Vencer el mal a fuerza de bien

 

Overcoming Evil with the Power of Good

 

Maximiliano Loria

Universidad San Pablo

jorge.loria@academico.ugm.cl

jmloria@ucsp.edu.pe

 

Resumen

La reflexión que comparto a continuación se compone de tres momentos. En primer lugar, expresaré lo que podría denominarse una «indagación fenomenológica» de la experiencia del mal. Seguidamente, describiré algunas de las ideas enunciadas por Paul Ricoeur en su ensayo titulado El mal... Un desafío a la Teología y a la Filosofía (2006) en el cual se propone complementar la «reflexión teórica sobre el mal» con aquello que el filósofo denomina «respuestas del actuar y del sentir». Por último, esbozaré algunas conclusiones personales sobre la cuestión.

Palabras clave

Mal, Ricouer, Bien, Filosofía, Teología

 

Abstract

The reflection I share below consists of three parts. First, I will express what could be called a «phenomenological inquiry» into the experience of evil. Next, I will describe some of the ideas put forward by Paul Ricoeur in his essay entitled Evil... A Challenge to Theology and Philosophy (2006), in which he proposes to complement the «theoretical reflection on evil» with what the philosopher calls «responses of action and feeling». Finally, I will outline some personal conclusions on the matter.

Keywords

Evil, Ricouer, Good, Philosophy, Theology

 

Introducción: siempre es viernes Santo[1]

Ayer por la tarde me encontraba feliz, con un corazón rebosante de agradecimiento por las muchas cosas maravillosas –hijos que son un milagro, buenos amigos, libros que me ayudan a pensar, trabajo– que, según creo, Dios me ha regalado. Disfrutaba así del día soleado en compañía de estos pensamientos mientras me dirigía en bicicleta hacia la universidad en la que trabajo. Todo semejaba estar en orden: el cosmos entero parecía justificarse a la vista de semejante armonía.

Un instante después todo cambió; un fuerte ruido producto de un impacto llamó mi atención y, al darme vuelta, advierto que, a pocos metros de donde me encontraba, un motociclista había sido atropellado por un vehículo. Al parecer, su estado era grave. Así, en pocos segundos se disipó el buen influjo anímico bajo el cual me encontraba. Entonces, mil cuestionamientos, pensamientos e imágenes comenzaron a deambular por mi mente. Me pregunté si el hombre que había sido atropellado tendría una familia o unos hijos maravillosos como los míos que lo aguardasen en casa; me cuestioné acerca de qué clase de inquietudes se debatirían en la mente de esta persona para ir tan distraída conduciendo la motocicleta; me inquietaba lo que sentiría en este momento la persona que manejaba el auto al tomar conciencia de que había herido tan gravemente a otro ser humano.

Todo parecía estar bien y, de repente, «Job» se hace presente. Era la hora de la nona: yo creía estar envuelto en una «soleada tarde de Pascua» y, un segundo después, aparecen las «oscuras nubes del viernes santo». Nada podía hacer por evitar el dolor de la persona que estaba tendida a mi lado. Me invadieron la impotencia y el temor: bien podría haber sido yo el de la moto... o el del auto. Hice un esfuerzo por alejar de mi mente estos pensamientos que solo me conducirían a un estado de angustia: «Dios sabe por qué pasan estas cosas», me dije. Alcé la mirada al cielo con la intención de encomendar a la víctima y su familia. Luego, continué silenciosamente mi camino.

He aquí que el mal –lo malo, el sufrimiento, la desgracia– se han hecho repentinamente presentes en torno a lo que parecía rebosar de belleza y de bondad; así como el auto arrolló al joven de la motocicleta, del mismo modo, la súbita y obligada toma de conciencia de nuestra «común contingencia», me derrumbó del pedestal anímico en el que me encontraba.

Jaspers sostuvo que las «situaciones límite» constituyen uno de los gérmenes del pensar filosófico. En este sentido, debo confesar que el mencionado acontecimiento de carácter triste, constituyó para mí el germen de algunas reflexiones y lecturas destinadas a procurar comprender mejor el «escándalo», y la perplejidad, que nos produce la presencia del mal en este mundo (fruto de dicho esfuerzo son las reflexiones que ahora me propongo compartir).

