Universidad Nacional Autónoma de México, Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur·
hrzcarlos@gmail.com
Resumen
En este artículo se realiza una aproximación a los postulados de Sergio Méndez Arceo e Ignacio Ellacuría sobre las causas y posibles soluciones a la guerra civil salvadoreña (1980-1992) desde la categoría de teopraxis. La cual ayuda a comprender por qué, a partir del análisis coyuntural, se fue generando una crítica radical contra la estructura de la realidad que posibilitaba distintos tipos de violencia. Ambos autores coinciden en que la civilización presente debe ser superada por una generadora de un orden social racional, justo y acorde con los valores del Evangelio entendido desde la Teología de la liberación.
Palabras clave
Teopraxis, Capitalismo, Civilización, Utopía, Socialismo
Abstract
This article discusses the viewpoints of Sergio Méndez Arceo and Ignacio Ellacuría on
the causes and potential solutions to the Salvadoran civil war (1980-1992) from
a theopraxic perspective. This approach helps in
understanding how a radical critique of the structure of reality led to various
forms of violence, based on the current analysis. Both authors agree that the
current civilization needs to be replaced by one that establishes a rational
and just social order in line with the values of the Gospel as interpreted by
liberation theology.
Keywords
Theopraxis,
Capitalism, Civilization, Utopia, Socialism
Introducción
El Salvador lleva un poco más de tres décadas de haber salido de una cruenta guerra civil que se dio en el marco de la Guerra fría. El 16 de enero de 1992 con la firma de los Acuerdos de paz realizada en el Castillo de Chapultepec (México) y con el posterior proceso llamado Cese del Enfrentamiento Armado, durante varios meses de ese mismo año se cerró ese duro ciclo de violencia político-militar. La paz fue un concepto, una palabra omnipresente durante 1992 en El Salvador. Una abstracción ocupada por protagonistas de ambos bandos en pugna, pero también por sectores al interior y fuera del país centroamericano que discutieron el contenido de lo que implicaba realmente la paz. Aquí se presenta una aproximación hecha por dos personajes a los que no siempre se les ha conocido o reconocido su papel para que ese enfrentamiento llegara a su fin por la vía de la negociación política y que el fruto de esa negociación no se agotara en el callar de los fusiles sino en una sociedad realmente civilizada, justa, humana. Se trata de Sergio Méndez Arceo (1907-1992), considerado «obispo y pastor de salvadoreños en lucha por su liberación»[1] e Ignacio Ellacuría (1930-1989), filósofo y teólogo de la liberación.
Ambos estaban ligados a la Iglesia y fueron sacerdotes católicos. Don Sergio –como se le llamó popularmente– fue obispo de Cuernavaca desde 1952 hasta 1982, mientras que Ellacuría fungió como rector de la jesuita Universidad Centroamericana «José Simeón Cañas» (UCA) entre 1979 y 1989. Ambos abrazaron la Teología de la liberación y fueron marcados por la labor pastoral a favor de las mayorías populares que realizó Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador (1977-1980), asesinado por escuadrones de la muerte. Aunque tuvieron poca comunicación entre sí y algún encuentro fortuito a lo largo de sus vidas, hay dos elementos que los vincula entre sí: uno de carácter coyuntural, la guerra civil salvadoreña y otro aquí llamado hermenéutico-estructural, que explicaría el porqué de esa guerra y la alternativa pertinente para superar condiciones generadoras de cualquier tipo violencia, no solo la que propició el conflicto en El Salvador.
Más específicamente, Don Sergio y Ellacuría propugnaron el fin de la guerra civil desde sus trincheras; uno desde México y otro desde El Salvador, pero su horizonte no se redujo a acabar con la guerra, sino que apuntaba a algo estructural, en tanto buscaban la construcción de una paz duradera. La paz que promovieron es fruto de la justicia. Algo que solo se puede lograr si, por un lado, se supera el sistema imperante, fuente inagotable de violencia e injusticias sociales y, por otro, se sustituye por una civilización más acorde con los principios evangélicos que organice a la sociedad de un modo diferente de como lo hace el capitalismo, anticristiano en esencia.
Don Sergio apostó por la construcción del socialismo. Ellacuría promovió la «civilización de la pobreza». Por ello, se examinan sus aportes y vida desde el concepto de teopraxis: acciones derivadas de la fe que buscan transformaciones profundas de la realidad.
En el primer apartado se expone un contexto de la guerra civil salvadoreña desde las etapas planteadas por el Informe de la Comisión de la Verdad conformada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En el segundo, se plantea la categoría sociológica de teopraxis que se utiliza para enmarcar los postulados sobre las causas y salidas a la guerra civil salvadoreña. En la tercera parte se plantea la aproximación de qué tipo de paz promovieron ambos personajes.
El dilema del fin de la guerra en El Salvador: triunfo militar o salida política
Desde los primeros años de la guerra civil hubo posturas encontradas sobre cómo salir de ella. El esquema belicista de Ronald Reagan apostaba por el triunfo militar bajo el estandarte de la «seguridad nacional» de los Estados Unidos, que se tradujo en millones de dólares dirigidos al ejército salvadoreño y que conllevó a graves violaciones de derechos humanos desde el Estado y a la destrucción del pequeño país centroamericano. Del lado insurgente también se apostó por la vía militar ante el cierre de espacios de expresión social y –sobre todo– políticos. Además, pretendieron emular la hazaña del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) del 19 de julio de 1979 en Nicaragua, donde la guerrilla tomó el poder con las armas, derrotando al ejército somocista.
La guerra salvadoreña se convirtió así en un espacio de disputa bajo el esquema de la Guerra Fría. Según el Informe de la Comisión de la Verdad titulado «De la locura a la Esperanza. La guerra de 12 años en El Salvador»[2], publicado originalmente en 1993, sugiere dividir en cuatro bloques históricos ese período. A continuación, se presenta una breve semblanza de cada uno de ellos.
