proyecto de concorida universal. Y es que, como dice Todisco, el anhelo de fraternidad universal entre pueblos de diversa proveniencia, historia y religión, en nombre de un saber común, encuentra en el «Ars lulliana» una forma verdaderamente original.[31] Por desgracia, muchas veces se presenta el Arte luliano como si fuese solamente un método de conocimiento de la verdad de las cosas, pero, como dice Tomás Carreras y Artau:
«Es preciso insistir en que el Arte general luliana es no solo un ars inveniendi veritatem, sino tambien un arte de vivir bien. Con las cinco figuras –se lee en el Ars magna primitiva– potest homo contemplari et cognoscere Deum et vivificare virtutes et mortificare vitia. Y, efectivamente, una de las figuras auxiliares versa sobre las virtudes y los vicios. Más tarde, al ser introducidos los “nueve sujetos” en el mecanismo del Arte general, vemos quc el último de ellos, o sea la “instrumentativa”, tiene por objeto sistematizar la Ética»[32].
Y el Arte tiene que ser ambas cosas porque Llull se dio cuenta de que en un tiempo como el suyo, en el que los sabios de las tres religiones monoteístas eran versados tanto en ciencias de la naturaleza como en Filosofía y en Teología, la misión evangelizadora requería no solo de la vida ejemplar y de la disposición al martirio, como en tiempos de los apóstoles, sino también de la disputa usando razones necesarias. El testimonio de vida sigue, pues, siendo esencial para Llull, ya que:
«Tomando ejemplo de la manera de convertir de Jesucristo y sus apóstoles, afirma Llull que, para llegar a la paz entre los cristianos y los sarracenos, convendria que se hiciese primeramente la paz en la naturaleza sensual, a fin de que sea posible la convivencia entre unos y otros, y con la paz sensual se podria concordar en la guerra intelectual; y cuando la guerra intelectual hubiese terminado, entonces surgiría la paz y la concordia entre ellos, porque tendrían una fe y una creencia, y esta unidad de fe y de creencia sería causa y razón para que estuviesen en paz sensualmente»[33].
Llull expone en algunas de sus obras las condiciones amigables en que debe desarrollarse esa «guerra intelectual». Ello no obstante, persiste, como señala Gayà, «una opinión errónea que entiende en esta predicación una actitud beligerante, despectiva y represiva»[34]. En el cap. 187 del Llibre de contemplació, Llull menciona las condiciones éticas esenciales para una disputa pacífica:
«On, en lo comensament que hom disputa cové esser ordonat que hom aja bona entenció e que hom aja esguardament a veritat e que hom se concort e savenga ab son aversari en aquelles coses qui son comunament atorgades e creegudes per tal que en aquelles pusca hom fer sos arguments e ses demandes [...] e cové que abdues les parts savenguen e sacorden amigablement, e que ira ne fellonía ni mala volentat no sia dels uns als altres»[35].
Llull ve necesaria la disputa, la «guerra intelectual», porque cree que es el único modo de que haya paz y concordia entre cristianos y sarracenos. En el Libro del gentil y los tres sabios, Llull justifica la necesidad de seguir discutiendo amigablemente entre los tres sabios haciendo decir a uno de ellos: «Parecería, por eso, bueno y útil que averiguásemos en la disertación cuál de nosotros está en la verdad y cuál en el error [...] (pues) por esta diferencia y contrariedad, unos se enemistan con otros y pelean y se matan entre sí»[36]. De todos modos, la discusión entre los sabios no es puramente racional, ya que ha de cumplir las condiciones éticas mencionadas para ser fructífera. De hecho, Llull concibe la Ética como una medicina del pecado. El teólogo y el misionero son médicos de las almas. De ahí que Tomás Carreras y Artau diga que:
«La misma doctrina luliana de la conversión de los infieles es, en cuanto al fondo, eminentemente correccionalista, aunque en su corteza aparezca como un sistema de “razones necesarias”. Llull condena terminantemente que se dé muerte al hereje y al infiel, porque con ello se frustraría el fin esencial de la conversión, que es la vivificación del uno y el otro para la vida perdurable»[37].
Llull quería, como san Francisco de Asís, convertir para salvar. El Cuarto Concilio lateranense, al que parece que san Francisco asistió, hizo en 1215, en contra de los albigenses, la siguiente definición: «Y hay una sola Iglesia universal de los fieles, fuera de la cual no se salva absolutamente nadie» (Denzinger-Schönmetzer 802). San Francisco, como vimos, seguramente tuvo en cuenta esa definición cuando les dijo a los frailes que van entre sarracenos que, cuando vieran que agrada al Señor, anunciasen la palabra de Dios y los bautizaran para que pudieran entrar en el reino de Dios. Y dijimos también que es posible que el Papa no cite ese segundo modo de evangelizar a los musulmanes propuesto por san Francisco por estar más asociado al proselitismo y al sentido restrictivo del viejo axioma Extra Ecclesiam nulla salus, sentido que en tiempos de Ramón Llull el papa Bonifacio VIII, en su bula Unam Sanctam del año 1302, había formulado en estos términos: «Por imperativo de la fe estamos obligados a creer y sostener que hay una santa Iglesia católica y apostólica. Nosotros la creemos firmemente y abiertamente la confesamos. Fuera de ella no hay salvación ni remisión de los pecados» (Denzinger-Schönmetzer 870). Contemporáneos de Llull, como san Buenaventura, santo Tomás de Aquino y Duns Escoto, defendieron, cada uno a su modo, la posibilidad de salvación de los no bautizados,[38] pero, como es sabido, fue el Concilio Vaticano II el que dio un carácter doctrinal más definido a dicha posibilidad. Unos de los pasajes que mejor expresa esta doctrina conciliar es el ya citado en nota de Lumen gentium y que ahora incluimos en una cita más extensa en la que se ve mejor el lugar asignado a los musulmanes en el plan universal de salvación:
«Por último, quienes todavía no recibieron el Evangelio, se ordenan al Pueblo de Dios de diversas maneras. En primer lugar, aquel pueblo que recibió los testamentos y las promesas y del que Cristo nació según la carne (cf. Rm 9,4-5). Por causa de los padres es un pueblo amadísimo en razón de la elección, pues Dios no se arrepiente de sus dones y de su vocación (cf. Rm 11, 28-29). Pero el designio de salvación abarca también a los que reconocen al Creador, entre los cuales están en primer lugar los musulmanes, que, confesando adherirse a la fe de Abraham, adoran con nosotros a un Dios único, misericordioso, que juzgará a los hombres en el día postrero. Ni el mismo Dios está lejos de otros que buscan en sombras e imágenes al Dios desconocido, puesto que todos reciben de Él la vida, la inspiración y todas las cosas (cf. Hch 17,25-28), y el Salvador quiere que todos los hombres se salven (cf. 1 Tm 2,4). Pues quienes, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, no obstante, a Dios con un corazón sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, en cumplir con obras su voluntad, conocida mediante el juicio de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna»[39].