Al comenzar (como indiqué en el resumen) quisiera poner de manifiesto que algunas de las ideas aquí propuestas surgieron de un imaginario intercambio que sostuve con el filósofo francés Paul Ricoeur luego de leer, detenidamente, una conferencia que pronunció en el año 1985 en la Facultad de Teología de la Universidad de Lausana, editada en castellano bajo el nombre de EL MAL... Un desafío a la Teología y a la Filosofía.

 

De qué hablamos cuando hablamos del Mal: una indagación fenomenológica

Aun cuando intente uno remontarse hasta la comprensión de los principios teóricos que sustentan una determinada realidad, es preciso comenzar a pensar a partir de «lo dado»; resulta imprescindible inaugurar la tarea filosófica partiendo de aquello que, fenomenológicamente, se nos manifiesta. Por esta razón decidí comenzar a problematizar la cuestión del mal procurando escrutar qué piensan las personas corrientes[2] acerca de este «incómodo» tema. En este sentido, no es casual el calificativo que he utilizado, pues una primera y epidérmica mirada al problema que me ocupa pone enseguida de manifiesto que la presencia de aquello que experimentamos como «algo malo», constituye una especie de estorbo, una «piedra de tropiezo», para lo que podría considerarse el «normal» desarrollo de nuestras vidas.

Es claro que «el mal» constituye una de esas realidades que a los seres humanos nos cuesta «mirar a la cara»; no obstante, aunque psicológicamente nos neguemos a reconocer su existencia, la experiencia cotidiana nos demuestra sobremanera que «el mal» siempre está allí, acechando en todo momento como ladrón «a la vuelta de cada esquina». En cualquier instante de la vida, «lo malo», lo que íntimamente nos desagrada y perturba, se hace presente. Es evidente que a todos nos pesa tener que convivir con tan ingrato compañero. «El mal» constituye una especie de bagaje con el cual tenemos que cargar, pero es manifiesto que a todos nos agradaría «sacárnoslo de encima».

Es curioso observar cómo la mayoría de las personas suele evadir hablar abiertamente de esta cuestión. Y no solamente en razón de que el «problema del mal» constituya una de esas cuestiones que a priori se muestra a nuestra conciencia como algo que está por encima de nuestra natural capacidad de comprensión, sino también por una supersticiosa e irracional creencia arraigada en el sentir popular que sostiene que cuando uno habla mucho de estas cosas, ellas «se nos vienen encima»: no hay que llamar a la desgracia, nos han dicho siempre nuestras abuelas.

Ahora bien, este rechazo psicológico a hablar –a debatir, a reflexionar– explícitamente acerca de la «cuestión del mal» curiosamente se contrapone con una especie de impulso un tanto morboso que a muchos mueve a consumir imágenes en las que se muestran –de la manera más escandalosa– las mayores miserias que un hombre puede llegar a padecer, o las más feroces atrocidades que una mente enferma y maligna ha logrado concebir y cometer.

Otra cuestión que me parece importante destacar es el hecho de que «el mal» suele manifestarse a la inmediata percepción de nuestra conciencia como algo que, indefectiblemente, los demás siempre «nos hacen»; el mal es, precisamente, aquello que «los otros me hacen». Quiero decir, los seres humanos nos detenemos a reflexionar acerca de lo que pudimos haber dicho o realizado para contribuir a la expansión del sufrimiento en el mundo. No es casual, por ejemplo, que hoy haya desaparecido de nuestras prácticas sociales aquello que nuestros padres conocían como el cotidiano «examen de conciencia»; estimo que solo un escasísimo número de personas se detiene al finalizar su jornada para «hacer memoria» de los actos que durante el día realizó y, de este modo, discernir si fueron o no conformes con aquello que nos exige el florecimiento humano. Dejando a un lado el aspecto religioso de esta práctica (que en realidad tiene sus orígenes en algunas escuelas del helenismo), pienso en lo beneficioso que puede resultar para el mejoramiento de nuestras relaciones familiares y sociales, el recuperar un espacio cotidiano de íntima reflexión sobre nuestro modo de proceder con los otros.

A su vez –cuando «el mal» es concebido unívocamente como aquello que «los otros me hacen»–, es frecuente que, cuando nos resulta imposible «achacar» a otra persona la culpa por lo que nos pasa, los seres humanos descarguemos sobre Dios la responsabilidad directa por los males que nos tocan: «Dios me castigó», piensan aún hoy muchas personas que cuando les toca padecer algún mal que, según es manifiesto, no fue causado directamente por otro ser humano; «me cache en diez», decían insultando al cielo nuestros mayores cuando negaban a aceptar los supuestos –y adversos– dictámenes divinos.