I bloque (1980-1983) «La institucionalización de la violencia»
En respuesta a la dura represión estatal se forma el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) compuesta su comandancia por quienes representaban a las cinco guerrillas[3] surgidas en la década de los setenta en su mayoría. Por su parte, los escuadrones de la muerte, financiados por grupos oligárquicos y protegidos desde el Estado, torturaron y asesinaron a líderes sindicales, integrantes de movimientos populares, opositores políticos y fueron los responsables del magnicidio del arzobispo Oscar Romero el 24 de marzo de 1980 y otras personas vinculadas con la Iglesia. El ejército llevó a cabo matanzas emblemáticas como la de El Mozote y El Sumpul, donde aplicó tácticas de tierra arrasada contra población desarmada.
En enero de 1981, el FMLN lanzó la primera ofensiva guerrillera. «Se realizan ataques contra objetivos militares en todo el país, que dejaron un saldo de centenares de muertos»[4]. Este mismo año, creció el fenómeno migratorio, fruto del desplazamiento forzado de alrededor de 164 mil personas afectadas hasta entonces. Un año después, se registraron casi 300 mil refugiados en países latinoamericanos. Las cifras sangrientas con el paso de los años fueron aumentando. En 1982 «la embajada norteamericana reporta un total de 5639 muertos, entre los cuales 2330 son civiles, 762 militares y 2547 guerrilleros. Socorro Jurídico Cristiano informa que durante los primeros ocho meses de 1982, se llevaron a cabo 3059 asesinatos políticos»[5].
En el quehacer gubernamental, José Napoleón Duarte del Partido Demócrata Cristiano (PDC) asumió la dirección de la Junta Revolucionaria de Gobierno el 9 de marzo de 1980. Cuatro años después ganaría la presidencia por medio de elecciones. La Asamblea Constituyente nombró a Álvaro Magaña presidente interino en 1982 y se nombró presidente legislativo a Roberto D’Aubuisson, líder de derecha vinculado con escuadrones de la muerte, además de fundador de Alianza Republicana Nacionalista (ARENA).
Respecto al financiamiento de la guerra, el Informe plantea que en enero de 1981, el presidente de Estados Unidos, Jimmy
Carter envió 5 millones de dólares para acciones militares. El siguiente
presidente, Ronald Reagan, aumentó «significativamente» ese apoyo al ejército
salvadoreño.
II Bloque (1983-1987) «El enfrentamiento armado como marco de las violaciones»
La Fuerza Armada desde 1983 regularizó los «bombardeos aéreos indiscriminados, ataques masivos de artillería, incursiones de infantería, todo lo cual se expresa en masacres y destrucción de comunidades en un esfuerzo por “quitarle el agua al pez”»[6].
El hecho político más relevante de este período fue la aprobación de la actual Constitución Política (1983) y las primeras elecciones presidenciales bajo esta Carta Magna en 1984. La Democracia Cristiana resultó con la mayoría de votos y Duarte se convirtió en el primer presidente civil –formalmente electo– en cincuenta años. Al siguiente año, fueron las elecciones legislativas y municipales en las que ganó la mayoría de alcaldías y escaños el PDC.
De lado internacional, algunas personalidades de relevancia mundial visitaron El Salvador. El Papa Juan Pablo II llegó en marzo de 1983 e hizo un llamado a la paz:
«El diálogo que nos pide la Iglesia no es una tregua táctica para fortalecer posiciones en orden a la prosecución de la lucha, sino el esfuerzo sincero de responder con la búsqueda de oportunas soluciones a la angustia, el dolor, el cansancio, la fatiga de tantos y tantos que anhelan la paz. Tantos y tantos que quieren vivir, renacer de las cenizas, buscar el calor de la sonrisa de los niños, lejos del terror y en un clima de convivencia democrática»[7].
Por su parte, el entonces vicepresidente de Estados Unidos, George Bush, visitó El Salvador en diciembre de 1983 y condenó a los escuadrones de la muerte. A lo que se sumó la denuncia del embajador estadounidense en El Salvador, Thomas Pickering, quien señaló a altos mandos del ejército vinculados con ellos. Solo en ese año se le atribuyeron 4700 ejecuciones por parte de esos paramilitares. No obstante, la Cámara Baja del Congreso de EE. UU. aprobó 67,75 millones de dólares en «ayuda de emergencia» en 1984, dirigida en su mayoría al ejército salvadoreño.[8]
Este mismo año se dieron los primeros intentos de diálogo entre el Gobierno y el FMLN sin éxito. La guerrilla llegó a secuestrar a una hija de Duarte. Se negoció por presos políticos su liberación que ocurrió en 1985. Por su parte, D’Aubuisson reconoció públicamente la existencia de escuadrones de la muerte (1986). Para agravar más la situación, se declaró emergencia nacional por el terremoto del 10 de octubre de 1986.
III Bloque (1987-1989) «el conflicto militar como obstáculo a la paz»
Este período se caracterizó por la intensificación diplomática de la salida negociada. En 1987 los cinco presidentes de Centroamérica firmaron un pacto Esquipulas II en el que estipularon pacificar la región. «La Nunciatura Apostólica ofrece su sede para encuentros entre el Gobierno y el FMLN-FDR y el arzobispo Mons. Rivera y Damas actúa como moderador. Las partes se adhieren públicamente al Acuerdo Esquipulas II»[9]. Los asesinatos no pararon a pesar de ese intento de negociación. La Fuerza Armada salvadoreña reportó 470 pérdidas de sus miembros por 1004 de parte de la guerrilla sin contabilizar las víctimas civiles. «Globalmente, sin embargo, el número de víctimas ese año fue menor que en 1986»[10].
En lo electoral, se realizaron elecciones legislativas y municipales en 1988, donde la mayoría fue para ARENA. Procesos electorales que no pararon el quehacer de los escuadrones de la muerte, puesto que arreciaron en su acción ese mismo año, dejando un promedio de ocho crímenes al mes. Mientras el FMLN incluyó a alcaldes entre sus víctimas, además colocó minas que afectaron a civiles.
