Ministro Provincial
Resumen
La celebración del VIII centenario de la composición del Cántico de las Criaturas por parte de san Francisco ha permitido muchas aproximaciones al poema más significativo para la ecología cristiana. Desde la teología espiritual acompañamos a cada criatura en su sintonía con el Creador. El santo de Asís llamó hermano y hermana a cada una de ellas rescatando la imagen que les imprimió el Creador. A la vez que sitúa a la humanidad en la necesidad de acoger la enfermedad, el perdón y la muerte como ejemplo y a semejanza de Cristo, por el que todo fue creado. Así, el Cántico, del que no conocemos la partitura, nos revela el misterio de Dios en el Cosmos y lo libera del marcó estrecho de la historia.
Palabras clave
San Francisco de Asís, Cántico de las Criaturas, Ecología cristiana, Teología espiritual, Creación, Cosmos, Fraternidad de las criaturas, Cristología cósmica
Abstract
The celebration of the 800th anniversary of the composition of the Canticle
of the Creatures by St. Francis of Assisi has opened new
perspectives for interpreting one of the most significant texts for Christian ecological spirituality. From the
perspective of spiritual
theology, this reflection accompanies each creature in its
harmony with the Creator.
The saint of Assisi called every creature brother and sister, recovering
the image imprinted in them by God. At the same time, he situates humanity
within the spiritual horizon of illness,
forgiveness, and death, realities to be embraced in the
likeness of Christ,
through whom all things were created. Thus, the Canticle—whose
musical score has not been preserved—reveals the mystery of God in the cosmos and frees it from the narrow framework of
history.
Keywords
St. Francis of Assisi, Canticle of the
Creatures, Christian ecology, Spiritual theology, Creation, Cosmos,
Fraternity of creatures, Christological cosmology
Introducción
Todo acercamiento a un escrito de Francisco de Asís provoca emoción y hastío. Emoción porque rescata en nosotros la ternura y la sencillez de la fe, y hastío porque todos los que escribimos pretendemos saber ya lo que Francisco quería y ponemos en sus textos el orden que conocemos hoy.
La aproximación que propongo del Cántico corresponde a la teología espiritual y no sigue el desarrollo de los versos tal y como nos han llegado. He considerado que la raigambre bíblica ayuda mucho a ver el sustrato de la imagen del Creador en lo creado y a comprender la necesidad de la humanidad de comportarse a semejanza del Hijo con todas las criaturas. Francisco fue un poeta cristiano que puso de manifiesto el misterio de la Creación con unas palabras y una música propios. Así pues, comencemos como acostumbre el libro del Génesis.
Desde el principio Dios crea la casa (oikos) en una armonía admirable para que todos los seres vivos, creados por Él, la habiten. La «ecología» y la «economía» poseen el mismo origen porque ambas hablan de la relación y gestión de esa «casa» creada[1] no obstante, su uso difiere de su origen y nos abre a una realidad muy distinta del momento inicial (su origen).
Creación en sintonía: la imagen
Vivimos en una casa grande llamada universo a la que hemos llegado a través de una evolución. Nosotros, la humanidad (Adam), hemos sido creados «a imagen, conforme a nuestra semejanza… Y así creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Gn 1, 26-27), dando lugar a la complementariedad de Adán y Eva.
Después los bendijo y les encargó: «Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra» (Gn 1, 26-28). Y así se le concedió vincularse de una manera fecunda y gozosa.
Más tarde «lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase» (Gn 2, 15), recibiendo la facultad de humanizar la naturaleza.
Estos son los orígenes que se nos relatan y que nos determinan ya que todo lo que existe se encuentra enraizado en el Creador, con una perfección y una armonía que le hizo considerar que «todo cuanto había hecho estaba a su gusto».
Y esta es la causa primera por la que hablamos hoy de la salvaguarda de la Creación que tiene su fundamento, su dignidad y su fin en Dios.
«Tú eres el Dios vivo y verdadero,
el universo está lleno de tu presencia,
pero sobre todo has dejado la huella de tu gloria
en el hombre, creado a tu imagen.