Avanzando un poco más en este horizonte de indagaciones, estoy convencido de que, en el intento de profundizar en una comprensión fenomenológica de lo que el común de la gente piensa en relación con el «problema del mal», puede resultar iluminador realizar una breve exégesis de ciertos «lugares comunes» a los que las personas suelen recurrir al momento de tener que encontrar una respuesta que procure esclarecer el sentido de los pequeños o grandes males que nos afectan. Por ejemplo, ¿no adhiere acaso la mayoría de las personas a la voz popular que dice: «piensa mal y acertarás», con el propósito de expresar la necesidad de instaurar un permanente manto de sospecha sobre las supuestas “buenas intenciones” de los otros? Bajo este presupuesto, aquel que se encuentra a nuestro lado deja de ser comprendido como alguien que puede construir junto a nosotros una sociedad más justa y solidaria y, en contraposición, comienza a ser mirado a priori con desconfianza. La «prudencia de la calle» aconseja que, si uno no desea verse perjudicado en sus intereses y, menos aún, sufrir inútilmente, jamás se debe confiar demasiado en los otros.

¿No dicen acaso también las malas lenguas que «yerba mala nunca muere», pretendiendo afirmar con ello la arraigada creencia popular de que a las personas malvadas les suele, en definitiva, ir mejor en la vida que a aquellas que intentan ser siempre buenas y generosas? Al sujeto que se esfuerza en ser honesto y sin doblez solemos llamarlo «buenudo», mientras que al oportunismo y la mentira la bautizamos de «viveza criolla».

Hasta aquí, procuré aproximarme a la «cuestión del mal» destacando aquellas experiencias con la que podemos llegar a tener que lidiar cotidianamente. De acuerdo a lo que sostuve arriba, desde esta perspectiva «el mal» es considerado como «aquello que los demás me hacen»: es lo que la gente mala realiza; el castigo que Dios me mandó, ya sea a causa de mis pecados o como consecuencia de su perverso capricho.

No obstante, al concebir el «enigma del mal» como «lo que está allí para estorbarnos» –el mal es, en primer lugar, algo que nos molesta y nos resulta casi insoportable tener que mirar a la cara– aparece, en el horizonte de esta primera percepción, otra forma complementaria de registro fenomenológico de esta realidad. Al toparnos con lo que podemos llamar «el mal», paralelamente nos damos cuenta de que su experiencia se encuentra vinculada con la manifestación de una «carencia»: decimos que algo, o alguien, «está mal», cuando advertimos que «le falta algo», cuando nos damos cuenta de que carece de algo que, en principio, vislumbramos como imprescindible para que este ser alcance la plenitud de su existencia. Y aquí somos, nos guste o no, agustinianos.

Sabido es que el obispo de Hipona negaba la realidad ontológica del mal: «el mal no es un ser». Para Agustín, aquello que llamamos mal no era sino la manifestación de la «carencia de un bien que debería existir» en un determinado ser y que, por alguna razón, ha desaparecido.

Ahora bien, es inevitable que en el espíritu de las personas –sobre todo en aquellos sujetos a quienes la presencia del mal no escandaliza tanto como para preferir hacer oídos sordos a la cuestión– no surja, frente a la toma de conciencia de esta carencia, la inquietud por discernir la causa de este mal: ¿por qué parece que las cosas están falladas? ¿Por qué no todo se encuentra como uno, a priori, cree que debería estar? Y el escándalo se agudiza aún más cuando aquello a lo cual «le falta algo», se encuentra cercano a nosotros; es decir, cuando «lo que está mal», es caro a nuestros sentimientos. Pues entonces aparece el sufrimiento para nublar aún más nuestra inteligencia de las cosas y para renovar el dramatismo propio de la finitud de la existencia: ¿qué es el sufrimiento sino el dolor que surge en nuestra alma cuando aquello que manifiesta tener una carencia es amado por nosotros? Y cómo no llegar al extremo de la impotencia y del dolor cuando nos tropezamos –al menos potencialmente– con el hecho de que el mal (la falta de bien, la falla ontológica) puede llegar a estar en alguien a quien nosotros amamos más que a nuestra propia vida, como puede ser el caso de tener que afrontar la realidad de que a uno de nuestros hijos le ocurra algo malo; de solo pensar estas cosas dan ganas de apagar el laptop y dedicarse a indagar otras cuestiones.