IV Bloque (1989-1991) «De la “ofensiva final” a la Firma de los Acuerdos de Paz»
La llegada a la presidencia de Alfredo Cristiani, un empresario miembro de las familias oligárquicas más influyentes, parecía que aceleraría la vía negociada que pusiera fin a la guerra debido a la apertura dialoguista que mostró cuando asumió el poder el 1 de junio de 1989. Sin embargo, el 11 noviembre de 1989 el FMLN lazó la ofensiva final «Hasta el tope y punto», que llevó la guerra al centro de la capital salvadoreña. Antes los conflictos se habían concentrado en zonas rurales. Fue uno de los momentos más violentos de la guerra. En ese contexto fue asesinado Ellacuría el 16 de noviembre, víctima de la llamada «masacre de la UCA» perpetrada por un batallón especializado de la Fuerza Armada.
Después de esa ofensiva, ambas partes consideraron improbable el triunfo de la vía militar por lo que se inició con más fuerza la negociación puesto que la misma ONU asumió el rol protagónico como mediador clave.
«La posibilidad del diálogo se recuperó a partir de la reunión de San Isidro Coronado, Costa Rica, celebrada en diciembre de 1989, donde, paradójicamente, se condenó al FMLN por los cinco presidentes de Centroamérica, pero se aprobó el llamado al secretario general de la ONU para que participe como mediador entre el FMLN y el gobierno. Esto posibilitó que el 4 de abril de 1990 se reunieran en Ginebra representantes de la insurgencia y el gobierno y se firmara el Acuerdo de Ginebra, que compromete a las partes a la no interrupción de reuniones de diálogo y a la continuidad de éste, en reuniones mensuales»[11].
Aunque tuvo sus momentos álgidos, específicamente en la relación con el punto del ejército y los cuerpos de seguridad, el diálogo no paró hasta alcanzar el fin de la guerra con la Firma de los Acuerdos en el Castillo de Chapultepec, México. No fue mera casualidad la elección del lugar. Más bien fue parte de un reconocimiento simbólico a México por su papel sustancial en la negociación ya que, desde el 28 de agosto de 1981 con la Declaración franco-mexicana,[12] había planteado su postura a favor de la salida política no militar.

Imagen 1. Portada de periódico salvadoreño sobre la Firma de los Acuerdos de Paz. Portada de El Diario de Hoy, 16 de enero1992. Material consultado en Acervos Históricos de la Biblioteca «Florentino Idoate» de la Universidad Centroamericana «José Simeón Cañas» (UCA-El Salvador)

Imagen 2. Invitación de ARENA para la celebración de la Firma de los Acuerdos de Paz. La Prensa Gráfica, 16 de enero de 1992, pág. 55. Material consultado en Acervos Históricos de la Biblioteca «Florentino Idoate» de la Universidad Centroamericana «José Simeón Cañas» (UCA-El Salvador)

Imagen 3. Invitación del FMLN a celebrar el Cese del Enfrentamiento Armado. Fuente: La Prensa Gráfica, 1 de febrero de 1992, p. 55. Material consultado en Acervos Históricos de la Biblioteca «Florentino Idoate» de la Universidad Centroamericana «José Simeón Cañas» (UCA-El Salvador)
Teopraxis
Ante ese contexto de guerra civil tanto Don Sergio como Ellacuría plantearon que para terminarla era necesario tocar la raíz, la causa última de la violencia estructural. De ahí que, si bien es cierto, se les debe considerar dentro de ese amplio grupo de personas que promovieron la Firma de los Acuerdos de Paz, en sus planteamientos el fin de la guerra era apenas un paso, muy importante y elemental, pero no bastaba con acallar los fusiles para tener una paz plena. Habría que tocar de raíz el sistema para evitar más guerras o conflictos como los que aquejan en el presente a Latinoamérica y el mundo.
¿Qué llevó a que este perfil de clérigos en América Latina tuviera un compromiso y rol protagónico en las luchas de liberación en el siglo xx? ¿Qué concepto de las ciencias sociales enmarca la práctica política desde la fe cristiana/católica de buscar transformar radicalmente la realidad y no solo interpretarla? Desde las ciencias sociales Enriqueta Lerma desarrolla una categoría aplicable al quehacer y teoría de Méndez Arceo y Ellacuría: teopraxis.
«Dado que todas las religiones se traducen en cierta forma de actuar –conservadora o revolucionaria, contestataria o tradicionalista– es posible decir que todas conllevan a una teopráctica, pero solo son teopraxis aquellas que se proponen autotransformarse e incidir en la transformación social con un posicionamiento crítico al sistema económico y político»[13].
Frente a la situación de guerra en El Salvador, ambos personajes pudieron haberse quedado haciendo oración por la paz, lamentándose en sus rituales por las muertes violentas, torturas, desapariciones, etc., o ser indiferentes porque se trataba de «problemas del mundo» ajenos a la Iglesia. Lo cual hubiese sido una teopráctica a secas, de talante conservadora o tradicionalista. Posiciones religiosas así fueron incluso promovidas y financiadas desde algunos sectores de Estados Unidos en el siglo xx.
Alejados de la comodidad teopráctica conservadora, que en algunos casos más que comodidad llegó a ser complicidad con el poder represor, Don Sergio, Ellacuría y otras muchas personas más ligadas a Comunidades Eclesiales de Base o a la Teología de la Liberación, optaron por la teopraxis. Asumieron desde la fe un compromiso por cambiar el orden social, político y económico de la región e incluso de la civilización en todo el planeta. De hecho, la Teología de la Liberación consiste en una manera de expresar la fe en la que se concibe a Dios contra la riqueza, con preferencia por los pobres, que exige reorganizar la sociedad para construir el Reino de Dios desde el aquí y el ahora y superar la creencia de «sufrir lo más que se pueda en la Tierra para gozar en el cielo». En la línea del concepto teopraxis, esta versión de la fe tiene efectos políticos transformadores en tanto buscan favorecer a las mayorías populares, principales víctimas del capitalismo.
Don Sergio
Sergio Méndez Arceo (VII obispo de Cuernavaca, México), asumió desde su diócesis un compromiso particular con algunos grupos insurgentes o socialistas en América Latina, en especial con la Revolución cubana, el Gobierno de Salvador Allende en Chile y con «Cristianos por el Socialismo» de ese país, la Revolución sandinista en Nicaragua y la lucha en El Salvador. Quienes procuraban tomar el poder para crear una sociedad justa, solidaria y humana acorde con los principios del Evangelio desde distintas trincheras, no solo eclesiales o la vía armada, encontraron en Don Sergio un apoyo abierto y decido.
