Sigmund Freud: la crítica del sujeto moderno y el descubrimiento de su carácter simbólico

 

Sigmund Freud: The Critique of the Modern Subject and the Discovery of Its Symbolic Character

 

Joan Andreu Alcina

Institut Superior de Ciències Religioses de Mallorca

joanandreu1967@gmail.com

 

Resumen

En estas páginas se constata que la comprensión de la subjetividad como una instancia coextensiva a la consciencia fruto del paradigma filosófico de la Modernidad, ha sido radicalmente cuestionada a partir de las instancias subjetivas freudianas. Partiendo de la psicología, Freud reformuló la noción moderna del Yo al considerarla como la manifestación emergente de una instancia inconsciente fundamental. En este sentido, la dimensión consciente del Yo no es más que la punta del iceberg de un complejo entramado de instintos y pulsiones sumergidas en la oscuridad inconsciente del sujeto. Las reflexiones de Freud han llegado a ser consideradas imprescindibles en la situación intelectual contemporánea. Esto se refleja en las influencias que sus planteamientos han tenido en la filosofía del siglo xx, especialmente en pensadores como Michel Foucault o Richard Rorty. La concepción de Freud sobre el Yo como una entidad precaria para comprender la estructura profunda de la personalidad ha dejado una marca indeleble en el pensamiento filosófico y psicológico contemporáneo.

Palabras clave

Subjetividad, Modernidad, Freud y el yo, Richard Rorty y el Yo

 

Abstract

In these pages it is confirmed that the understanding of subjectivity as an instance coextensive with consciousness resulting from the philosophical paradigm of Modernity, has been radically questioned based on Freudian subjective instances. Drawing from psychology, Freud reformulated the modern notion of the self by considering it as the emergent manifestation of a fundamental unconscious agency. In this sense, the conscious dimension of the self is nothing more than the tip of the iceberg of a complex network of instincts and drives submerged in the unconscious darkness of the subject. Freud’s reflections have come to be considered essential in the contemporary intellectual situation. This is reflected in the influences that his approaches have had on 20th century philosophy, especially on thinkers such as Michel Foucault or Richard Rorty. Freud’s conception of the self as a precarious entity for understanding the deep structure of personality has left an indelible mark on contemporary philosophical and psychological thought.

Keywords

Subjectivity, Modernity, Freud and the self, Richard Rorty and the Self

 

Introducción

La filosofía de la Modernidad inauguró con Descartes una nueva concepción de la subjetividad, en la cual el yo es interpretado como res cogitans, como «cosa pensante». Para Descartes y el desarrollo del pensamiento moderno que le seguirá, en la subjetividad no existen elementos no conscientes. En otras palabras, la consciencia es coextensiva con la subjetividad. La crítica de esta idea moderna de subjetividad alcanza en Freud (1856–1939) una de las cotas de máxima radicalidad.

En la moderna tradición filosófica, se han planteado críticas significativas a la idea de la identidad del Yo. David Hume, por ejemplo, cuestionó la existencia de un yo substancial, al sugerir que la identidad personal es simplemente una sucesión de percepciones sin una entidad permanente. El Yo no es una unidad de referencia, sino un compuesto de elementos cambiantes, carente de identidad. No es una instancia de unificación del sujeto, sino que puede interpretarse como un puro vacío por donde distintos actores (las distintas percepciones y contenidos de consciencia) aparecen sucesivamente y representan una variada gama de escenas sin que ni siquiera podamos identificar una trama que las relacione. De hecho, los planteamientos del pensador escocés sobre la ausencia del Yo han tenido y siguen teniendo un gran poder de sugestión en la filosofía y en otros ámbitos de la cultura contemporánea.