Como se ve, los Padres conciliares hacen aquí referencia solamente a las creencias que comparten cristianos y musulmanes.[40] Ramon Llull, en El libro del gentil y los tres sabios, también habla de estas creencias compartidas:
«Cuando aquellos tres sabios hubieron probado al gentil, por medio de las flores de dichos árboles, que Dios existe y que en él existen bondad, grandeza, eternidad, poder, sabiduría, amor y perfección, y le hubieron demostrado también que la resurrección le debía quedar de manifiesto, el gentil recuerda y comprende las razones antes expuestas y los árboles y sus flores. Entonces la luz del resplandor divino ilumina su mente, que estaba cegada por la niebla de la ignorancia, y da a su corazón el dulce apetito por el que desea llegar al camino de la salvación»[41].
Luego, como es sabido, «cada uno de los tres sabios le dice como respuesta que se convierta a su fe y a su ley»[42]. Y entonces el gentil pregunta:
«¿Cuál de vosotros está en la ley mejor? o ¿son las tres leyes verdaderas? Entonces todos los sabios respondieron, y uno contradecía al otro, y cada uno alababa su fe y reprochaba lo que creían los otros. El gentil oyó que los tres sabios se contradecían entre sí y cada uno le decía al otro que la fe en la que creía era un error por el que el hombre perdía la gloria celestial y era conducido a las penas del infierno»[43].
Esta es la «guerra intelectual» a la que los tres sabios intentaban poner fin, como se ha dicho, averiguando «cuál de nosotros está en la verdad y cuál en el error [...] (pues) por esta diferencia y contrariedad, unos se enemistan con otros y pelean y se matan entre sí»[44]. Para Llull, convencer, mediante el Arte de que la ley cristiana es la verdadera es el único modo de acabar con las disputas y de lograr la paz y la convivencia fraterna. En este sentido, Gabriel Ensenyat explica así la necesidad del Arte:
«Los dominicos catalanes habían empezado una tarea apologética organizada a la que, sin embargo, Llull no se adhirió porque consideraba que el método fallaba, ya que no contemplaba las “razones probativas” o “demostrativas” de la fe cristiana que siempre exigían los musulmanes. Estas razones las pretendía aportar el Arte»[45].
Llull creyó que podía convertir a los sabios judíos y musulmanes dándoles las «razones necesarias» que al parecer le pedían, y que la conversión de esos sabios llevaría a su vez a la conversión y, por tanto, a la salvación de los demás creyentes de esas religiones. En tiempos de Llull, como vimos, hubo teólogos que ya admitieron la posibilidad de salvación fuera de la Iglesia, idea que también fue formulada de manera diversa en los siglos posteriores por algunos teólogos y papas, como Pío IX, hasta llegar a la visión más amplia del plan universal de salvación que vimos que da el Concilio Vaticano II.
Judíos y musulmanes pueden, pues, salvarse sin tener que hacerse cristianos. También pueden salvarse los que practican de buena fe otras religiones y los que hacen el bien siguiendo el dictado de su conciencia. En este nuevo escenario, la Iglesia continúa creyendo que tiene el «derecho sagrado de evangelizar»[46], pero, como vimos, la Iglesia tiene ahora más conciencia de que no crece por proselitismo, en el sentido negativo que le dan a esta palabra Benedicto XVI y el papa Francisco, sino por atracción, que es la atracción del testimonio.[47] El Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común afirma, recordémoslo, que «el diálogo entre los creyentes significa encontrarse en el enorme espacio de los valores espirituales, humanos y sociales comunes, e invertirlo en la difusión de las virtudes morales más altas, pedidas por las religiones; significa también evitar las discusiones inútiles». Como se ve, la Declaración de Abu Dabi no excluye explícitamente el diálogo doctrinal, pero parece condenar implícitamente las disputas del pasado en las que se intentaba demostrar la falsedad de las doctrinas ajenas. En cualquier caso, la Declaración de Abu Dabi promueve claramente lo que vimos que el cardenal Tauran llamaba «diálogo de espirtualidades» o «diálogo existencial». El papa Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar, Ahmed Al-Tayyeb, comparten el mismo objetivo que vimos que Benedicto XVI propuso a los líderes musulmanes en 2007: trabajar juntos por la defensa y la promoción de los valores morales que forman parte de nuestra herencia común. Y eso podemos hacerlo, decía Benedicto XVI en ese mismo discurso de 2007, «aun cuando nuestras concepciones antropológicas y nuestras teologías lo justifiquen de modos diferentes».
No es difícil ver en estas palabras la voluntad que también se expresa implícitamente en la Declaración de Abu Dabi de priorizar en este momento histórico el diálogo de espiritualidades respecto al diálogo teológico-doctrinal. La disposición de cristianos y musulmanes a trabajar juntos en la defensa y promoción de los valores morales comunes, evitando las discusiones inútiles, va también en la línea, a nuestro entender, de lo expresado en estas palabras de la Declaración conciliar Nostra aetate:
«Si en el transcurso de los siglos surgieron no pocas desavenencias y enemistades entre cristianos y musulmanes, el Sagrado Concilio exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, procuren y promuevan unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres»[48].
Estas palabras expresan una clara condena de la violencia física y verbal que ha existido en el pasado entre cristianos y musulmanes. Hay también varios pasajes de la Declaración de Abu Dabi en los que se condena de modo enérgico la violencia del pasado y del presente, como cuando se dice que:
«las religiones no incitan nunca a la guerra y no instan a sentimientos de odio, hostilidad, extremismo, ni invitan a la violencia o al derramamiento de sangre. Estas desgracias son fruto de la desviación de las enseñanzas religiosas, del uso político de las religiones y también de las interpretaciones de grupos religiosos que han abusado –en algunas fases de la historia– de la influencia del sentimiento religioso en los corazones de los hombres para llevarlos a realizar algo que no tiene nada que ver con la verdad de la religión, para alcanzar fines políticos y económicos mundanos y miopes».