Cuernavaca se convirtió en un espacio de sostén para personas exiliadas o migrantes obligados a salir de El Salvador por la situación de guerra. Mientras fue obispo, su Catedral fue una tribuna de denuncia de lo que sucedía en aquel país. Al terminar su obispado en 1983 continuó desde la presidencia del Secretariado Internacional Cristiano de Solidaridad con América Latina «Oscar Arnulfo Romero» (SICSAL), que había fundado con creyentes y no creyentes como apoyo internacional al proceso de lucha salvadoreña.
Don Sergio tenía interés y un alto grado de conocimiento de las circunstancias salvadoreñas. Platicaba y compartía sus impresiones con dirigentes de la guerrilla, con sacerdotes, con líderes y lideresas de organizaciones sociales salvadoreñas. De hecho, sus últimas tres cartas publicadas en la revista Proceso N° 797, las escribió pocos días antes de morir (falleció el 6 de febrero) y estaban dirigidas a Schafik Handal, un líder guerrillero del FMLN, al arzobispo de San Salvador, Arturo Rivera y Damas y al expresidente Cristiani, con motivo del fin de la guerra.

Imagen 4. Extracto con la carta de Don Sergio dirigida al presidente salvadoreño en 1992, Alfredo Cristiani. Fuente: Archivo Digital SICSAL, Caja 3, Legajo 1, Expediente 17 A
En estas cartas Don Sergio expresa cuál ha sido su postura desde los inicios de la guerra, una posición de diálogo como salida al conflicto salvadoreño, en el marco de la Declaración franco-mexicana (1981). En la homilía dominical del 16 de enero de 1983 expresó a propósito del viaje a Centroamérica de Juan Pablo II:
«En primer lugar reitero mi reflexión para ayudar a la de ustedes sobre el próximo viaje del Papa. El Papa también ha comenzado a prepararlo, nuevamente habló de Centroamérica, ayer, con los representantes diplomáticos ante la Santa Sede, insistiendo en el diálogo como camino imprescindible para la paz. Un diálogo donde no será nada más intercambio de palabras, sino que conduzca al cambio de mentalidad… ha habido naciones que insisten en ese diálogo: México con Francia, Venezuela.
»Otras naciones se han sumado, en particular para resolver el caso de El Salvador, insistiendo en que el diálogo tiene que ser con los que están en la oposición formada, porque ya son un interlocutor, los insurrectos, imprescindible. Se han ganado la capacidad de interlocutores; a pesar de toda la ayuda material de los Estados Unidos no se ha podido acallar a este interlocutor»[14].
Su apuesta por el diálogo, conllevaba dos situaciones específicas: que se acabara con la guerra y con las causas de la guerra, esto es, propiciar condiciones de vida que no solo se redujeran a acabar con la represión de tipo política, sino que incluyera medidas económicas y sociales que propiciaran condiciones de vida digna, particularmente dirigida hacia poblaciones marginadas o empobrecidas. Así se lo expresa al comandante Handal en relación con la «paz», fruto del diálogo:
«Las tareas de la paz, sin embargo, pueden ser más arduas. Haber sido los vencedores del poder imperial desenmascarado por Mons. Romero y proceder ahora de tal manera que los vencidos sean con ustedes compañeros leales en la construcción de un [El] Salvador nuevo, no perfecto, pero sí diferente radicalmente de aquél en que fueron posibles el exterminio de 1932 y el fusilamiento de Farabundo Martí, la matanza del Río Sumpul, la eliminación de los sacerdotes desde Rutilio Grande hasta Ellacuría y sus compañeros, comprendiendo a Mons. Romero en la clave del arco»[15].
Al parecer, el trato de «vencedores» que le da a la insurgencia se debió a la posición estadounidense que por años apostó por la vía militar. Algo que fue confirmado luego de la ofensiva guerrillera de 1989:
«Estados Unidos, uno de los principales involucrados en la guerra salvadoreña, ha revalorado al FMLN, considerándolo como una fuerza militar con gran capacidad de fuego y sin posibilidad de ser derrotada a corto plazo… En ese sentido, el subsecretario de Estado estadounidense para Asuntos Latinoamericanos, Bernard W. Aronson, declaró ante la Cámara de Representantes en enero de 1990 que El Salvador no necesita otra ofensiva. El Salvador no necesita otra ronda de violencia y destrucción. El Salvador necesita la paz y el único camino para alcanzarla es la mesa de negociaciones»[16].


Imagen 5. La solidaridad de Don Sergio con El Salvador. Fuente: Videla, 2010, p. 144
Ellacuría
Ignacio Ellacuría, jesuita nacido en España, pero nacionalizado salvadoreño, no solamente es un referente teórico de la Filosofía de la liberación o de la Teología de la liberación, sino que se convirtió en un actor político de primera línea en la guerra civil sufrida por El Salvador en la década de los ochenta. Su tribuna fue la rectoría de la UCA, que ejerció de 1979 hasta su asesinato en 1989. Desde ahí elaboró análisis de coyuntura que se leían en la radio del arzobispado (YSAX) y que tenían fuerte impacto en la opinión pública dado que era la radio donde Mons. Romero transmitía sus homilías dominicales.
Por otro lado, más allá de la coyuntura, elaboró otras publicaciones más extensas sobre su visión teológica y filosófica de la realidad. Influido por el filósofo español Xavier Zubiri, dialogó con distintas tradiciones filosóficas occidentales y desarrolló o defendió postulados a favor de la Teología de la liberación.
Este talante teórico no fue excusa para alejarse de los problemas concretos del país en guerra. Al contrario, puso su capacidad racional al servicio de la transformación social a favor de lo que él llamaba «mayorías populares», rostros concretos de personas víctimas de la represión políticas y de un sistema capitalista excluyente, injusto e irracional en cuanto a la organización de la vida humana en sociedad. Ellacuría desde la UCA como rector,
«Insistía una y otra vez: que en esa universidad la asignatura primera y más importante era la realidad nacional. Por supuesto que no era sólo un decir; y es que, en los «tiempos heroicos» de la UCA –como los caracterizó el poeta Francisco Andrés Escobar—, el conjunto de esta institución universitaria estaba en función del análisis y la reflexión sobre la realidad del país, en sus distintas dinámicas estructurales y coyunturales. Además de las publicaciones académicas, entre las cuales la Revista Estudios Centroamericanos (ECA) ocupaba un lugar central, vienen a mi mente dos iniciativas de una envergadura extraordinaria: el Seminario Permanente para el Análisis de la Realidad Nacional y la Cátedra de Realidad Nacional»[17].