Tú lo llamas a cooperar con el trabajo cotidiano
en el proyecto de la creación y le das tu Espíritu
para que sea artífice de justicia y de paz,
en Cristo, el hombre nuevo». (Prefacio común IX. La gloria de dios es el hombre viviente)
La Creación en Cristo: la semejanza
Todos los principios son bellos, hermosos, llenos de posibilidades, pero el después dista mucho de lo originario. Hoy miramos la Naturaleza con culpabilidad por el trato que le hemos dado a lo largo de la historia. Como estamos en una reflexión espiritual, nos detenemos en los dos relatos de Creación que se conservan en el Génesis porque cada uno propicia una manera diferente de sentirse criatura:
1. El relato sacerdotal describe el proceso creador en un marco temporal de siete días y sitúa a la humanidad como dueña y señora de todo lo creado: «Y dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados, sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra” (Gen 1, 26). Un texto que ha determinado muchos de los salmos e historias dando a la humanidad un poder que jamás hubiera soñado: «Le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies» (Salmo 8).
2. El otro relato, el más antiguo, nos hace mirar a la tierra y a reconocer que salimos del humus, del polvo, del barro con el que el alfarero nos modeló con sus manos. El término «humanidad» viene de «humus», tierra; así como «humildad». Por eso, estar cercanos a la tierra tiene que ver con estar donde nos corresponde y da al fragmento el carácter de cuidado, soplo, cariño y su sello de sus manos.
Las consecuencias de uno y otro propician una identidad diferente de criatura y un modo diverso de incidir en la realidad: ser dominadores o administradores. Para clarificar la diferencia es necesario hacernos una pregunta. ¿Hemos dado la espalda al universo creado? La Biblia parece conceder al hombre el dominio sobre todo lo Creado. La realidad es que los seres y la tierra parecen haberse vuelto en contra de la humanidad.
En la época de Jesús, las influencias griegas y gnósticas concebían a Dios como un ser omnipotente, absoluto e inmutable. Estaban convencidos de que lo creado era algo ya hecho y acabado y que la acción humana contaminaba la Creación de Dios.
Más tarde, la teología patrística latina se empeñó en mostrar a Dios más como el Señor de la historia que como el Señor de la Creación, lo que posibilitó que la Teología occidental diera la espalda al expolio que la ciencia y la técnica estaban realizando con la naturaleza.
El hecho es que la suma de todo esto ha privado a la Naturaleza de su misterio y santidad. La segunda pregunta es, ¿estamos a tiempo de remediarlo?
Los tres argumentos anteriores nos recuerdan la deriva a la que está sometiendo todo lo creado, no obstante, nos permiten recuperar una serie de vestigios que posibilitan la esperanza.
La Biblia abre la puerta a una evolución en el pensamiento con fragmentos que recuerdan que «la tierra es mía, ya que vosotros sois para mí como forasteros y huéspedes» (Lev 25, 23). La propiedad es del único Dueño y Señor de lo Creado: Yahveh. Y la humanidad, los patriarcas, reyes, sacerdotes son meros administradores de algo que no es suyo.
Por otro lado, Creación continúa ya que Dios no se limitó a permitir una explosión de frenética actividad en los seis primeros días y que descansó para siempre a partir del día séptimo. Él sustenta todo cuanto existe: «Dios es Yahveh desde siempre, creador de los confines de la tierra, que no se cansa ni fatiga, y cuya inteligencia es inescrutable» (Is 40, 28). «Jesús les replicó: Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo» (Jn 5, 17).
Así pues, la antropología teológica ha de rendirse a la evidencia de que Dios es tan Señor del cosmos como lo es de la historia y busca un diálogo con todas y cada una de sus criaturas.[2]
Todo esto obliga a reconfigurar nuestro rol en el cosmos. San Pablo fue quien describió nuestras funciones como instrumentos de Dios para llevar a la Creación a su fin: «Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu» (Rom 8, 19-23).
La humanidad creada a Imagen y Semejanza
No quisiera entrar en la realidad del pecado humano en su afán de usurpar el mandato de Dios y creernos más o menos que él, sin reconocer el papel de nuestra libertad y el designio de Dios.
Somos lo que somos y lo que hemos decidido desde Adán. Pero no estamos abocados al fracaso porque cuando «se cumplió el tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para que redimiese a los que estaban bajo la Ley, a fin de que reviviéramos el ser hijos por adopción» (Hebreos 4, 4-5). Es cierto que hemos asumido más la maldición de Adán que la bendición en Cristo y la humanidad tiende más a arrastrarse por los suelos que a levantar la cabeza.[3] Quizá por eso la naturaleza no nos reconoce y, de vez en cuando es necesario un «reset» (Cf. El Diluvio).