Partiendo de un ámbito distinto al de la reflexión filosófica, Freud reformuló la noción moderna del Yo al considerarla como la manifestación emergente y necesaria de una instancia inconsciente fundamental, otorgándole una dimensión básicamente adaptativa. Las ideas de Freud han llegado a ser consideradas como un elemento casi irrenunciable en la situación intelectual contemporánea. Esto se refleja en las influencias que sus conceptos han tenido en la filosofía del siglo xx, especialmente en pensadores como Michel Foucault o Richard Rorty. La concepción de Freud sobre el Yo como una entidad precaria, pero esencial para comprender la estructura profunda de la personalidad ha dejado una marca indeleble en el pensamiento filosófico y psicológico contemporáneo.

A partir de las consideraciones anteriores, vamos a desarrollar, en primer lugar, los aspectos fundamentales que hicieron del Psicoanálisis un instrumento crítico de la subjetividad heredada a través del paradigma del sujeto moderno. En un segundo punto analizaremos la concepción freudiana de la razón. En tercer lugar, nos detendremos en la presentación sucinta de tres de las obras de Freud que aparecen estrechamente interconectadas y que nos ofrecerán los elementos necesarios para comprender su posicionamiento. Nos estamos refiriendo a Más allá del principio del placer, El Yo y el Ello, en donde Freud desarrolla la estructura definitiva de la subjetividad (segunda tópica) y Neurosis y psicosis. Finalmente, veremos la presencia de Freud en algunos de los planteamientos de Richard Rorty en relación con su comprensión del Yo y que son una muestra clara del potencial crítico de los análisis freudianos.

 

La concepción freudiana de la razón

Antes de desarrollar su particular concepción del Yo, tal y como aparece en sus obras más maduras, vamos a presentar sucintamente las ideas fundamentales sobre las cuales descansa la importancia y el potencial críticos de la teoría de Freud:

1)      los contenidos conscientes de los individuos dependen de causas latentes, las cuales son inconscientes y, en su mayor parte, de naturaleza sexual. La innovación de la propuesta de Freud es que los contenidos inconscientes reprimidos constituyen la instancia generadora del resto de las facultades psíquicas del sujeto.

2)      La idea de que los hombres no pueden conocer el significado exacto de muchas de sus acciones porque tal significado depende de mecanismos inconscientes y, por tanto, oculto a la capacidad de autocomprensión del individuo.

3)      La importancia de la toma de consciencia y de la elaboración verbal de tales elementos. De este modo, los elementos latentes y ocultos al propio Yo necesitan, para poder ser interpretados, traducirse en elementos simbólicos elaborados lingüísticamente y, de este modo, susceptibles de ser comprendidos por la persona. En este sentido, cobran especial importancia las asociaciones libres (a partir de los contenidos ofrecidos por los sueños) que permiten al sujeto (y al psicoanalista) acceder a los contenidos reprimidos. Esta elaboración de los contenidos que van emergiendo a la conciencia se lleva a cabo por rodeos analógicos y simbólicos del lenguaje.

4)      La comprensión científica del desarrollo psicológico de la persona y de su conducta a partir de la vinculación causal a los instintos sexuales y agresivos. Ello supone incorporar en la comprensión del individuo las infraestructuras biológicas e irracionales de su psique. De este modo, asistimos a la ampliación del axioma moderno que hace co-extensiva la subjetividad con su consciencia.

Desde el punto de vista de la medicina, la aportación de Freud supone la reivindicación de la comprensión global del paciente destacando la vertiente psicológica como el aspecto fundamental de su personalidad.

En cuanto a la Psicología, es importante señalar que la obra de Freud surge en medio de una crisis en el desarrollo de los planteamientos de Wundt y en contraposición a la escuela de la Gestalt y al conductismo clásico de Watson. Sin embargo, es notable que la obra de Freud no aborda de manera explícita las limitaciones de estas perspectivas, ya que se desarrolla completamente al margen de los debates en el ámbito de la Psicología experimental surgidos a finales del siglo xix y principios del xx.

En este sentido, Freud incorporará en sus análisis elementos como el nexo de la serie de episodios biográficos, el significado y el simbolismo lingüístico de las conductas (ampliando la mera observación externa de la conducta propia de los enfoques conductistas), la génesis de los contenidos de la conciencia, el desarrollo de la personalidad, etc.