Al igual que Méndez Arceo, Ellacuría se sumó a las voces que presionaron por una salida negociada al conflicto salvadoreño. Esto lo llevó a ser parte del Comité Permanente del Debate Nacional (también llamado solamente «Debate Nacional»), compuesto por diferentes organizaciones sociales no combatientes, impulsado por el arzobispo de San Salvador en 1988, Arturo Rivera y Damas, cuyo objetivo fundamental era presionar para terminar con la guerra por la vía del diálogo o negociación.

Imagen 6. Ignacio Ellacuría en la Cátedra de Realidad Nacional, 1986. Fuente: Archivo Universidad Centroamericana «José Simeón Cañas», UCA
En tanto actor político, fungió como mediador en el secuestro de la hija del presidente de la república en 1985. Tenía pláticas con comandantes del FMLN y con personeros del gobierno, especialmente con la llegada de Cristiani a la presidencia. En medio de un proceso judicial poco claro en cuanto a la búsqueda de justicia por la masacre de la UCA, en marzo de 2022, el expresidente expresó: «Desde que fui electo presidente de la República, compartí con el padre Ellacuría el objetivo de lograr la paz a través del diálogo político»[18]. También quien fuera el pivote en los tres intentos de crear una comisión gubernamental negociadora, David Escobar Galindo testifica lo siguiente:
«Puedo dar fe personal de que el padre Ellacuría estuvo muy interesado desde el primer momento en el desenvolvimiento de aquel proceso. El 1 de junio de 1989, día de la Toma de Posesión Presidencial, fue un jueves; y el lunes siguiente me convocó el Presidente Cristiani a Casa Presidencial para el martes 6. El tema: conversar sobre lo ofrecido por el Presidente en su Discurso inaugural en lo referente a la oferta de diálogo con la guerrilla ahí plasmada.
»El Presidente quería comenzar de inmediato. Acepté formar parte de su Comisión Negociadora, y lo primero que hice al salir fue buscar un encuentro directo con el Padre Ellacuría en la UCA para hablar del asunto. Yo quería, además, que él me diera opinión cierta sobre lo que se podía esperar de cada uno de los integrantes de la Comandancia General del FMLN. Y así fue, en aquella y en reuniones posteriores»[19].
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Democracia y administración pública |
a) Frustración popular por la mala marcha del proceso democrático y en concreto la poca contribución de los procesos electorales a la mejora de la situación.
b) Fuertes divisiones en los partidos y otras instituciones, que las colocan en estado de crisis parmente, por buscar más los intereses particulares.
c) Mal manejo de las reformas estructurales tanto por su intencionalidad política como por deficiencias en su ejecución.
d) Corrupción. |
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Descomposición social e impunidad |
a) Persistencia de los escuadrones de la muerte.
b) Creciente anomia social, desmoralización y deshumanización de la sociedad salvadoreña.
c) Aumento de la delincuencia. |
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Economía |
a) Agravamiento coyuntural de la crisis económica estructural por la crisis económica mundial.
b) Imposición de medidas económicas por parte de instituciones financieras internacionales.
c) Presupuesto nacional orientado a la guerra y no a la solución de las necesidades básicas del pueblo. |
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Militarismo de Ronald Reagan |
Debilitamiento del proyecto de la administración Reagan para El Salvador, con más apoyo en la búsqueda de una solución negociada y con mayor conocimiento y preocupación por la situación salvadoreña, especialmente en el tema de los derechos humanos |
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Guerra civil |
a) La prolongación de la guerra con su efecto sobre la situación económica, social y política.
b) Inflexibilidad de ambas partes en conflicto y de los distintos actores sociales y políticos con tendencias ocasionales a la radicalización de las posiciones.
c) Envenenamiento y polarización de las mentes por buena parte de los medios de comunicación social.
d) Ventajas para algunos sectores de la prolongación de la guerra. |
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Posturas sobre la salida del conflicto |
a) Mayor concientización, especialmente entre los sectores populares sobre la gravedad de la situación, sobre la necesidad de una solución negociada no militar.
b) Reconocimiento del FMLN como fuerza política representativa. |
Cuadro 1. Aspectos coyunturales de la guerra civil salvadoreña. 1988. Fuente: Elaboración propia con base en Ellacuría, Documento síntesis para el Debate Nacional,1988. Se ha transcrito íntegro los textos de la columna derecha
¿Cuál paz?
Del cuadro 1 se puede deducir que las guerras tienen efectos graves en las sociedades que las sufren. No solo por las muertes violentas sino por toda una cadena de descomposición social abonada por un Estado que gasta recursos en armas y no en desarrollo humano. A la par que se celebraba la Firma de los Acuerdos de Paz, la sociedad salvadoreña experimentaba la creciente delincuencia común. El Diario de Hoy del 31 de enero de 1992 recogía el clamor de una víctima de ese tipo de violencia: «¿Cuál paz? ¿Dónde está la paz?»[20].

Imagen 7. Reclamo de víctima de la violencia social a dos semanas de la Firma de los Acuerdos de Paz. Fuente: Sección Hoy, El Diario de Hoy, 31 de enero de 1992, p. 2
En resumidas cuentas, don Sergio y Ellacuría buscaban ponerle fin a la guerra civil en El Salvador por la vía negociada (coyuntura). Querían la paz. Una que no se redujera al fin de la guerra en sí, sino que también acabara con la violencia social-delincuencial o con cualquier otro tipo de violencia surgida de la civilización capitalista (estructura de realidad). En el análisis que hace Ellacuría sobre los primeros cien días del Gobierno de ARENA, afirmó:
«Se reconoce, en primer lugar, que en El Salvador se da una verdadera guerra, considerada por él [Cristiani] como fratricida e injusta y que no basta con el binomio lucha armada-elecciones para acabar con ellas; esta guerra, por más que haya sido «desatada por fuerzas totalitarias marxistas leninistas», tiene como base profundos problemas sociales y económicos, sin cuya superación poco se podrá hacer para alcanzar una paz justa y duradera»[21].