Es necesario mirar a Jesús, Hijo de Dios, el Cristo que nos enseñó a vivir en sintonía con el Creador y su Creación. Pensemos que Él «es la Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación, en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él» (Col 1, 15-16). Vinculados a Él recuperamos el ser imagen de Dios y hermanos de todas las criaturas.
Llegados a este punto y con el Cántico de las Criaturas como instrumento, hemos de reconocer que Francisco de Asís es verdadero icono de la Imagen de Cristo, al que se le concedió contemplar, sentir y representar con cuerpo, espíritu y alma. Y de todas sus expresiones estéticas, las más ejemplar es el poema al Dios Creador por sus criaturas.
«Loado seas por toda criatura mi Señor,
y en especial loado por el hermano sol;
que alumbra y abre el día, y es bello en su esplendor,
y lleva por los cielos noticias de su autor.
Y por la hermana luna de blanca luz menor,
y las estrellas claras que tu poder creó;
tan limpias, tan hermosas, tan vivas como son,
y brillan en los cielos. Loado mi Señor.
Y por la hermana agua preciosa en su candor;
que es útil, casta, humilde. Loado mi Señor.
Por el hermano fuego que alumbra al irse el sol,
y es: fuerte, hermoso, alegre. Loado mi Señor.
Y por la hermana tierra que es toda bendición,
la hermana, madre tierra que da en toda ocasión:
las hierbas y los frutos, y flores de color.
Y nos sustenta y rige. Loado mi Señor».
Francisco de Asís: la criatura en sintonía
«Junto a la iglesia de la Porciúncula había un huertecillo con muchos árboles y arbustos. San Francisco disfrutaba de estar en la naturaleza y descubrir cómo todos los seres, a su manera, alababan al Dios que los creó. Solía recomendar al hermano hortelano no cortar las ramas verdes, sino solamente las secas para no dañar al hermano árbol. Le pedía dejar sin plantar un trozo de tierra para que nacieran las hierbas y flores silvestres que con su olor alaban a Dios. Tenía cuidado de todos los seres, incluso de los pequeños gusanos que retiraba del camino para que no fueran pisados. Pedía a los frailes que dejaran un poco de miel y vino, en el invierno para alimentar a las abejas y no murieran de frío. En los momentos de descanso, contemplaba maravillado las idas y venidas de las hormigas transportando granitos y migajas. Todo eso le servía para orientar la vida de sus frailes y alabar al Dios Creador». (De la tradición de las Florecillas)
Con esta historia llena de sensibilidad y agradecimiento podemos acercarnos a la intuición de Francisco de reconocer en lo pequeño el orden intrínseco de lo Creado. Nada está acabado. La evolución ha dado lugar a seres cada vez más diferentes y complejos, mostrando niveles cada vez más altos de conciencia hasta llegar a la conciencia del ser humano. Esta intuición tiene base evangélica. Desde el principio de su conversión, Francisco quiere ir a lo esencial y simplificar la vida hasta reconocerla en lo más ínfimo.
La Dama Providencia
«No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?» (Mt 6, 26-27).
Estas fueron las palabras que llevaron a Francisco a exclamar: «Esto es lo que ansío cumplir con todas mis fuerzas»[4], y le impulsaron a vivir de forma itinerante y despreocupada. Viviéndolas comprendió la sintonía original de la Creación. Dios había imprimido un orden y un cuidado para las criaturas que él lo había reconocido como la “Divina Providencia”.
El papa Francisco, en el regalo de la «Laudato si'», recupera esta idea de un Dios preocupado por la totalidad de su creación y no sólo por los seres humanos.
El misterio del Cántico
En el otoño de 1225, un Francisco ciego y enfermo de muchas fiebres, quiso dejar por escrito una de las experiencias místicas más estéticas de la historia. Si por experiencia mística cristiana comprendemos el ser introducidos en uno de los misterios de Dios, con absoluto arrobamiento y sin conciencia de espacio y de tiempo, hemos de reconocer que Francisco experimentó otros. Recordemos que con anterioridad había recibido las Llagas de Cristo en todo su cuerpo. El hecho es que en medio de la situación más frágil y menos bella se le concede experimentar lo que todas y cada una de las criaturas sienten con respecto al Creador.