Ahora bien, todos estos elementos serán desarrollados desde una determinada comprensión de la ciencia. Influido por los métodos del fisiólogo Brücke (quien fue su maestro), por el paradigma evolutivo de Darwin y por el utilitarismo de J. Stuart Mill, despliega su comprensión del conocimiento científico a partir de los siguientes aspectos:

a) Determinismo mecanicista radical

Un determinismo mecanicista radical basado en la idea de que todo lo que existe, aunque sea inconsciente e irracional, tiene una causa que lo produce y explica. A partir de aquí, Freud apuesta por una concepción de la ciencia basada en la observación sin prejuicios previos como punto de partida. Por otra parte, la observación así entendida coloca al científico ante un círculo indefinido de sucesivas observaciones como fundamento de las hipótesis teóricas.

b) Monismo ontológico

Freud apuesta por un monismo ontológico (todo fenómeno es reducible a elementos y fuerzas físico-químicas de carácter inorgánico) pero interpretado en términos de energía dinámica y potencialmente evolutiva con capacidad de transformarse en otras modalidades energéticas. En este punto, Freud traslada este esquema al psiquismo humano proponiendo una energía mental o libido. Esta energía se manifiesta en las diversas representaciones psíquicas que constituyen la base para explicar el dinamismo y la evolución del psiquismo humano. En palabras de Freud: «Hemos obrado como si en la vida anímica existiese una energía desplazable, indiferente en sí, pero susceptible de agregarse a un impulso erótico o destructor, cualitativamente diferenciado, e intensificar su carga general»[1].

Dicho monismo energético se despliega, como veremos a continuación, de manera bidimensional a través de dos pulsiones o instintos.

c) Comprensión dinámica y evolutiva de la realidad

Una comprensión dinámica y evolutiva de la realidad que, trasladada al psiquismo humano permite desentrañar su carácter genético. La influencia de Darwin es indiscutible. El punto de vista genético posibilitará que Freud formule otro de los aspectos básicos de su planteamiento: el concepto de instinto (Trieb). El instinto es la base de la explicación dinámica del psiquismo de la persona. Según Freud, los organismos vivos están originariamente en equilibrio homeostático, un equilibro que se pierde por la acción externa o interna en forma de estímulos. A partir de aquí, el organismo trata de recuperar el equilibrio perdido mediante la carga o descarga de energía psíquica posibilitada por la acción de los instintos de placer (único instinto admitido hasta 1920)[2] y de conservación. En Más allá del principio del placer, Freud se cuestiona la tesis de que el principio del placer sea la única instancia rectora de los procesos psíquicos. Si esta tesis fuese correcta, entonces, como el mismo Freud insinúa: «[…] la mayor parte de nuestros procesos psíquicos tendría que presentarse acompañada de placer o conducir a él, lo cual queda enérgicamente contradicho por la experiencia»[3].

Sin entrar en detalles, lo importante es que Freud se da cuenta en estos momentos de su investigación de la existencia de un instinto diferente al de placer, único que hasta ese momento había considerado como fundamental: el instinto de conservación. De manera que Freud se ve obligado a admitir que, junto al instinto que busca el placer, existe otro instinto que empuja al organismo vivo hacia la muerte, una especie de pulsión de muerte y destrucción. A partir de aquí, Freud puede formular la tesis fundamental de su teoría de los instintos: «[…] una tendencia propia de lo orgánico vivo a la reconstrucción de un estado anterior, que lo animado tuvo que abandonar bajo el influjo de fuerzas exteriores, perturbadoras»[4].

Por tanto, los instintos, tanto los sexuales como los destructivos, permiten liberar la energía acumulada por los estímulos externos o internos con la finalidad de reconstruir en el organismo el estado de equilibrio perdido.