Así pues, para acabar con la guerra y conseguir una paz realmente justa y verdadera, se debía apuntalar sobre los aspectos estructurales que la habían originado (ver cuadro 2).
«La raíz está en la injusticia estructural, manifestada en la concentración injusta de la riqueza, especialmente de la tierra, pero también de la industria y el comercio en grupos sociales pequeños, que marginan a la inmensa mayoría de los beneficios, imposibilitando la reproducción material y espiritual de la mayor parte de la población»[22].
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Principales causas estructurales de la guerra |
a) El conflicto no surge por una agresión del comunismo internacional, a la que se responde en alianza con Estados Unidos, sino que es fundamental y primordialmente endógeno y se debe sobre todo a la injusticia estructural.
b) La injusticia estructural está sostenida por la violencia institucional y la represión, que mantiene al pueblo en condiciones inhumanas con negación de sus derechos fundamentales.
c) La lucha armada surgió al agotarse los caminos de solución no violenta y al cerrarse las posibilidades reales de participación popular.
d) Ha sido una forma legítima de luchar para superar una situación intolerable y constituyó la respuesta de sectores representativos de la sociedad ante la falta de espacios de participación política, los fraudes electorales, la represión y la injusticia estructural. |
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Orden capitalista |
a) Agotamiento del modelo capitalista agroexportador dependiente en el marco de una estructuración injusta del comercio internacional.
b) El poder del Estado y de sus Órganos se configura en beneficio de las minorías... constituyéndose así en un sistema político excluyente, injusto, débil y represivo. |
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Guerra Fría |
a) Injerencia directa permanente de sectores militares en la conducción del Estado y de la sociedad en apoyo a las oligarquías y sectores dominantes y actualmente a los intereses norteamericanos.
b) Aunque el conflicto salvadoreño no surge del enfrentamiento Este-Oeste, queda enmarcado e influido por él, porque entran en juego los intereses de los bloques, pero en grado desigual pues en nuestro caso influye mucho más el interés de la seguridad norteamericana que el interés del expansionismo soviético |
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Desarrollo Humano |
a) Enorme presión demográfica sobre un territorio, pobre en recursos y con bajo nivel de desarrollo cultural y científico.
b) Un sistema educativo inadecuado para el desarrollo intelectual, moral y político de la mayor parte de la población.
c) Existencia masiva de desplazados, refugiados y marginados. |
Cuadro 2. Aspectos estructurales de la guerra civil salvadoreña. 1988. Fuente: Elaboración propia con base en Ellacuría, Documento síntesis para el Debate Nacional,1988. Se ha transcrito íntegro los textos de la columna derecha
Las alternativas al capitalismo
La paz promovida por Don Sergio y Ellacuría implica necesariamente[23] tocar la fuente de todas las violencias: el capitalismo. Para ellos es una contradicción que la Iglesia o cualquier expresión cristiana defienda a este sistema estructuralmente injusto y causante de guerras como la salvadoreña.
En el caso de Don Sergio, «fustiga a la Iglesia del continente que, en general, apoya de facto al capitalismo»[24]. Frente a lo cual, optó abiertamente por apoyar procesos revolucionarios de corte socialista, aunque aclara: «no soy marxista ni comunista, pero no soy tampoco antimarxista ni anticomunista. Soy eso sí, antiimperialista. Porque el capitalismo es de por sí, anticristiano. Mientras que el marxismo, el comunismo, el socialismo no son de por sí anticristianos»[25]. Asimismo, el 16 de mayo de 1986 le expresó a un grupo de jóvenes nicaragüenses en Cuba la relación que concebía entre el cristianismo y revolución política, un ejemplo de teopraxis:
«No es lo mismo cristianismo que revolución. La revolución es la mediación para que el cristianismo, para que la relación con aquél que es el padre de nuestro señor Jesucristo. La mediación para que ese padre se manifieste, sea conocido y sea glorificado en el pueblo. La mediación para que el amor, la justicia, la igualdad, la libertad florezcan en un pueblo. Se necesitan las mediaciones políticas para que las estructuras de un pueblo sean auténticamente relacionadas con los principios cristianos.
»Pero el proyecto revolucionario es el que debe aplicarlas para que haya igualdad en el pueblo, para que no haya nada más igualdades individuales buscadas por los individuos, sino que la igualdad reine en el pueblo, para que la justicia se aplique en el pueblo y no contra el pueblo, no sobre el pueblo»[26].
El país que encarnaba la civilización de corte capitalista era Estados Unidos y su sistema con una estructura injusta:
«Muchos solamente se sumaron en Nicaragua a la revolución por estar contra Somoza. Pero querían después continuar con un sistema que fuera un somocismo sin Somoza. Y desgraciadamente parece que en esto algunos eclesiásticos, algunos obispos participaban de esta idea: de un somocismo sin Somoza. Es decir, del mismo sistema capitalista que continuara en Nicaragua.
»El sistema norteamericano, ese piensa mal. Está organizado el sistema para la explotación de nuestros pueblos, no solo es el gobierno. Es el sistema de vida del aprovechamiento para la propia satisfacción, para el consumismo de la nación norteamericana. Para el armamentismo de la nación norteamericana, que quiere imponer su ley a todo el mundo con las innumerables bases distribuidas por todo el mundo, con las armas más sofisticadas para dominar al mundo»[27].
Por su parte, Ellacuría, en coincidencia con Don Sergio, considera que el capitalismo está en contradicción con el cristianismo:
«Ya se han hecho muchas pruebas e intentos de corrección cristiana del capitalismo y los resultados no han sido buenos, ni siquiera en el orden la satisfacción de las necesidades básicas, ya no se diga en el terreno ético de construir un hombre nuevo y una tierra nueva»[28].
Plantea como alternativa al capitalismo una civilización radicalmente diferente: la civilización de la pobreza. No se trata de una pauperización de la sociedad. El título tiene un aspecto provocador sin duda. Responde a una paradoja: mientras la civilización actual dice promover la riqueza, en la práctica lo que produce es pobreza en grandes sectores de la humanidad.