Por eso la lectura y meditación del Cántico de las Criaturas ha servido a la tradición cristiana para recuperar la Naturaleza como lugar del Misterio de Dios. Pero también ha supuesto una reelaboración de los planteamientos científicos con respecto a la sintonía inicial del universo. Hoy, los teólogos dinamicistas[5] entran en diálogo con las fronteras de la biología y la astronomía para compartir su asombro por un universo que es menos mecánico y mucho más imprevisible, evolutivo y aleatorio de lo que se pensaba. Pareciera que Dios ha concedido la misma libertad humana a toda la Creación; a todas sus criaturas, introduciendo un elemento de desorden y conflicto que quita la idea de un mundo mecánico y lo aproxima a lo que Francisco nombraba como «providencia».
Llamar a lo casual o imprevisto «providencia» puede ser muy infantil o, por el contrario, presentarnos a una persona muy profunda. El hecho es que Francisco aprendía de las cosas creadas ciertas actitudes para tener en su trato con los demás.[6]
De la hermana agua aprendió la humildad. Así como el agua siempre desciende de las nubes, del manantial, por el arroyo al río y al mar, así de humildes habían de ser los hermanos ante toda criatura por amor. Y como la hermana agua «útil, casta, humilde» abajarnos para enaltecer a los demás.
Del hermano fuego aprende la robustez ante el frío y la capacidad de purificar posibilitando que todo renazca de nuevo.
Y así a todas y a cada una de ellas «as llamaba hermanas, como quien había llegado a la gloriosa libertad de los hijos de Dios, y con la agudeza de su corazón penetraba, de modo eminente y desconocido los secretos de las criaturas»[7]. Y la razón profunda era porque alaban a Dios por su grandeza. Cosa inaudita en los poemas religiosos contemporáneos que solían bendecir a Dios a causa de ellas.
Las estrofas humanas del Cántico
Las dos últimas estrofas se reservan para la humanidad. Una humanidad que ha pasado a un segundo plano en la alabanza de la Creación al Creador. «Y por los que perdonan y aguantan por amor, los males corporales y la tribulación».
Sabemos que en junio de 1225 compone la estrofa donde se refleja el perdón acaecido entre el alcalde y el obispo de Asís. Fue una experiencia preciosa que no se estaba dando entre los frailes y que le lleva a situar el don del Perdón como posibilidad de reconciliación con el universo, con los animales, con la humanidad.
El añadido a las estrofas naturales da un cariz distinto al Cántico que le concede un final pacífico a las relaciones: los hermanos pueden llegar a acogerse sufriendo la contrariedad del otro. Una obra de misericordia que sale del parámetro de las denuncias, violencia y exclusiones a las que llegan algunos movimientos ecologistas que usan el Cántico.[8]
Ya en vida Francisco huyó de la exigencia y la crítica de algunos grupos cristianos de su tiempo cuya defensa de Dios provocaba la división con los demás.[9] Muchas veces hemos escuchado ese slogan, «no hay paz sin justica». Y es verdad, Francisco tuvo la experiencia de participar en una guerra; bueno, en dos. Era joven y, olvidada la primera, se embarcó en 1205 con los ejércitos de Gualterio. Pero en la Apulia, mientras dormía, un sueño le arrebató su tranquilidad: —¿A quién sirves Francisco, al Señor o al siervo?