 

El Psicoanálisis como método de reconstrucción de la identidad del sujeto

A partir de los elementos ontológico-epistemológicos analizados, podemos afirmar que el método clínico de Freud se configura a través de la formulación de hipótesis generales abiertas a la verificación empírica a partir del análisis detallado de cada neurosis. La curación de los pacientes está vinculada a una interpretación (comprensión lingüística), generada a partir de las generalizaciones teóricas, del material que aportan los propios pacientes a través de la libre asociación. La interpretación que se propone en cada caso dota[5] de sentido a los síntomas observados conectándolos a su origen en la infancia y, más concretamente, con algún episodio traumático de naturaleza sexual. Para explicar y poder hacer desaparecer los síntomas traumáticos que se manifiestan en la biografía presente hay que retrotraerse hasta la infancia. En esta fase adquieren especial importancia el complejo de Edipo y las pulsiones sexuales que rigen la génesis de las diferentes fases del individuo. Todo el desarrollo biológico de la persona se va desplegando en una pugna o conflicto constante con la represión ejercida por la cultura, uno de cuyos resultados es la sublimación de una parte importante de las pulsiones sexuales. A partir de aquí, solamente cuando el paciente toma consciencia de los contenidos inconscientes sublimados se pone de manifiesto para él un sentido o significado biográfico que hasta entonces había permanecido oculto. Esa reinterpretación o comprensión significativa de algunos episodios pasados de la vida de la persona suponen, finalmente, la reconstrucción de la identidad biográfica personal para constituirse en el punto final de su curación.

 

La teoría freudiana de la subjetividad

A lo largo de su evolución intelectual, Freud elaboró dos esquemas (tópicas en terminología freudiana) para describir el psiquismo humano. Hasta el año 1923 el esquema psíquico propuesto diferenciaba entre la instancia consciente, la preconsciente y la inconsciente. A partir de 1923 modifica su esquema y distingue entre las instancias del Yo, el Superyó y el Ello.

Hemos visto cómo, finalmente, Freud introduce dos principios fundamentales rectores del psiquismo humano: el instinto de placer y el de conservación. Si la subjetividad está sujeta a estas fuerzas, las cuales operan desde el inconsciente, entonces las dimensiones conscientes del psiquismo quedan desplazadas a funciones de segundo orden. Freud señala en este sentido que: «la conciencia no puede ser un carácter general de los procesos anímicos, sino tan sólo una función especial de los mismos»[6].

Por tanto, la conciencia es el fragmento consciente de una enorme estructura psíquica de naturaleza inconsciente. Este carácter superficial de la conciencia en relación con las profundidades inconscientes del sujeto es una de las tesis fundamentales de la comprensión del sujeto freudiano. Por otra parte, el carácter de instancia intermedia entre los estímulos externos e internos otorga a la consciencia un punto de inestabilidad que le imposibilita desarrollar la continuidad y el equilibrio que los planteamientos tradicionales le habían atribuido.[7]

En El yo y el ello, Freud profundiza la crítica de la idea moderna de la subjetividad: «[…] la consciencia es un estado eminentemente transitorio. Una representación consciente en un momento dado no lo es ya en el inmediatamente ulterior, aunque pueda volver a serlo bajo [otras] condiciones […]»[8].

La ruptura de la comprensión del sujeto de la Modernidad ha sido consumada. La tradicional comprensión de la consciencia como aquel estado permanente del sujeto y fundamento de la identidad personal ha quedado definitivamente quebrada. Llevando hasta sus últimas consecuencias los planteamientos apuntados en su obra anterior, Freud distingue entre los contenidos latentes susceptibles de aflorar a la consciencia y al lenguaje, de los contenidos reprimidos de tal modo que nunca van a manifestarse de manera consciente. En este sentido, afirma Freud que: «[…] la verdadera diferencia entre una representación inconsciente y una representación preconsciente (un pensamiento) consiste en que el material de la primera permanece oculto, mientras que la segunda se muestra enlazada con representaciones verbales»[9].