«La civilización de la pobreza se denomina así por contraposición a la civilización de la riqueza y no porque pretenda la pauperización universal como ideal de vida. Ciertamente, la tradición cristiana, estrictamente evangélica, tiene una enorme desconfianza con la riqueza… lo que aquí se quiere subrayar es la relación dialéctica riqueza-pobreza y no la pobreza en sí misma»[29].
El que unos pocos se favorezcan en detrimento de las grandes mayorías no es ni racional ni ético ni humano, es un orden que se acerca más a lo salvaje. En resumidas cuentas, lo central de la civilización de la riqueza es lo siguiente:
«La civilización de la riqueza y del capital es aquella que, en última instancia, propone la acumulación privada del mayor capital posible por parte de individuos, grupos, multinacionales, estados o grupos de estados, como la base fundamental del desarrollo y la acumulación poseedora, individual o familiar, de la mayor riqueza posible como base fundamental de la propia seguridad y de la posibilidad de un consumismo siempre creciente como base de la propia felicidad.
»No se niega que tal tipo de civilización, vigente tanto en el este como en el oeste y que debe llamarse civilización capitalista –sea capitalismo de Estado o capitalismo privado–, ha traído bienes a la humanidad… pero ha traído males mayores y sus procesos de autocorrección no se muestran suficientes como para revertir su curso destructor»[30].
La alternativa, la civilización de la pobreza, en cambio, «propone, como principio dinamizador, frente a la acumulación del capital, la dignificación por el trabajo, un trabajo que no tenga por objetivo principal la producción de capital, sino el perfeccionamiento del hombre»[31]. El aspecto de fondo es que «no se necesita la apropiación privada de los bienes comunes para cuidar y disfrutar de ellos»[32].
En definitiva, «el objetivo utópico no es que todos tengan mucho por la vía de la apropiación privada y exclusivista, sino que todos tengan lo necesario y quede abierto a todos el uso y disfrute no acaparador y exclusivista de lo que es primariamente común»[33].
Solo de esta manera, con una nueva civilización, la paz –en toda su plenitud– será posible. Mientras no se toque de raíz la mentalidad que solo desde la acumulación sin límites se puede logra la realización individual y colectiva, las violencias coyunturales seguirán recordando la fuente de donde surgen. Porque el capitalismo con esa lógica «ha llevado a la ruptura caínica de la humanidad y a la formación de un hombre explotador, represivo y violento»[34].
Conclusiones
La coyuntura de guerra civil en El Salvador en la década de los ochenta hizo coincidir a Don Sergio e Ignacio Ellacuría en cuanto a la salida negociada. En relación con el marco interpretativo que ambos personajes realizaron para entender en profundidad el porqué de la guerra, también hay coincidencias que se pueden comprender, dado su talante religioso, no tanto desde la teopráctica (mera acción humana derivada de la fe profesada) sino de la teopraxis (pretensión de hacer transformaciones radicales en el ordenamiento de la sociedad con inspiración desde la fe).
Pudiera considerarse que sí hay diferencias entre ambos. Diferencias que no son de fondo sino de forma. Don Sergio planteó que las revoluciones socialistas en América Latina eran la alternativa cristiana para construir un orden político, social y económico más acorde con los valores propios del Evangelio, concebido desde la Teología de la Liberación. Aunque las revoluciones no fueran en sí cristianas, sí las consideraba terreno fértil para la vivencia de la fe.
«En la actualidad esta salida a una sociedad no capitalista, se ha perdido. Incluso en este momento donde hay cambio en el país [México] y se pretende ser un cambio radical, una transformación radical. Lo que dice el jefe del Ejecutivo: va a la raíz de los problemas. La salida que se nos plantea es la construcción de un Estado Benefactor.
»Un Estado Benefactor que existía en 1980, en 1970. Pero ese Estado Benefactor no rompe con los límites del capitalismo. Se ajusta al capitalismo. Lo «humaniza». Lo hace más amable. Explotan menos, te oprimen menos, pero no se acaba la explotación ni la opresión. Lo que está planteando Méndez Arceo en el 78 –o desde los 60 dice él–, es que la única salida para América Latina, es el socialismo»[35].
Ellacuría –no asumió el socialismo como vía– teorizó originalmente sobre una civilización que fuera más allá incluso de los socialismos en América Latina. Incluso llegó a etiquetar al socialismo soviético de ser una especie de capitalismo de Estado.
No obstante, en el
fondo existe una gran coincidencia entre ambos personajes: desde su concepción
teológica, el cristianismo es incompatible con el capitalismo y, por tanto, se
hace ineludible la búsqueda de construir alternativas de organizar la vida
humana que superen los males intrínsecos a la civilización ahora hegemónica.
Con esa utopía de
fondo, Don Sergio y Ellacuría deben ser considerados
personajes medulares en la Firma de los Acuerdos de Paz en el Castillo de
Chapultepec, aunque ese día o en las conmemoraciones posteriores no hayan
tenido mayor notoriedad[36]
por parte de las autoridades[37].
Por ejemplo, las siguientes líneas reflejan el olfato político de Ellacuría que se atrevió a pronosticar meses antes de su
asesinato lo siguiente:
«Hasta se podía esperar que El Salvador había entrado esta vez definitivamente en el verdadero camino de la paz, por mucho que este camino fuera arduo y largo. Lo que no parecía posible en los primeros noventa días de Cristiani acabó cuajando en los siguientes diez días de septiembre por un conjunto de esfuerzos, que eran la respuesta al proceso profundo de una necesidad histórica, la cual puede ser frenada por uno o por otro en cortos lapsos de tiempo, pero no puede ser cortada definitivamente por nadie»[38].