Llull, como vimos, propuso en el Llibre de contemplació acabar con la «guerra sensual» y continuar solo con la «guerra intelectual» hasta tener todos una sola fe que permita finalmente vivir en paz. En el Libro del gentil los sabios atribuyen la causa de la violencia física y verbal entre judíos, cristianos y musulmanes a las diferencias doctrinales entre ellos, pues, repitámoslo, «por esa diferencia y contrariedad, unos se enemistan con otros y pelean y se matan entre sí». Llull ciertamente sabía que esa no era la única causa de la violencia, pues veía que la guerra y la piratería se hacían por afán de riqueza, y que el deseo de dominio y las rivalidades personales eran motivo de guerras de los reinos cristianos entre sí (recordemos también las «guerras de religión» entre católicos y protestantes en los siglos xvi y xvii), y que lo mismo pasaba en los territorios islámicos (pensemos en las continuas guerras entre dinastías y entre sunitas y chiitas).
Aquí hay que decir que Llull, precisamente por saber eso, pensó que la manera de acabar primero con la guerra sensual entre cristianos, y entre cristianos y musulmanes, era proponiendo al mismo tiempo una reforma de la Iglesia y la formación de misioneros que aprendieran el Arte y las lenguas de los no cristianos para que, mediante su ejemplo de vida y sus demostraciones de la verdad del cristianismo, pudieran convertirlos y lograr la concordia universal. Todo ese proyecto, como es sabido, lo explica Llull en el Libro de Evast y Blaquerna y, de manera menos sistemática, en otros libros como el Félix o Libro de Maravillas. Lo recordamos porque el proyecto luliano propone una reforma moral de la que se suele hablar poco, seguramente porque tiene que ver con la dimensión ética del Arte, que hemos visto que es la menos estudiada, pero que debía servir, y quizás podría todavía servir, para vivir mejor el Evangelio y así «reparar la Iglesia», como quería san Francisco y quiere también el papa Francisco. Y por eso, como hemos visto, los dos anteponen el testimonio de vida a la predicación, pues, como dice el refrán, el mejor predicador es fray ejemplo.
A este respecto, es importante lo que hizo y lo que dijo el papa Francisco cuando fue a Greccio el domingo 1 de diciembre de 2019 para rezar en la gruta donde, el 25 de diciembre de 1223, san Francisco de Asís estableció el primer pesebre de la historia. Allí firmó la Carta Apostólica Admirabile signum sobre el significado y el valor del pesebre. Luego se reunió con un grupo de franciscanos y franciscanas y les recordó que «el mensaje más grande de San Francisco es el testimonio. Está la frase a él atribuida: “Predicad el Evangelio y, si fuese necesario, también con la palabra”. No se trata de hacer proselitismo, de convencer…, es el Espíritu el que convence»[49].
En tiempos de san Francisco y santo Domingo florecieron los llamados movimientos «pauperísticos» o de «pobreza evangélica». Estos movimientos, entre los que se encontraban los cátaros o albigenses, dice Benedicto XVI que «tuvieron éxito, especialmente en Francia y en Italia, no sólo por su sólida organización, sino también porque denunciaban un desorden real en la Iglesia, causado por el comportamiento poco ejemplar de varios representantes del clero»[50].
Benedicto XVI dijo esto en la Audiencia General del 13 de enero de 2010, en una catequesis dedicada a las Órdenes mendicantes, en la que también cita, como hemos visto que hacía el papa Francisco, el famoso pasaje de la Exhortación apostólica de Pablo VI Evangelii nuntiandi. Dice Benedicto:
«El mundo, como recordaba Pablo VI en la Evangelii nuntiandi, escucha de buen grado a los maestros, cuando son también testigos. Esta es una lección que no hay que olvidar nunca en la obra de difusión del Evangelio: ser los primeros en vivir aquello que se anuncia, ser espejo de la caridad divina. Franciscanos y Dominicos fueron testigos, pero también maestros. De hecho, otra exigencia generalizada en su época era la de la instrucción religiosa. No pocos fieles laicos, que vivían en las ciudades en vías de gran expansión, deseaban practicar una vida cristiana espiritualmente intensa. Por tanto, trataban de profundizar en el conocimiento de la fe y de ser guiados en el arduo pero entusiasmante camino de la santidad. Las Órdenes Mendicantes supieron felizmente salir al encuentro también de esta necesidad: el anuncio del Evangelio en la sencillez y en su profundidad y grandeza era un objetivo, quizás el objetivo principal, de este movimiento. En efecto, se dedicaron con gran celo a la predicación»[51].
En el caso de Llull, la predicación de un obispo fue al parecer decisiva en su proceso de conversión. En la Vida coetánea se relata que Llull decide abandonar su vida licenciosa el día de la fiesta de san Francisco. Ese día:
«mientras predicaba un obispo en el convento de los Frailes Menores, en presencia de Ramón, explicando cómo el predicho san Francisco, dejándolo y rechazándolo todo para unirse con más firmeza al solo Cristo, etc., también Ramón, incitado entonces por el ejemplo de san Francisco, vendidos pronto sus bienes, reservados, con todo, unos pocos para sustentación de su esposa y de sus hijos, confiándose todo a Cristo, partió, con intención de no regresar a su tierra, hacia Santa María de Rocamador, a Santiago y a diversos otros lugares santos, para rogar al Señor y a sus santos que lo encaminaran en aquellos tres propósitos que, como ya se dijo, el Señor había puesto en su corazón»[52].
Uno de esos propósitos, el tercero, tiene que ver con la predicación, pues consiste en «enviar a personas idóneas a predicar y a manifestar a los predichos sarracenos y otros infieles la pía verdad de la fe católica que está en Cristo»[53].
Llull empieza a vivir una verdadera vida cristiana porque, oyendo la predicación del obispo, se siente incitado a seguir el ejemplo de san Francisco. Antes de su «conversión», Llull era lo que el papa Francisco llama «un cristiano de salón», un «cristiano de buenas maneras y malas costumbres». «Preguntémonos –dice el Papa– si somos cristianos de salón, de esos que comentan cómo van las cosas en la Iglesia y en el mundo, o si somos apóstoles en camino, que confiesan a Jesús con la vida porque lo llevan en el corazón»[54]. Llull, como san Francisco, era, como dice el papa Francisco, uno de esos cristianos bautizados que van a misa los domingos, pero que luego viven como paganos. Y Llull se «convirtió» porque se dejó tocar por el proceso de conversión de san Francisco, con el que debió sentirse muy identificado.