Además, Freud defenderá una jerarquía entre la instancia de lo inconsciente y lo consciente, atribuyendo, finalmente la primacía rectora a la instancia inconsciente de la psique humana. De este modo, al estar regidos por el inconsciente, tanto el pensamiento como la expresión simbólica a través del lenguaje son contenidos que no están dotados de la suficiente claridad y distinción para el propio sujeto que los piensa o los articula lingüísticamente. En definitiva, la nueva comprensión de la subjetividad freudiana ha visto la luz:

 

«Un individuo es ahora, para nosotros, un ello psíquico desconocido e inconsciente, en cuya superficie aparece el yo, que se ha desarrollado partiendo del sistema P [percepción], su nódulo. El yo no vuelve por completo al ello, sino que se limita a ocupar una parte de su superficie, esto es, la constituida por el sistema P, y tampoco se halla precisamente separada de él, pues confluye con él en su parte inferior»[10].

 

Así, pues, el yo es una parte del ello modulada por la influencia del inconsciente y de la realidad exterior a través del sistema de receptores de la percepción.

Llegados a este punto, Freud establece una nueva instancia, el superyó como tercera estructura psíquica junto al ello y al yo. El superyó es una instancia psíquica de control normativo del yo que le impone toda una serie de obligaciones y prohibiciones. La formación del superyó emerge a partir de las normas y prohibiciones del seno familiar en el que se desarrolla, también, la vivencia inconsciente del complejo de Edipo. Además, las normas sociales (fundamentalmente éticas y jurídicas) complementan y explican la constitución del superyó. El superyó es la inscripción individual en la moral familiar y en la ética y normas que rigen la sociedad.

Si, como hemos visto, con la idea de que el pensamiento y el lenguaje son proyecciones de contenidos inconscientes del psiquismo, Freud ha desterrado toda pretensión epistemológica objetiva y racional a tales facultades, con la introducción del superyó, la ética y el derecho son despojados de su pretensión de ser una expresión objetiva y racional de sus preceptos e imperativos.

La subjetividad es entendida, de este modo, como el lugar en donde emergen y se reprimen los impulsos energéticos de la libido. Dentro de ese lugar, el yo consciente se mueve erráticamente entre los vaivenes de los impulsos instintivos de placer y conservación. Además, el yo está constantemente vigilado por el sentimiento de culpa y controlado por las prohibiciones punitivas de la moral y del derecho del superyó. Nos encontramos, pues, ante un sujeto contingente y fragmentario incapaz de tomar sus propias decisiones de manera libre y autónoma. El paradigma del sujeto moderno ha sido definitivamente desterrado. La idea de un sujeto sede de la libertad y de la autonomía de la consciencia, y sede de la objetividad del conocimiento y de la fundamentación ética es, desde los presupuestos de Freud, inviable. En su lugar emerge el conflicto irresoluble en el que se mueve el yo que dinamiza y va constituyendo de manera fragmentaria y ambivalente la subjetividad. A partir de aquí, en el último capítulo de El yo y el ello relaciona el yo con tres servidumbres:

 

«Mas, por otra parte, se nos muestra el yo como una pobre cosa sometida a tres distintas servidumbres y amenazada por tres diversos peligros, emanados, respectivamente, del mundo exterior, de la libido del yo y del rigor del superyó. [...] En calidad de instancia fronteriza quiere el yo constituirse en mediador entre el mundo exterior y el ello, intentando adaptar el ello al mundo exterior y alcanzar en éste los deseos del ello por medio de su actividad muscular»[11].

 

En definitiva, el sujeto freudiano es un sujeto escindido (desgajado de la ilusoria unidad sustancial del pensamiento de la Modernidad) que proyecta en el Yo un cúmulo de deseos modulados por los instintos sexuales. Toda esta energía libidinal se articula en un entramado sutil de narraciones y relatos fragmentarios que configuran nuestra propia existencia. En estas narraciones y relatos nos reconocemos a nosotros mismos y vamos creando de manera simbólica y no sin dificultad nuestra precaria y quebradiza identidad.