Así fue. La ofensiva de 1989 no logró frenar los esfuerzos que derivaron en la Firma de los Acuerdos de Paz en 1992. Aunque las balas represoras del Ejército salvadoreño le arrebataron la vida, la historia le dio la razón sobre este proceso. Don Sergio sí logró presenciar el acto histórico en el Castillo de Chapultepec. Pocos días después, falleció. Por de pronto, queda por decir que la deuda por construir una alternativa al capitalismo, no solo desde la fe, sino también desde la Academia y de la vida social en general, sigue siendo una deuda con estos personajes históricos que procuraron la paz en El Salvador, en México y en el mundo. La memoria histórica les debe tener siempre presente por haber sido verdaderos artesanos de la paz y animadores de utopías que hagan caminar en pro de mejorar cualquier sociedad.
· Becario del Programa de Becas Posdoctorales, México, asesorado por el Dr. Luis Rodríguez.
[1] Cfr. VIDELA, G., Sergio Méndez Arceo, un Señor Obispo, Juan Pablos Editor, Ciudad de México, 2010, pp. 52, 176 y 200.
[2] ONU, De la locura a la esperanza. La guerra de 12 años en El Salvador. Informe de la Comisión de la Verdad para El Salvador, Editorial de Cultura Popular, San Salvador, 2006.
[3] Fuerzas Populares de Liberación «Farabundo Martí» (FPL, 1970), Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP, 1972), Fuerzas Armadas de Resistencia Nacional (FARN, 1975), Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos (PRTC, 1976) y las Fuerzas Armadas para la Liberación (FAL, 1980).
[4] ONU, op. cit., p. 33.
[5] Ibídem, p. 36.
[6] Ibidem, p. 38.
[7] Juan Pablo II, Homilía del 6 de marzo de 1983, con acceso disponible en: https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/homilies/1983/documents/hf_jp-ii_hom_19830306_san-salvador.html
[8] ONU, op.
cit., p. 41.
[9] Ibidem,
p. 46.
[10] Ibidem,
p. 47.
[11] BENÍTEZ, R., «Guerra civil en El Salvador y esfuerzos para alcanzar la paz», Revista Mexicana de Política Exterior, 28 (1990), pp. 29-30.
[12] Texto de la Declaración disponible en: https://cedema.org/digital_items/4599
[13] Lerma, E., Los otros creyentes. Territorio y teopraxis de la Iglesia liberadora en Región Fronteriza de Chiapas, CIMSUR-UNAM, San Cristóbal de Las Casas, 2019, p. 40.
[14] MÉNDEZ ARCEO, S., Compromiso cristiano y liberación (Vol. 1), Ediciones Nuevo Mar – Centro de Estudios Ecuménicos, México, 1985, pp. 219-220.
[15] MÉNDEZ ARCEO, S., «Cartas de Méndez Arceo al presidente Cristiani, al arzobispo Rivera y al comandante Handal», Archivo Histórico del Secretariado Internacional Cristiano de Solidaridad con América Latina (SICSAL), Caja 3, Legajo 1, Expediente 17 B, México, 1992.
[16] BENÍTEZ, R., op. cit., pp. 30-31.
[17] GONZÁLEZ, L., «Pensar la realidad nacional», Alianet.org, con acceso en: https://www.alainet.org/es/articulo/206054
[18] CRISTIANI, A., «El juez ordena la detención del expresidente Cristiani en El Salvador», DW (2022), con acceso en: https://p.dw.com/p/48O0r
[19] ESCOBAR, D., «Lo que escribió el Padre Ellacuría sobre el inicio del proceso de negociación de la paz en los primeros 100 días del Presidente Cristiani (I)», La Prensa Gráfica (2017), con acceso en: https://www.laprensagrafica.com/opinion/Lo-que-escribio-el-Padre-Ellacuria-sobre-el-inicio-del-proceso-de-negociacion-de-la-paz-en-los-primeros-100-dias-del-Presidente-Cristiani-I-20170114-0064.html
[20] Sección Hoy, «Asesinan a comerciante de ganado en Soyapango», El Diario de Hoy (31 de enero de 1992), p. 2.
[21] ELLACURÍA, I., «El diálogo en los primeros cien días de Cristiani», Centro de Documentación virtual Ignacio Ellacuría, SJ (1989), Caja 9, Carpeta 18, con disponibilidad en: https://www.uca.edu.sv/centro-documentacion-virtual/wp-content/uploads/2015/03/C09-c18-.pdf
[22] ELLACURÍA, I., «Documento síntesis para el Debate Nacional», Centro de Documentación virtual Ignacio Ellacuría, SJ (1988), Caja 9, Carpeta 15, con disponibilidad en: https://www.uca.edu.sv/centro-documentacion-virtual/wp-content/uploads/2015/03/C09-c15-.pdf
[23] En esto consiste la esencia de su interpretación del mundo y de su crítica a la estructura de la realidad.
[24] VIDELA, G., op. cit., p. 52.
[25] MÉNDEZ ARCEO, S., «Homilía dominical del 12 de julio de 1981», Archivo Sonoro Sergio Méndez Arceo, SICSAL, Cuernavaca.
[26] MÉNDEZ ARCEO, S., «Discurso de don Sergio Méndez Arceo en la escuela nicaragüense de la Isla de la Juventud en 1986», Archivo Sonoro Sergio Méndez Arceo, SICSAL, Cuernavaca.
[27] Ídem.
[28] ELLACURÍA, I., «Utopía y profetismo desde América
Latina. Un ensayo concreto de soteriología histórica», en I. Ellacuría, Escritos Teológicos (Vol. II), UCA
Editores, San Salvador, 2000, p. 286.
[29] Ibidem,
p. 274.
[30] Íbidem, p. 273.
[31] Íbidem, p. 275.
[32] Íbidem, p. 276.
[33] Ídem, p. 277.
[34] Ídem, p. 266.
[35] CEREZO, A. «Foro virtual: el legado de Don Sergio», Ajusco Radio (4 de febrero de 2022), con disponibilidad en: https://www.facebook.com/AjuscoRadio/videos/4644641455585261
[36] En el discurso de Schafik Handal hizo una referencia a Ellacuría donde le reconoce el papel vital en la negociación.
[37] Desde la llegada la presidencia de Nayib Bukele en junio de 2019, la Firma de los Acuerdos de Paz no se conmemora oficialmente, muy a pesar de la trascendencia histórica para El Salvador.
[38] ELLACURÍA, I., «El diálogo en los primeros cien días de Cristiani», op. cit., cursivas añadidas.