Pero ¿hasta qué punto puede ser valioso detenerse a pensar estas cosas? Supongamos, hipotéticamente, que encontramos una respuesta adecuada; pensemos que hallamos una explicación satisfactoria a la pregunta que inquiere sobre el «porqué» del mal en el mundo. ¿De qué nos serviría tal cosa? ¿Puede acaso una «respuesta teórica» solucionar las cosas? ¿Puede servir de consuelo a alguien que experimentó la pérdida de un objeto amado el conocer «la razón» por la cual ello le aconteció? Quiero decir: si aceptamos definir al mal como la «carencia de un bien que debería estar presente», es claro que, por más que nos aboquemos a buscar las razones que expliquen el motivo por el cual ello sucede, lo único que puede «solucionar el mal», es la «restitución» del bien perdido. Es verdad que uno puede hacer más llevadero el sufrimiento si es capaz de encontrarle sentido; no obstante, lo único que puede hacer soportable el dolor causado por la pérdida de algo que se ama, es la esperanza de poder recobrarlo o, al menos, el reconocimiento de que aquello que hemos perdido no merecía el compromiso de nuestro amor.

Espero que las reflexiones precedentes hayan contribuido a una aproximación primera, teórico existencial, al estudio de la realidad del mal: el mal es lo que nos estorba; lo que los demás nos hacen; lo que, a primera vista, está fallado; es lo que Dios nos manda como retribución por nuestros pecados. Resulta claro que, al haber abierto la «Caja de Pandora» de los males, no hemos sino engendrado nuevos y más profundos interrogantes: ¿de dónde viene el mal?, ¿qué tiene que ver Dios –si es que existe– con la presencia del mal en el mundo?, ¿es Dios autor de los males? Y, si no lo es, ¿por qué razón los permite?, ¿por qué la naturaleza se nos muestra hostil y nos amenazan constantemente las catástrofes?, ¿por qué la enfermedad y por qué la muerte? ¿No sería, acaso, «más razonable» –ya que hemos de morir– que fuésemos como los animales que no tienen conciencia de su propia contingencia?[3]

 

El actuar y el sentir como respuestas

En la conferencia mencionada en la introducción de este ensayo, el filósofo francés Paul Ricoeur se afinca en la convicción de que el «problema del mal» (¿cuál es el origen del mal?, ¿de dónde viene que hagamos el mal?) constituye, en sus últimos fundamentos, un «enigma» para nuestra razón: «el mal» pertenece a aquellas realidades fronterizas llamadas, por un lado, a motivar la especulación humana, aunque, por otra parte, hemos de reconocer que es imposible alcanzar una comprensión auténtica de dichas cuestiones. En este sentido, a través de su estudio, Ricoeur pone de manifiesto cómo el itinerario seguido por la especulación filosófica y teológica en relación con el «problema del mal» ha culminado en la humilde aceptación de que nos encontramos en presencia de una «aporía». Pero insisto, que el problema del mal constituya una dificultad irresoluble para el pensamiento, no significa para Ricoeur que sea preciso desistir del esfuerzo intelectual por entenderlo. La «aporía del mal» ha de ser mirada como un desafío, como una invitación constante a «pensar más y de otra manera».

Aun así, Ricoeur propone complementar el esfuerzo del pensamiento con el compromiso propio de la «acción» y con una particular invitación a la «purificación del sentimiento»: «la acción y la espiritualidad son llamadas a dar a esta aporía no una solución, sino una respuesta destinada a volverla productiva, es decir, a proseguir el trabajo del pensamiento en el registro del actuar y del sentir».[4] Paralelamente al esfuerzo del pensamiento, es preciso dejar de ser indiferentes ante el dolor de aquellos que están a nuestro lado y, de esta forma, comprometernos activa y emocionalmente en la tarea de aliviar sus sufrimientos.