Algunas consideraciones filosóficas a tenor de la crítica freudiana

Sabemos que Freud dijo expresamente que no pretendía ser filósofo. Efectivamente, ni fue filósofo ni tiene ningún sentido concebirlo como tal. Ahora bien, lo que es indudable es que sus planteamientos constituyeron una profunda revolución en los hábitos del pensamiento contemporáneo. Freud puede ser considerado, pues, como uno de los padres fundadores del pensamiento del siglo xx, en el cual se asume la naturaleza lingüística y textual del pensamiento y el carácter marcadamente contingente y fragmentario de la realidad y del sujeto. Hemos visto cómo los presupuestos ontológicos y epistemológicos de Freud descansan en una ambivalencia de base. La realidad propugnada por es, a la vez, orgánico-física y simbólico-psíquica. Pero precisamente es esta ambigüedad la que hace del Psicoanálisis una propuesta abierta y fecunda a la filosofía contemporánea. De hecho, la dimensión lingüístico-simbólica es la que posibilita una identidad, si no de método, sí en cuanto a su finalidad crítica.[12] En este sentido, tanto el Psicoanálisis como la Filosofía pretenden desarrollar un planteamiento crítico de la realidad para posibilitar la toma de consciencia del yo-sujeto y crear las condiciones que posibiliten una mayor autonomía de este yo-sujeto de los condicionamientos de fuerzas internas o externas desconocidas. Cuando la Filosofía matiza y despliega su potencial crítico puede integrar una parte de la teoría y práctica psicoanalítica. De hecho, esta integración ha sido una de las constantes de los posicionamientos filosóficos de gran parte de las corrientes y autores de los siglos xx y xxi. Así, algunos planteamientos procedentes de la fenomenología, el carácter terapéutico del lenguaje en Wittgenstein, el planteamiento hermenéutico de Ricoeur, la teoría crítica de la Escuela de Fráncfort (Marcuse, Habermas, Apel) o el posmodernismo de Lyotard, Deleuze y Rorty.

Dicho esto, puede ser oportuno acabar esta breve exposición del pensamiento de Freud tal como lo ha interpretado Rorty.[13] Desde su lectura, Freud es un pensador que reinterpreta la subjetividad a partir de las contingencias de su estructura psicológica. Apela a las propias palabras de Freud cuando afirma que la finalidad de su producción es «tratar al azar como digno de determinar nuestro destino»[14]. Pero Rorty, además de destacar el papel nuclear de la contingencia, ve en el vienés la aplicación de la teoría nietzsheana del lenguaje como una constante construcción de metáforas. En este sentido, para Freud «[…] toda vida [es] como un intento de revestirse de sus propias metáforas»[15]. Las explicaciones psicoanalíticas de los sueños o de las fantasías tienen por objeto crear las condiciones psíquicas para que el propio soñador o fantaseador dote de sentido su propia existencia, verbalizando los espacios más ocultos de su subjetividad inconsciente. Un sentido, por otra parte, que no puede expresarse con el lenguaje de la filosofía o de la ciencia más rigurosa, sino solo al estilo de Nietzsche con el lenguaje de la poesía o la metáfora.

En relación con la reinterpretación freudiana de la subjetividad, según Rorty la obra de Freud «nos ayuda a considerar seriamente la posibilidad de que no haya una facultad central, un yo central, llamado “razón”, y, por tanto, a tomar en serio el perspectivismo y el pragmatismo nietzscheano»[16]. En definitiva, los planteamientos freudianos nos muestran que la conflictividad inherente a la subjetividad de cada yo hace inviable cualquier meta-relato con pretensiones de universalidad de lo que es el hombre y de lo que este puede hacer tanto individual como colectivamente. Además, la crítica freudiana es, según Rorty, una propuesta de nuevas metáforas que nos hacen caer en la cuenta del agotamiento simbólico de las metáforas tradicionales:

 

«Pero –y ése es el punto decisivo- [Freud] no lo hace a la tradicional manera filosófica, reduccionista. No nos dice que el arte es en realidad sublimación, o la construcción de sistemas filosóficos [es] meramente paranoia, o la religión meramente el confuso recuerdo del padre feroz. No nos dice que la vida humana sea meramente una continua recanalización de energía libidinal. No está interesado en invocar una distinción entre la realidad y la apariencia diciendo que una cosa es ‘meramente’ o ‘realmente’ algo muy diferente. Únicamente se propone darnos una nueva redescripción de las cosas para que las coloquemos al lado de las otras, un léxico más, otro conjunto de metáforas que él cree que tienen la posibilidad de ser utilizadas y por tanto literalizadas»[17].

 

En conclusión, las nuevas metáforas de Freud sobre la subjetividad no son la verdad definitiva sobre el hombre, sino que son el precipitado de haber comprendido e integrado en sus planteamientos de base el postulado de Nietzsche de la muerte de Dios y sus consiguientes implicaciones.



[1] Sigmund FREUD, El yo y el ello, Alianza, Madrid 1977, p. 36.

[2] Freud sostuvo durante gran parte de su vida el principio de placer como el instinto fundamental de la conducta humana. Este posicionamiento pone de manifiesto la recepción del utilitarismo hedonista presente en los planteamientos de John Stuart Mill, del cual Freud lo tomaría. Freud formula su hedonismo en términos energéticos, reproduciendo el modelo mecánico que hemos mencionado. Sostiene que todo estímulo desequilibrador se percibe de manera no placentera por el organismo. A partir de aquí, la descarga energética derivada de la reacción del instinto produce un efecto psicológico placentero que restaura el equilibrio perdido.

[3] Sigmund FREUD, «Más allá del principio del placer», en Psicología de las masas, Alianza, Madrid, 1987, pp. 83-137, p. 85.

[4] FREUD, «Más allá del principio del placer», op. cit., p.112.

[5] Este es uno de los puntos de discrepancia fundamentales entre Freud y Jung. Si para el primero el Psicoanálisis dota de un sentido subjetivo el reequilibrio psíquico de la persona, Jung está interesado en la búsqueda y corroboración de la existencia de símbolos y arquetipos transculturales y suprahistóricos constitutivos del inconsciente colectivo de la humanidad. El inconsciente colectivo constituye la instancia en que el sentido de cada Yo individual está dado. A partir de aquí, la construcción del Yo individual supone la progresiva asimilación de las energías inconscientes, a través de una interpretación «correcta» de los símbolos.

[6] FREUD, «Más allá del principio del placer», op. cit., p. 99.

[7] FREUD, «Más allá del principio del placer», op. cit., pp. 127 y ss.

[8] Sigmund FREUD, El yo y el ello, Alianza, Madrid 1977, p. 9.

[9] FREUD, El yo y el ello, op. cit., p. 14.

[10] FREUD, El yo y el ello, op. cit., p. 18.

[11] FREUD, El yo y el ello, op. cit., p. 47.

[12] Sobre esta línea de interpretación: G. HOTTOIS, Historia de la filosofía del Renacimiento a la Posmodernidad, Cátedra, Madrid 1999, p. 298 y ss.

[13] Para lo que sigue: Lluis PLA VARGAS, «La redescripción de la idea clásica de subjetividad en Freud y su influencia en Rorty», Revistas observaciones filosóficas, 5 (2007).

[14] Richard RORTY, Contingencia, ironía y solidaridad, Paidós, Barcelona, 1991, p. 42.

[15] RORTY, Contingencia, ironía y solidaridad, op. cit., p. 55.

[16] RORTY, Contingencia, ironía y solidaridad, op. cit., p. 53.

[17] RORTY, Contingencia, ironía y solidaridad, op. cit., p. 58.