La predicación del obispo debió ser lo que vimos que Julio Micó describe como una predicación no dogmática que lo que intenta es mover a los oyentes a la conversión. Es el tipo de predicación franciscana que, decía Micó, para los cristianos, como Llull, es la exhortación a la penitencia, que recuerda la conversión bautismal, y para los no cristianos es una invitación a la fe y a recibir el bautismo, que para los no cristianos es un bautismo de conversión. Esto, en nuestra opinión, ayuda a entender mejor la afirmación que vimos que hacía Tomás Carreras y Artau, a saber, que la misma doctrina luliana de la conversión de los infieles es, en cuanto al fondo, eminentemente correccionalista, aunque en su corteza aparezca como un sistema de «razones necesarias». Y tenía que aparecer así, como un sistema de «razones necesarias», porque había que dar a los sabios musulmanes las «razones probativas» o «demostrativas» de la fe cristiana que al parecer exigían, cosa que Llull dice repetidas veces en sus obras, como en este texto del cap. LXXXIII de la Doctrina pueril, que lleva por título De convertir los errats:
«No som en temps de miracles, cor la devoció era major de convertir lo mon en los apostols que no es ara en lo temps en que som; ne rahons fundades sobre actoritats no reben los infaels. Doncs, covinent es a convertir los infaels ab lo Libre de demostracions e la Art de trobar veritat, la qual los sia mostrada per tal que ab ela los combata hom lur intelligencia, per so que coneguen e amen Deu»[55].
Llull propone su Arte porque ni el modelo polémico-apologético del dominico catalán Ramon Martí ni el modelo racional de discusión del también dominico santo Tomás de Aquino, ofrecen las «razones necesarias» que los sabios musulmanes exigen. Tomás Carreras y Artau nos recordaba que Llull mantuvo relaciones intelectuales con el dominico san Raimundo de Peñafort, que fue su consejero en los primeros años de su conversión. Se sabe que Llull participó en algunos Capítulos Generales de los dominicos y los franciscanos para intentar implicarlos en sus proyectos de conversión.
El también dominico Ramón Martí fue el continuador, en los territorios catalanes, de los planes apologéticos de su maestro, san Raimundo de Peñafort, consejero del rey Jaime I e inspirador de la Summa contra Gentiles de Tomás de Aquino. Martí, condiscípulo del Aquinate en París, nos ha dejado unos cuantos escritos en defensa del cristianismo. El más importante es el Pugio fidei contra mauros et iudaeorum. Llull muestra que los métodos de conversión de los dominicos no son capaces de probar las verdades de la fe cristiana con historias breves como la que cuenta en el Liber de convenientia fidei et intellectus in obiecto:
«Se cuenta que un rey de Túnez que se llamaba “Miramamolín”, experto en lógica y en ciencias naturales, discutió con un monje católico que conocía perfectamente las historias y también la lengua árabe, pero que no estaba suficientemente afianzado en las ciencias lógicas y naturales, sino tan solo en las morales suficiente y competentemente. Así, basándose en cuestiones morales le probó al rey que la fe de Mahoma era errónea y falsa. Una vez conocido el argumento, el rey cedió, pues era, como se dijo, un hombre racional. Entonces dijo el rey: “ya no soy Sarraceno, pruébame que tu fe es verdadera y me volveré cristiano con todos los hombres de mi reino, y quien no quiera ser cristiano, será decapitado”. Y el monje le respondió: “la fe católica es tan sublime que no puede ser probada”, y se limitó, entonces, a mencionarle los dogmas de la fe, positiva y simplemente, y en lengua árabe, para terminar diciendo: “cree esto y te salvarás”. Entonces el rey dijo: “eso no es ninguna prueba, es una declaración positiva en extremo, y no quería dejar de creer en una cosa para creer en otra, sino de creer para entender, así que hiciste mal, porque me quitaste la fe que tenía, de modo que ahora no soy cristiano, ni sarraceno, ni judío”. Y, así, lo obligó a callarse y lo echó de su reino. Luego, el fraile se encontró con sus compañeros y habló con ellos acerca de lo ocurrido. Traigo esto por lo siguiente: porque si el fraile hubiera sabido cómo probar los Artículos, tal como hemos ejemplificado en este Libro, aquél rey habría sido convertido cristiano, y, Dios mediante, todo su reino habría sido de los cristianos»[56].
No son pocos los investigadores que han identificado a este fraile o «monje católico» con el dominico Ramón Martí. En cualquier caso, el mérito de Llull, como señala Julián Barenstein, está en que «en medio de la maraña ingente de apologistas, el filósofo de Mallorca se distingue por su humanismo y pacifismo, por su lenguaje neutro y considerado, y sobre todo por la novedad de su método»[57].
Respecto de su método, la conclusión de este relato del fraile misionero también nos muestra que Llull mantuvo hasta el final una confianza absoluta en el poder demostrativo del Arte. La confianza que vemos que expresa Llull en el Liber de convenientia fidei et intellectus in obiecto –obra escrita en 1314, en los últimos años de su vida– es la misma que había expresado en una de sus primeras obras, el Libro del gentil, cuando en el Epílogo, hace decir a uno de los tres sabios, sin decir a qué religión pertenece:
«La naturaleza de la verdad es que arraigue en el alma con más fuerza que la falsedad. Puesto que la verdad y el ser concuerdan, pero la falsedad concuerda con el no ser, si la falsedad fuese fuertemente combatida por la verdad en muchos hombres y de forma continuada, necesariamente la verdad vencería a la falsedad».[58]
Llull insiste con su método porque también sigue pensando que no hay salvación fuera de la Iglesia. Prueba de ello es que, después del relato del fraile misionero, explica la historia de un sarraceno que quiere hacerse cristiano y les pide a un católico, un griego, un jacobino y un nestoriano que le den argumentos para convertirse a una de las «sectas», como las llama el sarraceno, del cristianismo que cada uno profesa. Ellos le responden que no tienen argumentos reales, sino solo declaraciones positivas, como el fraile del ejemplo anterior. Frente a esta respuesta:
«el sarraceno dijo: “denme la fe verdadera”. Y le dijeron: “nosotros no podemos darla, solo Dios otorga el hábito de la fe”. Entonces, el sarraceno dijo: “si ustedes no me la dan, ni Dios la otorga, si no me siento habituado a la fe verdadera, ¡qué será de mí!, ¡necesariamente seré condenado!”»[59].
De nuevo, el problema, con el que siempre nos encontramos, es que Llull cree que solo salva la fe verdadera, que para él es la fe católica, y por eso nos dice que:
«sería bueno, si los católicos tuviesen tales argumentos contra el sarraceno y los cismáticos, que la fe y el entendimiento concordaran en el objeto, como se dijo más arriba, porque entonces, el sarraceno, sin duda, se habría vuelto católico, así como también los cismáticos»[60].