 

El compromiso de la acción

Lo propio de la «acción» no es ya cuestionarse el «origen del mal» (¿de dónde viene el mal?); la pregunta que en este plano ha de realizarse es aquella que se cuestiona acerca de qué podemos, y debemos, hacer contra el mal. En tanto resulta evidente que gran parte de los sufrimientos que numerosas personas padecen son causados por la violencia ejercida por otros hombres, Ricoeur –de manera un tanto retórica se pregunta si acaso no se verían en gran medida disminuidos los padecimientos de muchos seres humanos, si los hombres dejasen de hacer daño a sus semejantes. Es más, cuántas de las llamadas catástrofes naturales, por no hablar de las enfermedades provocadas en los mismos laboratorios de investigación científica, no han sido indirectamente estimuladas por la violencia que el hombre ha cometido contra el medio ambiente. El pensamiento de Ricoeur es categórico en este punto: es preciso que actuemos ética y políticamente por disminuir la violencia: «sea ética o política, toda acción que disminuya la cantidad de violencia ejercida por unos hombres contra otros, disminuye el nivel de sufrimiento en el mundo»[5].

Además, el poner la mirada en el horizonte propio de la «acción» tiene, para Ricoeur, consecuencias en el orden especulativo, pues el compromiso de la acción constituye una invitación a pensar que el «principio del mal» no se encuentra solamente en la influencia directa sobre nuestra voluntad de seres espirituales ontológicamente supriores a nosotros. En el debate acerca del «porqué de la presencia del mal» ya no están solamente Dios y los demonios: es preciso reconocer que nosotros jugamos también un papel importante: «antes de acusar a Dios o de especular sobre un origen demónico del mal... actuemos ética y políticamente contra el mal»[6].

Sin embargo, a pesar del desafío y el compromiso engendrado por la acción y más allá de que se pudiese hacer desaparecer del mundo toda violencia a Ricoeur le resulta manifiesto que, aún en ese hipotético caso, el «reparto de males» a los que la humanidad se vería sometida, continuaría siendo escandaloso. No puede decirse que todas las enfermedades y catástrofes naturales hayan sido provocadas por los desmanes del hombre sobre la naturaleza. Además, la muerte misma –aun cuando desde la especulación pueda considerársela como algo natural, pues lo propio de la materia es corromperse siempre será para nosotros algo «escandaloso»: ¡qué inútil persona podría consolar a alguien que ha sufrido la pérdida de un ser amado diciéndole, con Heidegger, que el hombre es un «ser para la muerte»!

La respuesta propia de la «acción» es insuficiente para traer consuelo al hombre que sufre. Cuando un ser humano es privado, repentina e inexplicablemente, de un bien que experimenta como vital para su propia existencia (como podría ser el caso del padre de familia que es despedido del único empleo que tiene para alimentar a sus hijos; o cuando le avisan a un padre que su hijo sufre una enfermedad terminal; o cuando alguien ve que otro roba descarada e impunemente lo que con gran esfuerzo ha obtenido para su familia) solo podrá hallar consuelo en la recuperación de aquello que ha perdido o, en la obtención de algo mejor.

 

El estadio del sentimiento

En este punto de su ensayo Ricoeur concentra su esfuerzo de reflexión en aquellos cuestionamientos que han constituido la motivación principal de sus especulaciones: ¿qué pueden decir la filosofía y la teología al ser humano que se ve agobiado por el mal?, ¿cómo puede Job encontrar verdadero alivio a sus penas?, ¿qué camino de consuelo puede seguirse frente a la lamentación de la persona que padece injustamente? Frente a la cruda e intransferible experiencia del dolor, Ricoeur nos invita a adentrarnos en la senda de la «espiritualización de la lamentación». Se trata de un itinerario espiritual concebido con el propósito de ayudar al hombre que sufre. Así, la primera etapa de este trayecto se realiza a través de un personal y explícito rechazo de la idea del mal como «retribución divina». Según Ricoeur, lo primero que debe decirse a la persona doliente es que sus padecimientos «no son un castigo». Si hemos perdido nuestra salud, nuestros bienes o el objeto íntimo de nuestro amor, no ha sido en razón de que así «lo merecemos a causa de nuestros pecados»: debemos dejar de autoflajelarnos y de culparnos por aquello que nos ha sucedido.

En un segundo momento de este camino de «espiritualización de la queja», Ricoeur invita al hombre que sufre a «pedir cuentas a la divinidad» por aquello que considera excesivo e injusto. Es este un llamado a asumir, valientemente, la «teología de la protesta» inaugurada por Job: no hemos de conformarnos pasivamente con ideas preconcebidas acerca del motivo de nuestros males; dirijamos al cielo nuestra mirada y exijamos de Dios una nueva «teofanía», una respuesta que aquiete verdaderamente nuestra alma. Tengamos la valentía de decirle a Dios: «¿por qué a mí?»