Sin embargo, la paz interior es la más difícil de trabajar. Muchos años después Francisco habrá de luchar con la enfermedad. Tuvo que hacer las paces con ella y acogerla como hermana para que no lo distanciara de Dios. Quizá por eso añade la paz al dolor. «Felices los que sufren en paz con el dolor, porque les llega el tiempo de la consolación». De esta manera, ambas se convierten en compañeras de camino hasta llegar a la última hermana: la muerte. «Y por la hermana muerte. Loado mi Señor…/ No probarán la muerte de la condenación». Una muerte que avanza con cada decisión y que puede avocar en frustración o posibilitarnos llegar al fin último para el que fuimos creados. La expresión «bienvenida hermana muerte», como lo reflejan sus biógrafos, manifiesta lo que antes había escrito en el Cántico..[10]
«Había descansado ya unos pocos días en aquel lugar, para él tan querido; conociendo que la muerte estaba muy cercana, llamó a dos hermanos e hijos suyos preferidos (25) y les mandó que, espiritualmente gozosos, cantaran en alta voz las alabanzas del Señor (26) por la muerte que se avecinaba, o más bien, por la vida que era tan inminente» (1ª Celano Cap. VIII)
Partitura sin música
Hay miles de partituras que intentan acercarse a la música que Francisco pidió cantar en el momento de su muerte. Cada una de ellas refleja el momento histórico en que se componen, pero ninguna se acerca al original, simplemente porque no lo conservamos.
Lo que permanecen son las palabras y los versos traducidos a todos los idiomas posibles. Un poema universal que el papa Francisco ha considerado como reflejo de la naturaleza, así como la naturaleza es el libro donde Dios habla y refleja algo de su hermosura y de su bondad (Cf. LS 12). Nosotros podemos usar esas palabras, pero tenemos la responsabilidad de dar voz a la Creación y conectarla con Dios si las tomamos prestadas.[11] Así pues, cada uno de nosotros puede interpretar el texto como si de una sinfonía se tratara, pero -llegado al mismo grado de sintonía con Dios-, ha de cantar con la música que le brote del corazón.
Patronazgo de la Creación
El día 29 de noviembre de 1979 fue proclamado, por Juan Pablo II, patrono de los cultivadores de la ecología.[12]
«Entre los santos y los hombres ilustres que han tenido un singular culto por la naturaleza, como magnífico don hecho por Dios a la humanidad, se incluye justamente a San Francisco de Asís. El, en efecto, tuvo en gran aprecio todas las obras del Creador y, con inspiración casi sobrenatural, compuso aquel bellísimo "Cántico de las Criaturas", a través de las cuales, especialmente del hermano sol, la hermana luna y las estrellas, rindió al omnipotente y buen Señor la debida alabanza, gloria, honor y toda bendición».
Y es cierto y así lo recordamos. No obstante, que este VIII centenario nos haga presentar a Francisco de Asís como al hombre creado a imagen y semejanza de Dios, que cantó como nadie la Creación y se ha convertido para siempre en el padrino de aquellos que unen la naturaleza a su Creador.
[1] En 1869, el biólogo alemán Ernst Häckel introdujo el término ecología, derivado del griego “oikos” (casa, lugar habitable). La economía y la ecología tienen la misma raíz y sus significados se imbrican: la ecología es el estudio y conocimiento del universo creado y la economía la administración que el hombre hace de la misma.
[2] La más expresiva alabanza por parte de la creación al Creador es el Cántico de los tres jóvenes (Cf. Dan 3, 57ss).
[3] «maldito sea el suelo por tu causa» (Gen 3, 17).
[4] Leyenda de los Tres compañeros 8,25.
[5] Ideas expresadas por los teólogos dinamicistas John Polkinghorne y Austin Farrer.
[6] El santo ve en la naturaleza las huellas de Dios después de su conversión. No hay confusión con el panteísmo pues «nunca confunde a Dios con el mundo exterior... no desea fundirse con el universo...», DÍAZ, C., Ecología y pobreza en Francisco de Asís, Ed. Aránzazu, Oñati, 1986, p. 60.
[7] Biografía primera de Celano 81.
[8] El papa Francisco invita a reorientar el «ecologismo» en su afán de ser crítico para inscribirse en el discurso antropológico y éste, en el teleológico (LS 59).
[9] DÍAZ, op. cit., pp. 28-29.
[10] «“¡Bienvenida sea mi hermana, la muerte!” Al médico le dijo: “Hermano médico, diga con coraje que mi muerte está cerca, ¡para mí ella es la puerta de la vida!”» (1 Celano, Cap. VIII)).
[11] «Dios jamás otorga el dominio a ninguna criatura que no haya sido hecha a su imagen; y su imagen es el amor. Ninguna criatura que no tenga amor se le ha de permitir tener soberanía» (cf. George Matheson).
[12] Bula INTER SANCTOS. Juan Pablo II. 29 de noviembre de 1979.