Llull quiere salvar a todo el mundo, incluyendo a los cristianos no católicos, pues sabe, como dice la Primera carta a Timoteo que:
«Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Dios es único, y único también es el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que en el tiempo fijado dio el testimonio: se entregó para rescatar a todos. Este es el mensaje del que Dios me ha hecho predicador y apóstol –yo no miento y es pura verdad–: enseño a las naciones en forma creíble y sin errores»[61].
Llull cree que el Arte es el mejor modo de demostrar la verdad del mensaje cristiano, «en forma creíble y sin errores», a los que piden razones necesarias. De hecho, dice Llull:
«si fuera algo malo probar la fe de Cristo, aquellos que más entienden a Dios, pecarían más, disminuirían el hábito de su fe hasta suprimirlo, y los simples, cuanto menos entendieran de Dios, tanto más serían elevados por la fe. Pero esto es imposible y absolutamente incoherente. Luego, es evidente que probar la fe hasta donde sea posible es algo bueno»[62].
Llull dice que es bueno probar la fe «hasta donde sea posible» porque sabe que es imposible demostrarla totalmente. Llull distingue entre «entender» y «comprender», y por eso afirma: «contra los que dicen que si entiendo la divina Trinidad la entiendo toda, comprendiéndola en su totalidad, digo que es falso […] sin embargo con lo que entiendo llego a comprender tanto cuanto puede y es suficiente al entendimiento finito»[63].
El entendimiento era para Llull, como para san Buenaventura, uno de los siete dones del Espíritu Santo. San Buenaventura lo define así: «Intellectus est regula circumspectionum moralium, ianua considerationum scientialium et clavis contemplationum caelestium»[64]. Decimos esto porque pensamos que el Arte es, ante todo, esa regla del comportamiento moral comedido, «circunspecto», en el sentido de imparcial, justo, prudente, adecuado a las circunstancias y en vista del bien. Esta dimensión moral del entendimiento lo hace “eminentemente correccionalista”, como decía Tomás Carreras y Artau.
Conclusión
El papa Francisco habla solo del primer modo que propone san Francisco de andar entre sarracenos porque consiste simplemente en una presencia fraterna pacífica, sin litigios, que encaja con la cultura del encuentro en los valores comunes que proclama la Declaración de Abu Dabi. El segundo modo, el anuncio kerigmático bautizando a los que lo pidieran, es propio de la misión de la Iglesia, pero dijimos que el papa Francisco no lo menciona porque debe pensar que la invitación al bautismo tiene un carácter proselitista cuando se justifica con la interpretación literal que se hace de Jn 3, 5, donde se dice que «el que no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios»[65].
Llull, aun creyendo que había que bautizarse para salvarse, vimos que era contrario al bautismo forzoso.[66] En cualquier caso, ya hemos visto lo que dice la doctrina conciliar sobre la posibilidad de salvación fuera de la Iglesia. El documento Diálogo y Anuncio, del año 1991, es considerado por muchos, y creemos que con razón, el documento postconciliar más claro al respecto.
«A través de la práctica de lo que es bueno en sus propias tradiciones religiosas, y siguiendo los dictámenes de su conciencia, los miembros de las otras religiones responden positivamente a la invitación de Dios y reciben la salvación en Jesucristo aun cuando no lo reconozcan como su salvador (cf. Ad gentes, 3, 9 y 11)» [67].
En el Documento sobre la fraternidad humana, el papa Francisco y el Gran Imán Al-Tayyeb han querido hablar solo de lo que ambos consideran que es bueno en sus propias tradiciones, declarando «la fuerte convicción de que las enseñanzas verdaderas de las religiones invitan a permanecer anclados en los valores de la paz; a sostener los valores del conocimiento recíproco, de la fraternidad humana y de la convivencia común». Sin vetar explícitamente el diálogo doctrinal, como se dijo, se prioriza el diálogo existencial y el «diálogo de espiritualidades» que se concreta en ejemplos como el de Zakia Seddiki, una musulmana marroquí, cuyo marido, Luca Attanasio, era un católico italiano que fue asesinado el 22 de febrero de 2021 en la República Democrática del Congo cuando era el embajador de Italia en ese país. Zakia Seddiki habló ante el papa Francisco de sus años de matrimonio con Luca Attanasio diciendo: «Aprendimos, paso a paso, a convivir sin juzgar al otro, porque siempre creímos en el mismo Dios que nos pide, en dos libros sagrados diferentes, que amemos a nuestro vecino, a hacer el bien y a respetar a los otros». El Papa le respondió:
«Te agradezco a ti, Zakia, por habernos contado tu historia. Es hermoso y consolador que lo que habéis construido juntos, Luca y tú, sigue vivo. Vuestra historia nació y se fundó en el compartir ideales muy altos [...] En vuestra historia se ve bien cómo lo que es humano y lo que es religioso pueden entrelazarse y dar frutos bellísimos. En Zakia y Luca encontramos la belleza del amor humano, la pasión por la vida, el altruismo y también la fidelidad al propio credo y a la propia tradición religiosa, fuente de inspiración y de fuerza interior. En vuestra familia se expresa el ideal de la fraternidad. Además de ser marido y mujer, vosotros habéis vivido como hermanos en humanidad, como hermanos en experiencias religiosas diversas, como hermanos en el compromiso social»[68].
Este y otros ejemplos como el que pusimos de la Casa de la Familia egipcia, creada en 2011 por Al-Tayyeb como enlace interreligioso, muestran que el sueño luliano de concordia universal mediante una sola fe –teniendo todos una única «ley», como decía Llull–, se puede hacer realidad con la ley del amor, con la «regla de oro» presente en todas las grandes religiones y en los corazones de todos los hombres de buena voluntad.
De esa intuición nació el Proyecto de una Ética Mundial de Hans Küng, que dijo que no habrá paz en el mundo sin paz entre las religiones, frase que sin duda Llull habría suscrito, ya que la ética luliana parte de la base –hoy obvia para nosotros, pero que no lo era en el pasado– de que «los infieles son humanos como nosotros y tienen nuestra misma naturaleza»[69]. Según Hans Daiber, Llull tenía en mente algo parecido a la idea de insaniyya (humanidad) del filósofo musulmán Al-Farabi. Para Al-Farabi, dice Daiber, «the species “humanity” or “humanness” became the basis for the peaceful coexistence of peoples and nations»[70].