Por último, Ricoeur nos propone reconocer que el hombre «puede creer en Dios a pesar de la existencia del mal»; es decir, aun cuando no comprendamos el porqué de la presencia del mal en el mundo, no es intrínsecamente irracional dar el asentimiento de nuestra Fe a un Dios infinitamente bueno y poderoso. Después de ello, la palabra de Ricoeur se hace silencio; humanamente, no puede proponer más nada. Es verdad que han existido algunos seres excepcionales que ahondaron más por esta senda de la «espiritualización del sufrimiento», pero «este sentido no puede ser enseñado: sólo puede ser hallado o encontrado»[7].

En síntesis: la realidad del mal exige no sólo un «esfuerzo del pensamiento», sino también el «compromiso de la acción» y la «cura del sentimiento». Aquí se expresa, según creo, el aporte fundamental que Ricoeur realiza en su compromiso por arrojar luz acerca de este tema.

 

Conclusiones personales

Finalizaré este ensayo con la expresión de algunas convicciones personales. Se ha evidenciado ya que una de las cuestiones que Ricoeur destaca más insistentemente es su convencimiento íntimo en relación a la insuficiencia de los desarrollos teológicos y filosóficos para dar una adecuada al «enigma del mal». En este sentido, considero que algunas de las afirmaciones expresadas en el segundo punto de este trabajo pueden haber aclarado, al menos parcialmente, mi posición personal acerca del alcance de las «respuestas teóricas» para brindar una solución a cuestiones plenamente existenciales: el hombre que sufre necesita, sobre todo, nuestro consuelo. Al respecto, considero que pueden darse dos motivos por los cuales una teoría puede resultar insuficiente para dar respuesta a un problema. En primer término, en virtud de que sus razonamientos no capaces de explicar, acabadamente, sus causas y el modo de su resolución. O bien, puede decirse que una respuesta teórica es insuficiente en razón de que, por más que describa plena y acertadamente las causas y los caminos de resolución de un problema, dicha teoría no tiene, en el plano real potestad para «arreglar las cosas»[8]. Mi comprensión del texto de Ricoeur me inclina a pensar que el filósofo francés afirmó la insuficiencia de los desarrollos de la teología y de la filosofía sobre todo en el primer sentido descrito precedentemente: la especulación no ha podido aún encontrar una respuesta coherente y sistemática a la cuestión del mal.

En réplica a esta posición asumida por Ricoeur, he de declarar que estoy personalmente convencido de que ciertos horizontes de especulación filosófico-teológica, aún sin proclamar la soberbia de haber pretendido agotar el problema, han realizado avances significativos en relación a algunos puntos esenciales de esta cuestión.

Desde el plano puramente filosófico, estimo invalorable la definición neoplatónico-agustiniana del mal como «carencia». Creo que el pensamiento puede reposar en la certeza de que el mal «no posee una realidad substancial», en el pleno convencimiento de que el mal «no es un ser». Quiero decir: me parece evidente que el mal sería reducido a la mera potencialidad lógica si «se arreglara» todo aquello de lo cual, fenomenológicamente, podemos decir que «tiene una falla»; si todo aquello de lo cual decimos que «carece de algo», dejase de carecer, entonces, no tendría ontológicamente sentido hablar del mal.

Una segunda cuestión importante sacada a la luz por la filosofía es la intuición de que en la naturaleza humana conviven las actitudes más nobles y generosas junto con las inclinaciones más perversas y egoístas. Es decir: hombre es aquel sujeto que construye las cámaras de gas para exterminar a sus semejantes como también quien ofrece voluntariamente su vida para salvar a otro ser humano. Parece innegable que en el corazón humano conviven estas contradicciones. Así como es manifiesto que las cosas suelen carecer de ciertas perfecciones que, a priori, uno cree que deberían tener, del mismo modo, la voluntad humana suele realizar acciones que, al parecer, no deberían ser realizadas.