El Documento sobre la fraternidad humana también parte del sentimiento y del reconocimiento de compartir una misma humanidad. Está hecho, como vimos que decía el papa Francisco, en el espíritu del Vaticano II. Es fruto de un trabajo que no ha estado exento de dificultades en el período postconciliar, y su éxito se debe en gran medida a la voluntad del papa Francisco y del Gran Imán Al-Tayyeb de promover los procesos de concordia generados, sobre todo, por el llamado «espíritu de Asís» y el «diálogo de espiritualidades» auspiciado por el cardenal Tauran y Benedicto XVI.
Otro proceso de concordia que pensamos que es bueno mencionar es el que intentó llevar a cabo el ex-jesuita Josep Maria Puigjaner, del que dice el escritor Oriol Pi de Cabanyes que fue uno de los más perseverantes partidarios del diálogo Cataluña-España. Lo pongo como ejemplo no para entrar en polémicas políticas que no vienen al caso, sino porque, como dice Pi de Cabanyes, «Josep Maria Puigjaner nunca dejó de creer que el mundo podía mejorar si había voluntad de diálogo. Y lo podría haber creído con la gran máxima de Llull: “Si no nos entendemos por lenguaje, entendámonos por amor”»[71]. Porque, en definitiva, eso es lo que nos viene a decir el Documento sobre la fraternidad humana: encontrémonos en el enorme espacio de los valores espirituales, humanos y sociales comunes, en las virtudes morales más altas que piden las religiones, y no hagamos un problema del hecho de que, como decía Benedicto XVI, nuestras concepciones antropológicas y nuestras teologías justifiquen esos valores y virtudes de modos diferentes. Porque, como dice el papa Francisco, si en algo hemos de competir, «debemos competir en la estima mutua (cf. Rm 12,10)»[72]. Porque es esa relación verdaderamente fraterna entre el papa Francisco y el Gran Imán Ahmed Al-Tayyeb, expresada en gestos públicos de afecto y respeto, el fundamento que da su auténtico sentido al Documento sobre la fraternidad humana, que expresa este deseo final al que nos sumamos:
«En conclusión, deseamos que esta Declaración [...] sea un símbolo del abrazo entre Oriente y Occidente, entre el Norte y el Sur y entre todos los que creen que Dios nos ha creado para conocernos, para cooperar entre nosotros y para vivir como hermanos que se aman».
[1] Cfr. http://www.vatican.va/content/francesco/es/travels/2019/outside/documents/papa-francesco_20190204_documento-fratellanza-umana.html
[2] Cfr. https://www.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2019/february/documents/papa-francesco_20190205_emiratiarabi-voloritorno.html. El Teólogo de la Casa Pontificia (en latín : Pontificalis Domus Doctor Theologus ) es una oficina de la Curia romana que siempre ha sido confiada a un fraile Predicador de la Orden Dominicana y puede describirse como el teólogo del Papa. El título se conocía anteriormente como Maestro del Sagrado Palacio Apostólico (en latín: Magister Sacri Palatii Apostolici) antes de los cambios implementados en la carta apostólica Pontificalis Domus de 1968 del papa Pablo VI. El teólogo actual de la Casa Pontificia es el P. Wojciech Giertych, nacido en 1951 en Londres, en el seno de una familia polaca. En el momento de su nombramiento, se encontraba en Roma como miembro del Consejo General de la Orden de Predicadores y profesor tanto en el Angelicum (Roma) como en el Studium de los dominicos en Polonia.
[3] Cfr. https://www.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2019/november/documents/papa-francesco_20191118_dialogo-interreligioso-argentina.html
[4] «sic B non debet cogere D, quod credat A cum minoritate bonitatis, magnitudinis, etc., quae minoritas esset si D coactus baptizaretur». Cf. Ars iuris, q. 21, en Omnium scientiarum Magistri Beati Raymundi Lulli [...] Ars iuris et Arbor imperialis, Miquel Cerdà i Antic – Miquel Amorós, Palma de Mallorca, 1745, 2ª numeración, pp. 62-64. Citado y traducido en GAYÀ ESTELRICH, J., «La coerción a la conversión no es lícita», en Actas del Congreso «Il Beato Raimondo Lullo: il personaggio e il suo rapporto con l’Islam», Pontificio Istituto di Studi Arabi e d’Islamistica, Collection “Studi arabo-islamici del PISAI” n. 24, Roma, 2021, p. 241.
[5] https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/audiences/1999/documents/hf_jp-ii_aud_01091999.html
[9] La primera vez que lo dijo como Papa fue en Brasil: «Hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece y ahora tenemos el ruido de los escándalos de una transferencia de millones de dólares de un monseñor», declaró el Papa, quien concluyó hoy una visita de siete días a Brasil, donde participó de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), en Río de Janeiro. El prelado italiano Nunzio Scarano, acusado de fraude y corrupción en el marco de una investigación sobre supuestas irregularidades financieras en el Instituto para las Obras de Religión (IOR), fue arrestado a finales de mayo de 2013. Según el papa, «a la curia romana siempre se la criticó, pero en la curia romana hay muchos santos: cardenales santos, obispos santos; sacerdotes, religiosas y laicos santos, gente de Dios que ama la Iglesia pero eso no se ve mucho» (noticia aparecida en el diario La Información el 29 de julio de 2013. Véase https://www.lainformacion.com/asuntos-sociales/papa-francisco-hace-mas-ruido-un-arbol-que-cae-que-un-bosque-que-crece_9oLkvjzGnyfVrSo2EZWyA7/?autoref=true).
[10] CALPE MELENDRES, X., «Entre la disputa y el diálogo: virtudes y límites del método luliano de misión», en Lucio M. NONTOL y Rafael RAMIS BARCELÓ (eds.), Ramon Llull y el lulismo: fe y entendimiento, Actas del Coloquio Internacional celebrado en el “Colegio de San Francisco” de Palma de Mallorca del 5 al 7 de marzo de 2020, Sindéresis, Madrid, 2020, pp. 141-168.
[11] Cfr. http://www.vatican.va/content/francesco/es/travels/2019/outside/documents/papa-francesco_20190204_documento-fratellanza-umana.html
[12] Cfr. https://www.lemonde.fr/europe/article/2007/09/14/jean-louis-tauran-le-monsieur-islam-du-vatican_955229_3214.html
[13] Cfr. https://www.religionenlibertad.com/opinion/3450/del-discurso-papal-en-ratisbona-al-forum-catolicomusulman-en-el-vaticano.html
[14] Esta afirmación hace alusión a lo dicho por el Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium 16: «Pero el designio de salvación abarca también a los que reconocen al Creador, entre los cuales están en primer lugar los musulmanes, que, confesando adherirse a la fe de Abraham, adoran con nosotros a un Dios único, misericordioso, que juzgará a los hombres en el día postrero» (Cfr. https://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat- ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html).