Otro aporte filosófico esencial que, de alguna manera, conjuga y explicita los dos anteriores, es la distinción (nombrada por Ricoeur en su ensayo) dada entre el «mal cometido» y el «mal sufrido». Es lo que Santo Tomás distingue como la diferencia entre «mal moral» y «mal de pena». Ahora bien, ¿puede la reflexión filosófica conocer «de dónde viene» el mal?, ¿puede saber la filosofía la razón por la cual las cosas –incluido nosotros mismos– parecen, por momentos, «estar falladas»? Y en referencia a lo que denominamos «mal moral», ¿podemos reconocer, con las solas luces de la razón, de dónde viene que «hagamos el mal»? Además, si bien es evidente que –como Ricoeur sostiene claramente en su ensayo– toda violencia repercute en el acrecentamiento del sufrimiento en el mundo, no obstante, parece imposible para nosotros conocer con certeza, si existe o no, una vinculación esencial última entre las dos formas en las que el mal se manifiesta.

De lo expresado en el párrafo precedente se sigue que no puedo menos que comulgar con Ricoeur en cuanto ciertas las limitaciones propias del conocimiento filosófico. Aun así, estoy convencido de que la teología cristiana ha pronunciado, bajo la luz de la revelación divina, una respuesta adecuada, y existencialmente satisfactoria, al conjunto de estas cuestiones. Si bien no es este el espacio para adentrarse en querellas teológicas, me atrevo, sin embargo, a mencionar estas discusiones en razón de que Ricoeur, permanentemente, despliega sus reflexiones a partir del estudio de numerosos símbolos propios de la teología cristiana. Por ejemplo, el filósofo francés sostiene que la aceptación del dogma del pecado original trae necesariamente aparejada una «visión penal de la historia» y la realidad de que todo sufrimiento tiene que ser visto como un castigo divino.

Por último, me gustaría hacer un breve comentario sobre la invitación al «compromiso de la acción» que hace Ricoeur al final de su ensayo. A todas luces es valorable el deseo del filósofo francés de poder complementar la reflexión teórica sobre el mal con el compromiso personal por apaliar el sufrimiento existente en el mundo. Pues parece evidente que la gran mayoría de los sufrimientos que nos pueden llegar a tocar vivir, son directa o indirectamente causados por la violencia (el descuido o el desinterés) de nuestros semejantes (aquello que Ricoeur denomina las «figuras del mal»). Del mismo modo, muchos de los dolores que tendrán que afrontar nuestros prójimos podrán ser consecuencia de nuestras malas acciones. Piénsese por un instante sólo en las muertes que aún son provocadas por la injusticia social, la corrupción y la falta de tolerancia por cuestiones étnicas o religiosas. En este sentido, estoy junto con Ricoeur convencido de que la práctica concreta del bien es la manera más eficaz de contrarrestar la presencia del mal. Quiero decir: yo creo –aunque hoy día parezca utópico repetirlo– que el amor desinteresado es la única manera de poder conmover a una persona que tiene el corazón endurecido por la práctica del egoísmo y la injusticia. Pues, como sostuvo xx siglos atrás Pablo de Tarso, «solo a fuerza de bien, es posible vencer al mal».



[1] En varios puntos del presente artículo utilizo una serie de metáforas pertenecientes a la esfera religiosa. No empleo dichas imágenes con un sentido apologético, sino en razón de que, según pienso, poseen cierta «fuerza semántica» que las hace aptas para ilustrar adecuadamente los temas que me ocupan.

[2] Utilizo el término «persona corriente» en el sentido en que lo hace MacIntyre a lo largo de su obra, cuando, por ejemplo, afirma que «la filosofía debe partir de las grandes preguntas que se hacen las personas corrientes con el propósito de iluminar estas inquietudes profundamente humanas»; es decir, no realizo un juicio de valor sobre este tipo de personas, sino simplemente hago referencia a los agentes que no se han detenido a estudiar filosóficamente, y en el contexto de la academia, estos grandes temas existencialmente relevantes.

[3] Es imposible desarrollar en este espacio una reflexión teórica sobre cada uno de estos interrogantes. Aquí me limito a proponerlos como surgidos de una primaria indagación fenomenológica.

[4] RICOEUR, P, El Mal. Un desafío a la Filosofía y a la Teología, Ed. Amorrortu, Buenos Aires, 2006, p. 60.

[5] Ibidem, p. 61.

[6] Ídem.

[7] RICOEUR, P, El Mal. Un desafío a la Filosofía y a la Teología, Ed. Amorrortu, Buenos Aires, 2006, p. 66.

[8] Se trata aquí, simplemente, de traer a colación la clásica distinción entre los planos lógico y ontológico de la realidad.