[15] Cfr. https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/angelus/2006/documents/hf_ben-xvi_ang_20060917.html
[16] Cfr. https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2006/september/documents/hf_ben-xvi_spe_20060912_university-regensburg.html#_ftnref3. En la nota 3, Benedicto XVI añadió: «Lamentablemente, esta cita ha sido considerada en el mundo musulmán como expresión de mi posición personal, suscitando así una comprensible indignación. Espero que el lector de mi texto comprenda inmediatamente que esta frase no expresa mi valoración personal con respecto al Corán, hacia el cual siento el respeto que se debe al libro sagrado de una gran religión. Al citar el texto del emperador Manuel II solo quería poner de relieve la relación esencial que existe entre la fe y la razón. En este punto estoy de acuerdo con Manuel II, pero sin hacer mía su polémica».
[17] Estas palabras recuerdan las de la Declaración Nostra aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas: «Si en el transcurso de los siglos surgieron no pocas desavenencias y enemistades entre cristianos y musulmanes, el Sagrado Concilio exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, procuren y promuevan unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres» (NA 3). Cfr. https://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_decl_19651028_nostra-aetate_sp.html.
[18] Cfr. https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2008/november/documents/hf_ben-xvi_spe_20081106_cath-islamic-leaders.html.
[19] Cfr. http://w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2019/september/documents/papa-francesco_20190914_comunita-abramo.html
[20] Cfr. http://w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2019/september/documents/papa-francesco_20190914_comunita-abramo.html
[21] Cfr. https://www.vatican.va/content/francesco/es/homilies/2019/documents/papa-francesco_20190205_omelia-emiratiarabi.html
[22] Ibídem.
[24] Pablo VI, «Discurso a los miembros del Consilium de Laicis (2 octubre 1974)», AAS, 66 (1974), p. 568.
[25] Cfr. https://www.vatican.va/content/paul-vi/es/apost_exhortations/documents/hf_p-vi_exh_19751208_evangelii-nuntiandi.html#_ftn67
[27] CARRERAS Y ARTAU, T., «La Ética de Ramon Llull y el Lulismo», Studia lulliana, 1, 1 (1957), p. 3.
[28] GAYÀ ESTELRICH, J., «La coerción a la conversión no es lícita», en Diego R. SARRIÓ CUCARELLA (coord.), Il beato Raimondo Lullo. Il personaggio e il suo rapporto con l’Islam, Pontificio Istituto di Studi Arabi e d’Islamistica, Roma, 2021, p. 231.
[29] TODISCO, O., «Lo spazio teoretico come spazio di libertà. La lezione filosofica del francescano Raimondo Lullo», Miscellanea francescana, t. 105 (2005), fasc. III-IV, p. 535: «Lullo cerca di dare forma scientifica all'utopia di una concordia universale tra genti dt razza e religione diversa, costante del pensiero francescano». La traducción al español es mía.
[30] GAYÀ ESTELRICH, J., «La coerción a la conversión no es lícita», op. cit., pp. 230-231.
[31] TODISCO, O., «Lo spazio teoretico come spazio di libertà. La lezione filosofica del francescano Raimondo Lullo», Ibíd., p. 535: «L’ansia di affratellamento universale tra popoli di diversa provenienza e storia e religione nel nome di un sapere comune, correttamente elaborato e adeguatamente diffuso, trova nell’’Ars lulliana' una sua forma originale».
[33] Ibíd., p. 22. Cf. Llibre de contemplació, libro III, cap. 204, Obres de Ramon Llull IV, Comisión Editora Lulliana, Palma de Mallorca, 1911, pp. 317-318.
[34] GAYÀ ESTELRICH, J., «La coerción a la conversión no es lícita», op. cit., pp. 229-230. Gayà expone con cierto detalle las condiciones de la disputa en las pp. 233-238.
[35] RAMON LLULL, Llibre de contemplació, libro II, cap. 187, Obres de Ramon Llull, V, Comissió Editora Lulliana, Palma de Mallorca, 1911, p. 169.
[36] RAMON LLULL, Libro del gentil y los tres sabios, Matilde CONDE, Aurora GUTIÉRREZ y Paloma PERNIL (eds.), Universidad Nacional de Eduación a Distancia / Biblioteca de Autores Cristianos, n. 671, Madrid, 2007, p. 521.
[37] CARRERAS Y ARTAU, T., «La Ética de Ramon Llull y el Lulismo», op. cit., p. 14.
[38] Cf. CALPE MELENDRES, X., «Francisco de Asís y Ramon Llull: dos “locos de Dios” movidos por una misma voluntad de encuentro con el hermano musulmán», en Francesco d’Assisi e al-Malik al-Kamil: l’icona del dialogo tra storia e attualità, Ediciones Tierra Santa, 2020, p. 72.
[39] CONCILIO VATICANO II, “Costitución dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium”, n. 16.
[40] En la Declaración Nostra aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, en el n. 3, donde habla del islam, los Padres conciliares mencionan solo una diferencia fundamental cuando dicen que los musulmanes «veneran a Jesús como profeta, aunque no lo reconocen como Dios».
[41] RAMON LLULL, Libro del gentil y los tres sabios, op. cit., pp. 113 y 115.
[42] Ibíd., p. 121.
[43] Ibíd., p. 121.
[44] Ibíd., p. 521.
[45] ENSENYAT, G., «Pacifismo y cruzada en Ramon Llull», Quaderns de la Mediterrània, 9 (2008) Dedicado a: Ramon Llull y el islam, el inicio del diálogo, p. 357.
[46] Decreto conciliar Ad Gentes (AG) sobre la actividad misionera de la Iglesia, n. 7.
[47] Mons. Fernando Ocáriz dice al respecto: «Es importante señalar que en algunos ambientes es incluso repudiado el término proselitismo, no solo en su actual frecuente sentido negativo, sino también en su significado positivo originario, sinónimo de la actividad misionera. A este propósito, San Juan Pablo II escribió: “Hoy la llamada a la conversión, que los misioneros dirigen a los no cristianos, se pone en tela de juicio o pasa en silencio. Se ve en ella un acto de ‘proselitismo’; se dice que basta ayudar a los hombres a ser más hombres o más fieles a la propia religión; que basta formar comunidades capaces de trabajar por la justicia, la libertad, la paz, la solidaridad. Pero se olvida que toda persona tiene el derecho a escuchar la ‘Buena Nueva’ de Dios que se revela y se da en Cristo, para realizar en plenitud la propia vocación” (RM 46)». Cf. https://www.almudi.org/articulos/9417-evangelizacion-atraccion-y-proselitismo#_ftnref16.
[48] CONCILIO VATICANO II, Declaración Nostra aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, op. cit., n. 3.
[49] Cfr. https://www.aciprensa.com/noticias/el-pesebre-invita-a-descubrir-la-sencillez-afirma-el-papa-francisco-83051
[50] Cfr. https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/audiences/2010/documents/hf_ben-xvi_aud_20100113.pdf
[51] Ibídem.
[52] RAMON LULL, «Vida coetánea», en Antología de Ramón Llull, Dirección General de Relaciones Culturales, Madrid, 1961, p. 56, n. 9.
[53] Ibíd., p. 55.
[54] Cfr. Santa Misa en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo (Homilía), 29 de junio de 2017. https://www.vatican.va/content/francesco/es/homilies/2017/documents/papa-francesco_20170629_omelia-pallio.html.
[55] RAMON LLULL, Doctrina pueril, Edición crítica de Joan SANTANACH I SUÑOL, Nova Edició de les Obres de Ramon Llull VII, Patronat Ramon Llull /Publicacions de l’Abadia de Montserrat, Barcelona, 2005, p. 225, par. 12. Otro ejemplo lo tenemos en el Llibre de meravelles (Libro de maravillas) I, 12, donde decía Llull: «En tiempo de los profetas convenía que por creencia se convirtiese a las gentes, pues fácilmente creían; y en tiempo de Cristo y de los apóstoles convenía que hubiese milagros, pues las gentes no estaban muy hechas a escrituras y por esto gustaban de milagros, que son demostraciones de cosas visibles corporalmente. Ahora hemos llegado a un tiempo en que las gentes gustan de razones necesarias, pues están hechas a grandes ciencias y filosofía y teología; y, por esto, a las gentes que con filosofía han caído en error contra la santa fe romana conviene conquistar con razones necesarias, y destruirles sus falsas creencias con razones necesarias, cuyas razones se basen en filosofía y teología» (RAMON LLULL, Obra escogida, Penguin Clásicos, Barcelona, 2016, p. 84 de la versión online).
[56] El texto se encuentra en: BARENSTEIN, J., «Fe y razón según Ramón Llull: el Liber de convenientia fidei et intellectus in obiecto (1314)», Circe, 18 (2014), pp. 73-74. Este ejemplo también lo narra Llull en el Blaquerna, el Félix o Libro de maravillas, la Disputació de cins savis, el Liber de fine, el Liber de acquisitione Terrae Sanctae y en la Disputatio fidei et intellectus.
[57] Ibíd., p. 75, nota 62.
[58] Libro del gentil, op. cit., p. 523.
[59] BARENSTEIN J., «Fe y razón según Ramón Llull...», op. cit., p. 76.
[60] Ibíd., p. 76.
[61] https://www.sanpablo.es/biblia-latinoamericana/la-biblia/nuevo-testamento/cartas-pastorales/primera-carta-a-timoteo/2
[62] BARENSTEIN J., «Fe y razón según Ramón Llull...», op. cit., p. 77.
[63] RAMON LLULL, Liber de multiplicatione, quae fit in essentia Dei per divinanm trinitatem (op. 247), ROL II, p. 137. Citado en DOMÍNGUEZ REBOIRAS, F., Ramon Llull: el mejor libro del mundo, Arpa editores, Barcelona, 2016, p. 330, nota 61.
[64] BUENAVENTURA, Collationes de septem donis Spiritus Sancti, Collatio 8, De dono intellectus, § 6. Citado en RAMON LLULL, Disputatio fidei et intellectus/Disputa entre la Fe i l’Enteniment, Obrador Edèndum–Brepols–Publicacions de la Universitat Rovira i Virgili, Santa Coloma de Queralt, 2011, p. 76.
[65] https://www.sanpablo.es/biblia-latinoamericana/la-biblia/nuevo-testamento/evangelio-segun-juan/3
[66] Llull sabía que en El Corán se dice, en la sura ya citada anteriormente por el emperador bizantino Manuel II Paleólogo en su controversia con un persa culto en 1391, que «en materia de religión no cabe coacción» (2:256).
[67] Diálogo y Anuncio. Reflexiones y orientaciones sobre el diálogo interreligioso y el anuncio del Evangelio. Documento del Pontificio Consejo para el diálogo interreligioso y la Congregación para la evangelización de los pueblos, n. 29 La unidad de la salvación. http://columbanird.org/systems/wp-content/uploads/2015/04/Dialogo-y-Anuncio.pdf.
[68] Cfr. https://www.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2022/june/documents/20220622-incontromondiale-famiglie.html
[69] Citado en GAYÀ ESTELRICH, J., Una teologia per la missione, Jaca Book, Milano, 2002, p. 37, nota 21. La cita de Llull la toma Gayà del Prólogo de la Lectura super Artem inventivam et Tabulam generalem, de 1294. A este respecto, Gabriel Ensenyat recuerda que «El objetivo inicial de la cruzada era recuperar el territorio y no la sociedad infiel [...] La cruzada, pues, no tenía sentido misionero, ni preveía fórmulas de conversión. Su idea se basaba en la bestialización del enemigo (Saraceni, qui sunt quasi bestias, afirma el Carmen que celebra la expedición contra Almería de 1087). En cambio, Llull otorga a los musulmanes capacidad intelectual; es decir, pueden ser persuadidos a través de la palabra. Pero si se niegan a escuchar a los misioneros, hay que forzarlos a asistir a las predicaciones. Por lo tanto, la cruzada –previa y complementaria a la acción apologética– es necesaria» (ENSENYAT, G., «Pacifismo y cruzada en Ramon Llull», op. cit., p. 360).
[70] DAIBER, H., «Universal Values. A Starting Point for Ramon Llull’s Interreligious Dialogue», en Actas del Congreso «Il Beato Raimondo Lullo: il personaggio e il suo rapporto con l’Islam», op. cit., p. 310.
[72] Cfr. https://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/peace/documents/papa-francesco_20131208_messaggio-xlvii-giornata-mondiale-pace-2014.html. Rm 2, 10-11: «Y habrá gloria, honor y paz para todos los que obran el bien: para los judíos, en primer lugar, y también para los que no lo son, porque Dios no hace acepción de personas».